Los abismos, de Pilar Quintana

Los abismos, de Pilar Quintana

Los abismos, de Pilar Quintana

Me sumergí en Los abismos, de Pilar Quintana, y salí de ellos, un par de días después, emocionada y agradecida con la autora por su sutil belleza. La novela, ganadora del Premio Alfaguara 2021, está narrada por una mujer adulta que cuenta la historia desde el recuerdo, utilizando una voz infantil, la voz de una niña de ocho años. Tuve esa edad hace décadas y todavía está muy presente en mí la manera de mirar el mundo, la forma cómo procesé las violencias a mi alrededor, el machismo y sus amenazas diarias, las peleas, las grietas familiares, la muerte de mi padre que siempre surge de alguna u otra manera en lo que escribo, como ahora. Generalmente se tiende a creer que a esa edad los seres humanos no nos damos cuenta de nada. Desde mi propio recuerdo, puedo decir que no es así. Te das cuenta de todo. Por supuesto que hay muchas cosas que no entiendes de la misma manera que lo hacen los adultos, quienes procesan los hechos en base a la experiencia, los prejuicios y la carga emocional o moral que le imprimen a cada suceso. Pero sí, nos percatamos de muchas más cosas de las que los adultos creen. Allí radica el error. En subestimar al niño, a la niña. Comprendemos y miramos sin filtro. A esa edad desconocemos la victimización. Vemos hechos, acciones, gestos y almacenamos palabras, miradas, acontecimientos.

Por eso quedé tan fascinada, sorprendida y agradecida con la autora, por llevarme de la mano a través del universo de las Claudias, madre e hija. Disfruté la construcción de la voz de Claudia niña, poseedora de una madurez inusual, una personalidad particular que, en medio de su “ingenuidad”, va descubriendo el lado oscuro de la vida que la rodea. Es un espíritu profundo, inteligente y bello, encarnado en una niña curiosa pero cauta, con un rico imaginario. Esa voz, considero, es un gran acierto de la novela. Permite narrar y describir los hechos sin pasarlos por un filtro, sin juicios, sin adornos. También me parece interesante el tratamiento de la voz de esa otra Claudia, la madre, frustrada en su juventud, empujada a un matrimonio. Una mujer condenada a una vida doméstica que no deseó, insatisfecha, enferma, sumida en la depresión que no se nombra, queriendo rebelarse, deseando sentir amor, pasión y dándose cuenta de que no hay escapatoria posible, o tal vez el abismo sea la única.

Pilar Quintana pone sobre la mesa y nos muestra, a través de los ojos y recuerdos de esa niña narradora, una parte del universo femenino que durante toda nuestra historia ha sido invisibilizada. Generaciones de mujeres obligadas de una u otra manera, sutil o violenta, a quedarse donde no quieren, a conformarse con una vida que no soñaron ni desearon, a cumplir con los mandatos que, desde los inicios de la historia, dominada por el pensamiento patriarcal, fueron determinados para ellas. Un ejemplo lo encontramos en las primeras páginas de la novela. Una jovencísima Claudia se atreve a comunicarle a su padre el deseo de estudiar derecho. La reacción con la que se topa lo dice todo:

“Una vez mi mamá me contó que poco antes de terminar el bachillerato esperó a que mi abuelo llegara del trabajo para decirle que  quería estudiar en la universidad. Estaban en el cuarto de mis abuelos. Él se quitó la guayabera, la dejó caer al piso y quedó en camisilla. Grande, peludo, con la barriga redonda y templada. Un oso. Entonces la miró con unos ojos raros que ella no le conocía.

-Derecho-todavía se atrevió a decir mi mamá.

A mi abuelo se le brotaron las venas de la garganta y con su voz más gruesa le dijo que lo que hacían las señoritas decentes era casarse y que cuál universidad ni Derecho ni qué ocho cuartos. La voz terrible retumbando como por un megáfono, casi la oí, mientras mi mamá chiquitica, retrocedía.”

