Personajes femeninos en los cuentos de Haruki Murakami

Personajes femeninos en los cuentos de Haruki Murakami

Personajes femeninos en los cuentos de Haruki Murakami

Haruki Murakami es, probablemente, uno de los escritores actuales más leídos; su obra despliega rasgos innegablemente identificadores, apreciables tanto en sus novelas -catorce-, como en sus cuentos -los traducidos al español pasan de cincuenta-. En las tramas de muchos de sus relatos suele aparecer una fuerza poderosa que interviene y opera sobre los personajes centrales -solitarios, inadaptados-, como un impulso que escapa a la realidad visible y objetiva. Ese vector que sacude a los personajes desencadena y altera el curso de sus vidas; a veces arranca del interior del propio personaje, a veces son fuerzas desconocidas que lo arrastran y empujan. Los seres del universo murakamiano soportan desorientados su propia existencia en un mundo en el que sienten que no encajan. Murakami los hace deambular en un contexto actual, reconocible en principio, hasta que algún suceso inopinado los arrebata a la otra realidad, a un submundo de pozos, túneles, misteriosos personajes, de extrañas geografías de intensa energía, maléfica o salvadora. Esos elementos imponderables de fuera de lo real -espacios, acciones, objetos- cobran una colosal dimensión en sus ficciones, en particular en las novelas; por ello, para parte de la crítica a Murakami se le adscribe al realismo mágico, que tan magníficos frutos dio en la narrativa hispanoamericana en pasadas décadas. Habría que señalar, con todo, que la escala en que opera el elemento fantástico difiere entre sus distintas obras, y alcanza enorme magnitud en algunas (Kafka en la orilla, 1Q84…), mientras que en otras apenas parece intervenir (Tokio blues); a esa diferencia de intensidad se la ha llamado la “escala Murakami” (González Torres 2007: 420).

 

 

Junto a ese componente de lo singular, de más allá de las leyes de la física, la prosa fabuladora murakamiana tiene el sello inconfundible de los juegos metanarrativos, de una rica polifonía intertextual y, en elevado grado, de una airosa abundancia de referencias culturales que se imbrican oportunamente en la textura narrativa; es proverbial hasta qué punto estas referencias incursionan: sobre todo el jazz, pero también otros géneros musicales -clásica, pop-, y el cine; asoman reiterada y significativamente a lo largo de todas y cada una de las obras. Esas presencias se dejan ver con frecuencia en el propio título que se les da, que o bien se ha tomado directamente o bien hace referencia a una canción (Al sur de la frontera, al oeste del sol), a una pieza clásica (Los años de peregrinación del chico sin color) o a una obra literaria (Hombres sin mujeres, 1Q84) de uno de los escritores que Murakami admira, o incluso que él mismo ha traducido al japonés. El molde expresivo en que todo se vierte adopta la fluidez como nota primordial, apoyada en bellas imágenes y sorprendentes metáforas. 

Dentro del ya abigarrado corpus literario de Murakami, este análisis se plantea para comprobar la entidad propia y el modelo socio-psicológico al que responden los personajes femeninos en algunos de los cuentos y relatos breves de Murakami traducidos al español. Las obras que los alojan, en un relativo orden cronológico de redacción, son El elefante desaparece (1993 / 2016, diecisiete cuentos), Después del terremoto (2000 / 2013, seis cuentos), Sauce ciego, mujer dormida (2005 / 2008, veinticuatro cuentos) y Hombres sin mujeres (2014 / 2015, siete cuentos); las dos fechas corresponden, respectivamente, al año de su aparición en Japón y al de su publicación en español. En los cuatro libros se pueden constatar los perfiles con los que el autor traza las figuras de las mujeres en sus historias. Cabría, incluso, señalar, que en estas obras breves la pluralidad tipológica es más amplia y diversa que en las obras mayores, las novelas. Estos cincuenta y cuatro cuentos exhiben el panorama social y humano configurado por el autor para que sus criaturas transiten; importa, pues, comprobar cómo aparecen en él las de sexo femenino, para descubrir los roles y papeles asignados. De hecho, la búsqueda se centrará específicamente en determinados personajes de mujer que aparecen en algunos cuentos, por observarse en ellas rasgos definitorios que se pueden considerar más destacables, así como algún aspecto acerca del tratamiento genérico que se aplica a las mujeres en algunos relatos.

