El norte ya no existe, de Alina Gadea

El norte ya no existe, de Alina Gadea

El norte ya no existe, de Alina Gadea

El norte ya no existe. Este es el título del libro de Alina Gadea, recién publicado por Cocodrilo ediciones. Novela breve, 92 páginas repartidas en 11 capítulos. Dos epígrafes y una dedicatoria anteceden al texto.

Pero, antes de hablar de la novela, quisiera proponer un juego interpretativo. Imaginemos por unos instantes que la novela nos es completamente desconocida, que no sabemos de su existencia y no hemos escuchado ni su título. Imaginemos que solo tenemos una frase en la portada de un álbum de fotografías o un diario que dice: “el norte ya no existe”. 

¿Qué pensamos sobre esta afirmación? ¿Cómo la explicamos? ¿Qué significados o imágenes podemos atribuirle? ¿A dónde nos llevaría?

“El norte ya no existe”, en la materialidad de su lenguaje, me lleva hacia un referente desconocido, melancólico, sin duda poético, que debiera estar compuesto por algo de resignación, pero también de cinismo, es decir, de rechazo a los convencionalismos y a la moral comúnmente aceptada. También me remite a un referente omitido: ausencia de ser, carencia de razón, vacío irrecuperable.

“El norte ya no existe”, en su dimensión espacial, me hace pensar en que una parte de nuestro territorio ya no está más. Una porción del planeta tierra, incluso, podría reportarse desaparecida, perdida para siempre. ¿Tal vez por un cataclismo? ¿Una peste? ¿Una guerra? Me lleva a creer que estamos frente a una catástrofe, un hecho postapocalíptico, un radicalismo de ausencia, un precipicio insuperable. 

Cuando pienso en “El norte ya no existe” en su dimensión temporal, temo por el ocaso del futuro, que –de eclipsarse– arrasaría también con nuestro pasado y nuestro presente. Temería por la desaparición de los derroteros a los que nos aferramos para avanzar en la historia personal o colectiva, la carta de navegación para el paso a paso cotidiano. Estancamiento, entonces. Fin de los tiempos. Escatología. 

¿Y “El norte ya no existe” en lo simbólico? Pues, privación del centro y del origen. Desorientación. Merma de sentido. Navegantes y viajeros en estado de extravío. Océano sin faros. Algo se resquebraja en nuestra mirada: los ojos no saben dónde posarse pues con el norte se pierden también los otros puntos cardinales. Laberinto. Mar de oscuridad. Arribo del invierno, del frío polar, de la vejez y la muerte. 

Todos los elementos mencionados –que se han activado en mi imaginación con la sola lectura de la frase en cuestión– forman parte de este libro. Lo constituyen. Por ello, celebro, en primer lugar, este sugerente título que moviliza los sentidos y sinsentidos que la trama propone a sus lectores.

Porque El norte ya no existe es el territorio y el tiempo de sujetos que, dadas ciertas circunstancias de excepcionalidad, se ven enfrentados a sus propios cuestionamientos existenciales, a las pérdidas de sus propios nortes. En la mayoría de los casos, el rumbo de sus vidas se trastoca o altera de manera radical. ¿El contexto? La pandemia y el confinamiento. Un hecho que, al igual que a los personajes, nos agarró a todos de sorpresa, sin preparación ni programación ni herramientas suficientes para sobrellevarlo. 

En esta coyuntura, encontramos en primer lugar a Gonzalo, un peruano radicado en Madrid, que acaba de jubilarse. Tiene todo planeado para retornar al Perú, en busca de un amor de juventud que no pudo ser, su amada Sofía. De un día a otro, llegan las prohibiciones del COVID y el hombre, pasaje en mano, no puede viajar. Su frustración es tan grande que lo lleva a cuestionar el sentido de su vida, pero también a identificar una serie de prejuicios y condicionamientos sociales que en su momento lo atraparon y cancelaron otras opciones de vivir, otros mundos posibles que nunca desarrolló, entre ellos, su relación con Sofía. Pero no todo es malo en esta ecuación. “Su cárcel personal, de renuncia a la libertad [nos dice la narradora], se está abriendo, a causa del encierro real. / Conforme pasan los días, su mente, al igual que el aire, va quedando cada vez más limpia. Una repentina primavera se abre frente a su ventana” (31).

