Multiplícate por dos

No te creas nada de lo que te cuenten sobre la maternidad, ni lo bueno ni lo malo. No creas ni lo que voy a decirte en este artículo porque hay algo en todo este tema que es esencial: la maternidad es algo muy personal. Cada una lo vive como quiere, puede o le dejan.

En mi maternidad hubo un elemento sorprendente. Nosotros (mi marido y yo) estábamos buscando el embarazo pero no podíamos ni soñar que fueran a venir dos de golpe. Sin embargo así fue y cuando nos dijeron que esperábamos gemelos nos echamos a reír… Inconscientes.

Sí, digo bien, inconscientes porque no sabíamos que nos íbamos a enfrentar a un embarazo muy problemático (con síndrome de transfusión feto fetal incluido), y porque la carga de trabajo que dos bebés traen consigo es brutal. Contribuyó bastante a nuestra inconsciencia sobre el trabajo, el hecho de iban a ser nuestras primeras hijas (suena raro ¿no?).

Abordamos el embarazo como pudimos, con la angustia de una operación en el sexto mes de embarazo y un reposo severo. En la semana treinta y seis (casi treinta y siete) programaron una cesárea y conocí a mis hijas, Julia y Patricia. Pasaron solo una semana en la incubadora, no es mucho tiempo si te paras a pensarlo, lo justo para ir haciéndote a la idea de lo que se te viene encima. Sin embargo reconozco que en aquel momento se nos hizo un mundo y subíamos cada tres horas a ver cómo iban avanzando.

Ninguno de los dos lo sabíamos, pero el día que cruzamos las puertas de casa con los capazos de las niñas daba oficialmente comienzo una de las épocas más agotadoras de nuestra existencia y que viene durando diez años. El agotamiento ha ido variando según lo han hecho ellas. Al principio teníamos unas dieciséis tomas diarias (ocho cada niña), dieciséis cambios de pañales, dos baños diarios y muy pocas horas de sueño. En ese plan os podéis imaginar que había ocasiones en las que no sabía ni en qué mundo vivía. Me caía de la cama tratando de llegar a la cuna donde me había parecido oírlas llorar o, de repente, me encontraba en su habitación sin saber cómo había llegado hasta allí. Después pasamos a las papillas y cocinábamos cantidades industriales, como si un regimiento de militares desdentados fuera a venir a comer a casa un día sí y otro también. Mi calidad de vida se resintió (sé que esto suena fatal viniendo de una madre, pero no deja de ser cierto). Sin embargo, al tiempo que comencé a sentir ese agotamiento (casi perpetuo) también sentí un enamoramiento brutal. No sé, creo que nunca he estado tan enamorada de otras personas como lo estoy de ellas (entended que es una forma diferente de lo que siento por mi compañero de vicisitudes). El arrobamiento era extraordinario, las miraba y lloraba, las miraba y me reía, las miraba… y me caía de sueño. Ahora continúo enamorada pero de otra forma, digamos que tengo el sentimiento bajo control.

Una de las cosas que debo agradecer a mis hijas y mi marido (hay más pero quiero hacer mención a esta), es que me han ayudado a superar complejos. A mí me encantaba escribir, pero pensaba que lo hacía fatal. Estaba tan angustiada con el hecho de hacerlo mal que ni siquiera me permitía escribir, no es que quemase las cosas, es que no podía escribir una línea. Luego nacieron ellas y pasé a hacer tantas cosas y asumir tantas responsabilidades, que llegué a la conclusión (ilusa de mí) de que podía escribir, subir una montaña o hacer lo que me diera la gana. Y aquí me tenéis, dando la tabarra a base de bien. ¿Habría llegado a afrontar mi deseo de escribir sin ellas? No lo sé, creo que habría tardado más tiempo o tal vez no lo habría hecho porque después de todo en treinta y tres años no había logrado hilar palabra.

Por otro lado, tener hijas gemelas es una de las cosas más curiosas que te pueden pasar. Imaginad a dos personas genéticamente idénticas, pero diferentes en su forma de ser. Completamente distintas y requiriendo una atención que también debe adaptarse a cada una. Hemos querido que tuvieran siempre conciencia de que no son la misma persona, que se les da un trato individual. Y es que una de las preocupaciones que he tenido es la forma en la que los demás se refieren a los gemelos (también determinados mellizos) como si fueran un ente, no individuos. Eso es algo que me enfada mucho, lo reconozco. Los gemelares no son un espectáculo circense, no van siempre iguales, no sienten dolor si le pegan a su hermano en la otra punta del mundo, ni le duelen los pies cuando su hermana lleva unos tacones de doce centímetros (aunque a ese punto todavía no hemos llegado). Eso sí, se contagian las enfermedades, como casi todos los hermanos de edades similares, en un plazo que suele rondar las setenta y dos horas. Me gustaría que las personas que nos rodean fueran conscientes de esta circunstancia y las valorasen por lo que son cada una, porque creo que cada niño tiene mucho que ofrecer. Otra cosa que me fastidiaba mucho cuando eran pequeñas es que había gente que prácticamente me daba el pésame por tener dos niñas al mismo tiempo (me entraban unas ganas de arrearles con lo primero que tuviera entre manos), por no hablar de los que me sugerían que era mejor que hubiera tenido una niña y un niño al mismo tiempo… como si fuera posible elegir o fuera a emparejarlos como parte de una camada de canarios. Cuando eres madre (o padre) de gemelos tienes que escuchar estupideces frente a las que no siempre puedes reaccionar.

Tener una compañera de juegos de forma permanente es algo idílico para cualquier niña (o niño) del mundo y así se pasan la vida, dibujando, jugando, riñendo (a ratos) y riendo. Debe ser algo muy especial tener a quien se vincule a ti de esa manera, ya antes de nacer. A veces les pregunto qué se siente siendo gemelas y me responden que nada, creo que es porque no se han parado a reflexionar o quieren mantener en secreto lo que efectivamente guarda de especial esa relación (insisto es especial, no paranormal).

He aprendido mucho con ellas y me queda mucho camino por andar. Es un camino desigual tiene trechos llanos y anchos; curvas empinadas; pequeñas lomas y montañas que cuesta la vida misma subir. Hay que ajustarse al momento y disfrutarlo porque no sabes qué vas a encontrar después. Es un trabajo constante, como de artesano que estuviera realizando la obra de su vida, esperando que uniendo una pieza de aquí otra de allí, puliendo, recomponiendo y pegando, la obra que surgió (casi por sorpresa) llegué a ser espléndida. Me gustaría que fueran personas felices y debo prestar toda mi colaboración para que así sea.

La maternidad no es la panacea para solucionar problemas, ni aquello a lo que ninguna mujer debe tender. Creo  que una mujer no es menos ni más por el hecho de no ser madre. La maternidad no es un valle de lágrimas, ni un estado perpetuo de alegría. Es una experiencia personal en la que hay de todo. Si además tienes la  (buena) suerte de poner dos bebés al mismo tiempo en tu vida, la experiencia aumenta potencialmente su intensidad en todos los aspectos. Así que si inesperadamente te toca multiplicarte por dos, no lo dudes, estás de suerte, pero cuídate mucho, descansa todo lo que puedas, no te obsesiones con la perfección (no existe) y aprende a delegar.

Foto: Ariko Inaoka.


Anabel Rodríguez se define como “abogada, escritora y domadora de fieras”. Escribe para El Correo de Andalucía. Su novela Azaría ha sido un éxito en España. Escribe regularmente en su blog http://anabelrodriguezescritora.com

Una opinión sobre “Multiplícate por dos

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