 

 

Convendría esbozar una breve caracterización de los cuatro volúmenes de los que proceden los cuentos aquí considerados. El último publicado, El elefante desparece, agrupa siete relatos centrados en la pérdida amorosa desde la óptica masculina: relaciones frustradas, marcadas por el abandono, la muerte, la infidelidad, o relaciones inciertas cuyo final atormenta igualmente, siempre vistas a través de la mirada de los hombres. El volumen anterior, Sauce ciego, mujer dormida, acoge cuentos escritos a lo largo de varias décadas, desde los ochenta hasta los primeros años del siglo XXI; sus veinticuatro relatos muestran diversidad temática y de composición; quizá sea el libro de cuentos en que el elemento fantástico se expande con mayor vuelo. Después del terremoto tiene un punto de partida común a sus seis relatos: la conmoción experimentada por el pueblo japonés tras el asolador terremoto de Kobe de 1995. El elefante desaparece compila diecisiete cuentos escritos en los ochenta, y permite ver en ellos tanto un hábil juego de estrategias metanarrativas como también el reflejo de las vivencias de una época, así como -en menor medida- los dominios de lo fantástico; son muchos los trazos comunes que comparte con Sauce ciego, mujer dormida. 

Las mujeres en los cuentos de Murakami

El último libro de relatos breves aparecido, Hombres sin mujeres, -el último antes de que se traduzca y publique el que ya se ha editado en Japón, Primera persona del singular-, se podría definir así: 

Son mayoritariamente historias que atienden a la relación frustrada de un hombre con una mujer. Entre la galería de personajes femeninos se encuentran los tipos de mujeres frustradas (“Yesterday”), mujeres maltratadas (“Kino”), mujeres adúlteras (“Un órgano independiente”, “Sherezade”, “Kino”) mujeres poco femeninas (“Drive my car”, “Samsa enamorado”), mujeres suicidas (“Hombres sin mujeres”) (Castellón Alcalá 2020: 299). 

Estos siete relatos breves están narrados desde el punto de vista masculino, el hombre doliente por la pérdida de la mujer -salvo Samsa enamorado, que Murakami escribió para incluir en una antología de cuentos de amor de autores estadounidenses que le habían encomendado-. En algún caso, aunque la ruptura ya se había producido, la pérdida es irreparable, la muerte de la mujer; en el cuento Hombres sin mujeres el protagonista, un hombre casado, atiende sobresaltado una llamada telefónica en plena noche que le comunica el suicidio de la mujer a la que amó en la primera juventud, a quien llama simplemente con una inicial, M; ha sido el marido de M quien le ha dado la noticia. Evoca cuando en su juventud M se marchó; y a su mente llega también ahora la imagen del recién viudo, a quien considera el hombre más solo; como el relato se construye desde la perspectiva masculina, el narrador / protagonista medita sobre lo que supone para un hombre la vida sin una mujer, su pérdida, que se equipara a la absoluta soledad: 

Yo ya sé qué se siente al ser el segundo hombre más solo del mundo. Pero todavía ignoro qué se siente siendo el hombre más solo del planeta. Entre la segunda y la primera soledad discurre un hondo abismo. Quizá. No es que solamente sea hondo, sino que además tiene una anchura espantosa. Tanto que desde el fondo se eleva una alta montaña formada por los restos de los pájaros muertos que, incapaces de franquearlo de extremo a extremo, cayeron extenuados en pleno vuelo.

Lo que el protagonista sumido en duelo plantea es que no hay forma de darle sentido a la vida si no es con el vínculo afectivo con una mujer; si ella desaparece, el desarraigo es irreparable:

Un buen día, de repente, te conviertes en un hombre sin mujer. Ese día sobreviene de repente, sin mediar el menor indicio o aviso, sin corazonadas ni presentimientos, sin llamar a la puerta y sin carraspeos. Al doblar la esquina, te das cuenta de que ya estás allí. Y no puedes dar marcha atrás. Una vez que doblas la esquina, se convierte en tu único mundo. En ese mundo pasan a decir que eres uno de esos «hombres sin mujeres». En un plural gélido. Sólo los hombres sin mujeres saben cuán doloroso es, cuánto se sufre por ser un hombre sin mujer.