Más adelante, después de la muerte de su padre y ya habiendo perdido ciertos privilegios sociales y económicos, se hace voluntaria en un hospital, queda claro en el texto que esa sí hubiese sido una actividad aprobada por el padre. En el hospital se topa con el hombre que será su marido. Vemos cómo, por insistencia y gracias al pensamiento machista de su madre, Claudia termina casándose con Jorge, alguien muchísimo mayor que ella y a quien simplemente no amaba. Una pista para comprender lo que sucederá en Los abismos comienza aquí. En la descripción de la ceremonia de matrimonio a partir de la foto en el estudio:

“…Estaban en el altar. El cura la mesa y el cristo al fondo. Los novios, delante, cara a cara, en el intercambio de las argollas. Él sonreía radiante. Ella, porque tenía los ojos gachos, parecía triste, pero era que estaba concentrada en ponerle la argolla.”

De aquí en adelante surge la selva en la sala de la casa, el embarazo, que no se dice abiertamente pero que fue, es obvio, no deseado. Brota la infelicidad, la tristeza, la insatisfacción silente y perpetua.

Es interesante ver cómo en Los abismos encontramos a mujeres de una posición social acomodada con hijas no deseadas y  cómo en La perra, su anterior novela, Quintana nos introduce en el universo de una mujer que pertenece a un estrato social menos afortunado, que desea con toda su alma ser madre pero que la vida y la naturaleza le niegan esa posibilidad. Dos caras de una misma moneda.

Algunas mujeres en Los abismos no quieren ser como sus madres, no quieren repetir la historia, pero en el intento se evidencia lo inevitable: la historia es copiada, repetida. Pareciera que a mayor esfuerzo por alejarse de aquello que no quieren, más se hunden en el abismo del que han pretendido huir. Con maestría, Pilar Quintana nos adentra en la selva familiar de Claudia madre; Jorge, el marido; Claudia niña, y de la tía Amelia, de Gonzalo, de Gloria Inés, de la abuela, las amigas de la abuela, de Rebeca y su familia, de Natalie Wood, Karen Carpenter, Grace de Mónaco y, tal vez, de quienes estamos leyendo y poco a poco descubrimos a través de los ojos de la niña, los oscuros abismos que inundan y comunican la vida aparentemente normal de todas esas mujeres, de todas las familias, de sociedades enteras.

Mientras leía, no podía dejar de pensar que en casi todas las sociedades, todo lo relacionado con lo que sienten, viven, piensan las mujeres, generalmente ha sido desdeñado, se le ha etiquetado como algo sin importancia, como algo fatuo, como aquello de lo que no se habla y, si se habla, se considera poco interesante. Desde siempre, el dolor, la insatisfacción, la dependencia y sumisión a la que muchas mujeres se han visto y se ven sometidas, han sido disfrazados por la suerte que tienen de conseguir un hombre que les asegure la vida económica y familiar. Pero muchas se han topado con un hombre que las convierte en mujeres sin derecho a sus propios sueños, mujeres que creen no poder valerse por sí mismas, o en figuras que dependen del status, la posición, la fama, el dinero, la convención, los deberes, o que temen la posibilidad de perder a los hijos y terminar en la calle. Hasta las mujeres desaparecidas corren la misma suerte; primero se habla de ellas bajo todas las etiquetas de la culpa, la deshonra y el horror, hasta que la vida hace justicia solo con alguna.

Las figuras femeninas de Los abismos están cansadas, como tal vez estuvo cansada mi madre, que se enamoró también de un hombre que le llevaba casi 25 años y con quien tuvo muchos hijos, a los que tuvo que dedicarse mientras se lamentaba por no haber podido estudiar; o como mi abuela que murió muy joven y harta de la pobreza pero tranquila porque su única hija se quedaba con ese señor tan mayor que podía cuidarla: y mi bisabuela Julia que, a mis ocho años y ella con la cara tan arrugadita, me dijo que cuando el ser humano esta así de viejito de lo único que se arrepiente, mija, es de lo que no hizo. Esa insatisfacción que encontré en el alma adolorida de todas las mujeres que surgen, caminan, deambulan por los pasillos de esta novela, la he encontrado en muchas, muchísimas, quizás demasiadas mujeres que he conocido en mi vida. Siempre una insatisfacción secreta, revelada cuando nadie las escucha, o que las traiciona escapando por sus miradas tristes que disfrazan de algarabía. Todas tratando de no acercarse demasiado a sus propios abismos.