 

Es cuando la desaparición de la mujer es definitiva cuando el hombre experimenta el mayor dolor, el sufrimiento surge cuando el hombre pierde a la mujer; el protagonista la perdió en la juventud, cuando M se marchó; ahora, al saber su muerte por suicidio, revive el pesar que soportó en la juventud, y empatiza con el dolor ilimitado que la muerte de M ha causado a su marido, según imagina. Asoman aquí dos motivos temáticos de pura entraña murakamiana: por un lado, la mujer que se va, que abandona al hombre; y por otro, el suicidio, en particular el suicidio de mujeres. El recurso al suicidio en personajes de mujer aparece en las novelas Tokio blues y 1Q84; en el cuento El mono de Shinagawa de Sauce ciego, mujer dormida; en el cuento With The Beatles, aún no traducido al español. En el relato Hombres sin mujeres el protagonista, conmocionado por la noticia, se detiene en un macabro recuento, ya que el suicidio de M es en realidad el tercero que se produce entre las mujeres con quienes ha tenido relación. Esa triple recurrencia de la drástica decisión de acabar con la vida lo lleva a pensar si en eso él habrá tenido algo que ver:

Aquella era la tercera mujer que elegía la vía del suicidio de entre todas con quienes había salido. Bien pensado…, no, no, tampoco hace falta pensarlo tanto, pues la verdad es que es una tasa de mortandad considerable. Apenas puedo creerlo. Porque tampoco he salido con tantas mujeres. Me cuesta entender cómo pueden ir quitándose la vida, una tras otra, siendo tan jóvenes. Ojalá no sea culpa mía. Ojalá no me vea implicado. Ojalá ellas no me tomen como testigo o cronista. Lo deseo de veras, de corazón. Además…, ¿cómo expresarlo?.., ella —la tercera (dado que me resulta incómodo no nombrarla de algún modo, he decidido llamarla provisionalmente M)— no era, en absoluto, una persona con rasgos suicidas.

Al evocar cómo se produjo su separación, reconoce que M desapareció cuando él atendía a otras cosas, cuando, de algún modo, la dejaba fuera de su vida: 

Cualquiera tiene un despiste en algún momento. Necesito dormir, ir al baño. Incluso limpiar la bañera. Picar cebollas y quitar las hebras a las judías. Necesito revisar la presión de los neumáticos del coche. Así fue como nos alejamos. Es decir, ella se fue distanciando de mí. 

Después de divagar con poéticas estampas imaginarias sobre lo que pudo haberse llevado a M de su lado años atrás, formula que tal vez el impulso de la muerte no le vino a M desde fuera, que tal vez estaba en ella misma. Finalmente, puede ocurrir que sean mujeres a quienes la muerte les tienta directamente, sin que nada de lo que hayan vivido con alguna otra persona sea lo que las haya conducido al suicidio: 

También es posible que ellas mismas acaben quitándose la vida, sin haberse relacionado con ningún marinero. Frente a eso tampoco podemos hacer nada. 

El protagonista, así, acepta de algún modo el suicidio de varias mujeres de su vida, con una aceptación resignada; quizá no está de más recordar que Japón es un país con una tasa de suicidios especialmente alta, sobre todo en personas menores de cuarenta años, por tanto allí el suicidio cuenta con una nefasta frecuencia que lamentablemente lo convierte en suceso habitual. Embargado por la pérdida, este hombre que ha perdido a lo largo de su vida a varias mujeres suicidas, se ocupa más de ponderar la intensidad de su dolor que de indagar la posible causa de esas muertes tempranas.