Me interesó el transcurrir del tiempo en la novela a través de Claudia madre. Hoy en día tenemos Netflix, internet, la computadora, la Tablet, el teléfono, la televisión. Pero en la época en la que sucede la novela, mujeres como Claudia tienen sus revistas, esas donde brillan aquellas mujeres que parecen ser y tener una vida perfecta: 

“Mi mamá hacia sus trabajos de ama de casa por las mañanas, cuando yo estaba en el colegio. Las compras, las diligencias, los pagos. Al mediodía recogía a mi papá en el supermercado y almorzaban juntos en la casa. Por la tarde él se llevaba el carro al trabajo y ella se quedaba en la casa a esperarme.

 Al regresar del colegio la encontraba en la cama con una revista. Le gustaba las ¡Hola!, las Vanidades y las Cosmopolitan. En ellas leía sobre la vida de las mujeres famosas. Los artículos traían grandes fotos a color con las casas, los yates y las fiestas. Yo almorzaba y ella pasaba las páginas. Yo hacía las tareas y ella pasaba las páginas. A las cuatro empezaba la programación en el único canal de TV y, mientras yo veía Plaza Sésamo, ella pasaba las páginas.”

He visto en mi camino a muchas mujeres pasar las páginas de cualquier revista, mientras las páginas de la vida que las rodea se pasan solas. He visto de cerca esa tristeza, melancolía, esa depresión. He visto mujeres, o he sabido al leerlas o escuchar sobre ellas, que no lograron sobrevivir al agotamiento y, como lo dice el personaje de Claudia en algún momento, algunas se han matado de hambre y otras han muerto por agotamiento, cansancio, hastío mortal. También he visto cómo otras mujeres, a lo mejor siguiendo las lecciones inculcadas por sus ancestros, siguen repitiendo las mismas prohibiciones, siguen inculcando parámetros de belleza aprendidos que destruyen el alma. 

La naturaleza y la descripción de las selvas, la doméstica y la real, juegan un importante papel en la novela. El color verde está presente en la vida de sus personajes. Las carreteras en curvas, inundadas de precipicios, la casa de campo rodeada de abismos, belleza y misterio juntos. Abismos infinitos que invitan a saltar. Abismos personales, familiares, sociales. La novela y su universo extenso y breve, callado y furioso, se quedan abiertos a la imaginación del lector que podrá recorrer y descubrir en sus rincones los secretos de una familia, que podría ser cualquier familia de cualquier ciudad en Latinoamérica en los años setentas, ochentas. 

En Los abismos, a Quintana, no se le escapa nada. Es maestra en el detalle, en las frase y diálogo corto, en el ritmo suave pero furioso, en la narración sencilla y profunda, en la descripción de parajes peligrosamente hermosos, es minimalista y, en lo que no dice, justo allí, está todo lo más oscuro, triste y bello. 

Quintana, Pilar. Los Abismos. Penguin Random House, 2021.

Premio Alfaguara de novela 2021


Pilar Quintana (Cali, 1972) es autora de cinco novelas y un libro de cuentos. En 2007 fue seleccionada por el Hay Festival entre los 39 escritores menores de 39 años más destacados de Latinoamérica. Recibió en España el Premio de Novela La Mar de Letras por Coleccionistas de polvos raros. Participó en el International Writing Program de la Universidad de Iowa como escritora residente y en el International Writers’ Workshop de la Universidad Bautista de Hong Kong como escritora visitante. Con su novela La perra, traducida a quince lenguas, fue finalista del Premio Nacional de Novela y del National Book Award y ganó el Premio Biblioteca de Narrativa Colombiana y un PEN Translates Award. Fue merecedora del Premio Alfaguara de novela 2021 por Los abismos.

Acerca de Kathy Serrano

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