El otro motivo de conducta femenina notoriamente reiterado en las ficciones de Murakami es la partida de la mujer, que abandona inopinadamente al hombre, sea su esposo o sea su pareja. Así ocurre en las novelas El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas, Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, Kafka en la orilla, La muerte del comendador; y en varios cuentos: Lederhosen (del libro El elefante desaparece), Los gatos antropófagos (de Sauce diego, mujer dormida), Un ovni aterriza un Kushiro (Después del terremoto). En los cuentos citados la mujer desaparece porque decide poner fin a una relación insatisfactoria, que la mantiene inmovilizada en su frustrante convivencia con un hombre; en Lederhosen una mujer casada, con una vida estable, descubre repentinamente en un viaje a Alemania que no soporta a su marido, como relata su propia hija: “Le dominó un desagrado casi insoportable hacia mi padre”; en realidad, se da cuenta de que lo odia y, llevada por ese sentimiento, decide abruptamente que no va a seguir con él. Esa desafección por la vida conyugal -si bien sin adoptar la resolución de cortar el matrimonio- aqueja igualmente a la protagonista de Sueño, relato especialmente valorado de El elefante desaparece. Sí abandona al marido la esposa del protagonista de Un ovni aterriza un Kushiro; ella, que ha quedado en shock tras el terremoto cuyas pavorosas imágenes la paralizan, abandona el domicilio conyugal y a su marido: “Sin embargo, esta vez, cinco días después del terremoto, Komura leía en la carta que ella había dejado al irse: «No volveré nunca más»”. Y explicaba de forma concisa, pero muy clara, por qué no quería seguir al lado de Komura: «El problema», decía su mujer, «es que en ti no hay nada que me llene. Hablando claro, dentro de ti no hay nada que pueda llenarme. Eres cariñoso, amable, guapo, pero vivir contigo es como vivir con una masa de aire»”. Esposas que sienten que el hombre con quien conviven está muy lejos de ser el compañero con quien poder ser feliz, o con el que llevar una forma de vida grata; por el contrario, experimentan la sensación de tener una vida vacía, en la que no se reconocen integradas.

 

 

 

El grado de insatisfacción con el modelo de vida establecido en personajes femeninos dentro de las ficciones de Murakami es muy pronunciado. Si se atiende a parámetros contrastados en la sociedad japonesa, todos los indicadores señalan que no es un país muy considerado para las mujeres, que en él siguen férreamente vigentes los principios de una sociedad patriarcal. De acuerdo con datos de algunos estudios recogidos por medios electrónicos del propio país (nippon.com), 

“Japón, el peor país desarrollado en términos de igualdad entre hombres y mujeres-. Según el Informe sobre la Brecha de Género Mundial presentado en el encuentro del Foro Económico Mundial de 2014, Japón ocupa el puesto 102 de ciento cuarenta y dos países en lo referente a la igualdad entre hombres y mujeres en el ámbito económico, y el 104 en la clasificación general”. 

Dicho estudio refleja asimismo la casi inexistente presencia femenina en puestos de gestión; en general, la mujer supone solo el 25 % de la población activa, por lo que el resultado es que “Japón es la nación que sale peor parada entre los principales países desarrollados”; esa brecha viene marcada por la política empresarial de contratar a trabajadores con el compromiso de asumir cambios de residencia por motivos requeridos por la firma, lo cual es difícilmente aceptable para una mujer que asume plenamente las responsabilidades familiares. Inevitablemente, entonces, 

“las mujeres sufren discriminación a la hora de la contratación. Incluso cuando las empresas deciden contratarlas, estas se encuentran en una posición desfavorable respecto de los hombres en aspectos como la colocación, la formación y los ascensos”. 

Queda claro que hablar de paridad en el país del sol naciente es empeño vano, en la actualidad. La mujer está invisibilizada en el protagonismo público; hay nuevas regulaciones al respecto, con un patente desfase poco justificable para una potencia mundial tecnológica y económica de primer rango.

Si la mujer japonesa parece que aún sigue relegada a un segundo plano, al patrón tradicional de cuidado del hogar, no resulta chocante que en su traslado a la literatura la actitud con la que se las describe no sea la de una felicidad radiante, sino más bien frustración, hastío y abatimiento. Un caso paradigmático lo tenemos en la protagonista / narradora de Sueño (El elefante desaparece); la creación de este personaje ha reportado a Murakami gran reconocimiento. El relato, con narradora en primera persona, nos va mostrando cómo la protagonista soporta una anodina existencia de esposa y madre en un hogar acomodado, existencia que a ella le resulta en extremo cerrada, insignificante. Desvelada una noche tras una pesadilla, se levanta y toma un libro, Ana Karenina; a partir de ahí, su deseo ferviente es refugiarse en esa lectura nocturna. No hay sueño en sus noches, solo lectura febril, voraz. Se siente cambiada, revitalizada, nota que esas noches sin sueño la liberan de la grisura vital de sus días: “Vivimos encerrados en la jaula de nuestras tendencias. Lo que las modula y alivia es el sueño”; renuncia, por tanto, gustosa al sueño, a cambio de liberarse del cerco estrecho que la aprisiona: 

“Mi vida no era más que una repetición constante de un mismo ciclo. ¿Iba a envejecer sin dejar de darle vueltas una y otra vez? ¿No había nada más? Sentada a la mesa de la biblioteca sacudí la cabeza. ¡No me hacía falta dormir!, me dije. ¿Y qué si me volvía loca? ¿Qué más me daba si mi existencia perdía su fundamento? Me daba igual”. 

El desenlace del relato conduce a una escena que parece anticipar un final de violencia. 

Este cuento es precisamente uno de los que más ha impresionado a la crítica; en un diálogo celebrado en Tokio en 2017 de su autor con la escritora Mieko Kawakami, ella manifiesta que este relato se alza sobre los demás en cuanto a la creación de la protagonista: “Out of all the female characters in your fiction, the woman in Sleep stands above the rest for me. As a feminist, when I found this character, it built a sense of trust between me and your work” (Literary Hub 2020). Kawakami queda especialmente prendada de este personaje: 

Sleep is stunning. Not being able to sleep is like living in a world where death doesn’t exist. The disquiet, that distinct brand of tension that never lets up for an instant. It’s the perfect metaphor for a woman’s existence”. 

Es el primer relato que su autor aborda desde la perspectiva de una mujer; tras verse sacudido por el éxito en Japón de Tokio blues (1987), deja momentáneamente de escribir; de repente ese marasmo se disipa y escribe Sueño y La gente de la televisión; publicado en el New York Times, le valió a su autor -entonces no tan conocido- el agradecimiento epistolar expreso de muchas lectoras; Murakami decide optar por un relato que propicie una especie de ruptura en la voz narrativa a partir de un acercamiento nuevo, lo que lo lleva a ponerlo en la boca de una mujer: 

“Then I turned to a female narrator for Sleep. That felt like the best way of expressing what I was feeling at the time. I wanted some distance, perhaps even from myself. Maybe that’s why I went with a female protagonist” (Literary Hub). 

Resulta así que la voz desde la que formular el desapego con una realidad convencional dada, pero no internamente aceptada, va a ser una voz de mujer, que continúa con su rutina familiar cotidiana, inalterada, pese a su absoluta falta del sueño nocturno: su insomnio diario entregada a la lectura da sentido a su insustancial vida.

 

 

Sueño y El hombre de hielo son los dos únicos relatos breves murakamianos escritos en primera persona con voz narradora de mujer; sin embargo, la galería de personajes femeninos es variada y peculiar a lo largo de su conjunto de narrativa breve. Llaman especialmente la atención otros personajes como el que inspira el relato fantástico de La tía pobre; o la joven Naoko de La luciérnaga -germen de Tokio blues-, aquejada de una penosa dificultad particular para la comunicación: 

“No puedo hablar bien —me explicó Naoko—. Últimamente me pasa mucho. De verdad que no puedo hablar bien. Cuando intento decir algo, sólo se me ocurren palabras que no vienen a cuento. Que no vienen a cuento o que expresan todo lo contrario de lo que quiero decir. Y, si intento corregirlo, me lío más aún, y más equivocadas son las palabras. Y al final acabo por no saber qué quería decir al principio. Es como si tuviese el cuerpo dividido por la mitad y las dos partes estuviesen jugando a perseguirse”. 

Junto a ellas, se encuentran mujeres víctimas bien del desconcierto o la insensatez de algunos hombres (Yesterday en Hombres sin mujeres), o, aún peor, de algún tipo de violencia que las traumatiza hasta su madurez (Tailandia en Hombres sin mujeres). El peso del pasado también pasa factura a Mizuki, la protagonista de El mono de Shinagawa, relato que curiosamente ha tenido una reciente segunda parte, publicada en el New York Times (8 y 15 de junio de 2020) y aún no traducida al español. La protagonista del cuento original ha olvidado su propio nombre, necesita llevar algo escrito que se lo recuerde; aunque en este cuento se da entrada al elemento fantástico -es el mono quien roba los nombres-, es precisamente a través de él como se tiene la clave para resolver el problema, clave que, como tantas veces, está en la propia conciencia interior del personaje, donde ha de curarse la herida que le impide aceptar su vida y sentirla en plenitud. Con el personaje de esta mujer, de nuevo, Murakami nos despliega el dossier de una existencia humana aquejada de alguna carencia o dolor íntimo; sobre estos personajes, 

“conocemos su trayectoria, su infancia, su casi siempre doloroso paso por la adolescencia y juventud; se nos proporcionan datos acerca de su aspecto, indumentaria, su ocupación y destino profesional, sus aficiones y, en buen número de cuentos, sus sentimientos: añoranzas, frustraciones, desconcierto, soledad, miedos…” (Castellón Alcalá 2019: 551). 

A la atribulada Mizuki -otra mujer casada de vida poco feliz-, es el mono ladrón quien le da la pista para llegar a la raíz de su problema más profundo: 

“Usted, desde pequeña, ha estado falta de amor. En el fondo, usted siempre lo ha sabido, pero ha intentado ignorarlo intencionadamente. Ha desviado los ojos de esa realidad, la ha ocultado en el fondo de su corazón, ha puesto una tapa encima y ha intentado vivir sin pensar en cosas que puedan hacerla sufrir, sin ver las cosas desagradables. Ha vivido sofocando este sentimiento negativo. Y esta postura defensiva ha pasado a formar parte de su personalidad. ¿No es cierto? Debido a eso, usted ha acabado por no poder amar a nadie de verdad, incondicionalmente, desde lo más hondo de su corazón”. 

Estos tipos de mujeres, entre otros muchos, pueblan los relatos breves de Murakami; la brevedad de los textos, sin embargo, no las priva de profundidad humana y de especial relieve psicológico. En estos relatos se encuentra un mapa de identidades femeninas que oscilan desde la búsqueda de liberación personal ante una vida alienante, hasta la ruptura definitiva con una existencia en la que no se reconocen.

Referencias bibliográficas

– Castellón Alcalá, Heraclia. “El universo narrativo de Haruki Murakami en algunos cuentos de Hombres sin mujeres”. Literatura: teoría, historia, crítica, vol. 22, 1, 2020, 271-305. https://revistas.unal.edu.co/index.php/lthc/article/view/82300 

“Lo real y lo fantástico en los cuentos de Sauce ciego, mujer dormida de Murakami”. Sincronía, vol. 23, núm. 76, 2019, 545-562. http://sincronia.cucsh.udg .mx/ articulos_76_html/545-562_2019b.html

– González Torres, Armando. “Haruki Murakami: Los centros excéntricos”. Quimera 289, Diciembre, 2007, 41-43. http://sobreperdonar.blogspot.com/2012/10/haruki-murakami-los-centros-excentricos.html [8-12-2019].

– Literary Hub. “A Feminist Critique of Murakami Novels, With Murakami Himself. Mieko Kawakami Interviews the Author of Killing Commendatore”. April 7, 2020 https://lithub.com/a-feminist-critique-of-murakami-novels-with-murakami-himself/ . Trad. del japonés por Sam Bett y David Boyd.

– Murakami, Haruki. Después del terremoto. Traducción de Lourdes Porta Fuentes. Tusquets, 2013, Ed. electrónica.

El elefante desaparece. Traducido por Fernando Cordobés González y Yoko Ogihara. Tusquets, 2016. Ed. electrónica.

Hombres sin mujeres. Traducido por Gabriel Álvarez Martínez. Tusquets, 2015. Ed. electrónica.

Sauce ciego, mujer dormida. Traducido por Lourdes Porta Fuentes, Barcelona, Tusquets, 2008. Ed. electrónica.

– Nippon.com. https://www.nippon.com/es/in-depth/a04601/ [26 octubre 2020]

– Rubio, Carlos. El Japón de Murakami. Aguilar, 2012.

 


Haruki Murakami (Kioto, 1949) es un autor japonés reconocido mundialmente y ganados de premios tan prestigiosos como el Noma, el Tanizaki, el Yomiuri, el Franz Kafka, el Jerusalem Prize o el Hans Christian Andersen. Autor de novelas, relatos y ensayos, es permanente candidato al Premio Nobel.

Acerca de Heraclia Castellón Alcalá

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