Gonzalo no es el único que vive esta toma de conciencia, esta apertura psicológica dentro del encierro físico. Otros personajes se construyen en direcciones equivalentes. Por ejemplo, Iris, 46 años, esposa y madre, amante de la música. Su relación de pareja se deteriora profundamente con la pandemia. Antes de la cuarentena, dice la novela, “podías soportar aún la presencia de Mariano [su esposo]. Él ocupaba un lugar accesorio y pasaba inadvertido. Un amor de segunda que era llevadero, hasta que tuviste que verlo las veinticuatro horas del día, sin parar, durante casi dos años. La cuarentena aclaró tu mente y tu vocación de libertad” (41). Iris tomará decisiones respecto de su futuro a partir de esta reflexión, y de la música, que es lo que verdaderamente le apasiona. 

La pregunta de fondo es, entonces: cuánto peso tiene ese confinamiento concreto y material que mantiene a los personajes –y a las personas del mundo real– adentro de sus habitaciones y viviendas, por un lado, frente al peso de los encierros y limitaciones derivadas de las estructuras mentales propias, autoencarcelamientos adoptados a partir de malas decisiones, de pésimos influjos, de perseguir ambiciones que poco o nada tenían que ver con el ámbito del deseo y la pasión, que fueron desorientadoras y que terminaron por eliminar cada “norte” de cada vida.  

Así, en la historia narrada, concurren una serie de elementos que, a la manera de virus, producen sus respectivos encierros. Uno de los epígrafes de la novela, de Albert Camus, viene a confirmar esta lectura. Dice Camus: “Lo peor de las pestes no es que mate los cuerpos, es que desnuda las almas y ese espectáculo es horroroso” (7). 

¿Qué hay de horroroso en esta novela? ¿Cuáles son las pestes que ocasionan las clausuras interiores?

Gioconda, por ejemplo, la madre de Gonzalo, representa el daño que puede causar una madre narcisista, controladora, dominante, posesiva. Un virus que infectó al hijo protagonista, con una dinámica que excedió con creces lo que corresponde al rol materno. 

Gonzalo, por su parte, que no supo marcar límites a su madre y se sometió irreflexivamente a sus manipulaciones, como un títere de hilos. “Era verdad lo que sentía durante la cuarentena [se plantea Gonzalo en la novela]. Había estado preso toda su vida. Bajo los tentáculos maternos. El cordón umbilical nunca cortado. Todo había resultado distinto de lo que ella decía” (70). 

¿Hay peor encierro que el de no poder dar rienda suelta a los impulsos dictados desde el corazón?, parece preguntarnos la narradora por medio de Gonzalo. Un encierro que llegó desde las convenciones de clase, desde la pretensión de arribismo social: “el colegio Maristas. Su madre. El entorno social. Había que casarse y tener hijos, trabajar sin parar, acumular bienes, viajar, comprar casas y carros. Enviar a los hijos a excelentes colegios y universidades” (13). En el contexto del confinamiento y la edad madura, nada de esto resiste a una crisis de sentido.

Otro horror es el de la propia Sofía, la amada inalcanzada, la eterna Penélope. Ella se da cuenta que ha vivido su vida paralizada por el régimen de espera que le ha impuesto Gonzalo. “Su orgullo de mujer le [ha impedido] hacerle reproches” (27). Le ha tomado más de cuarenta años pensar en salir de la cárcel de la postergación, plantearse la posibilidad de dejar de ser un personaje secundario y tomar las riendas en busca de un nuevo norte para su vida.

Por otro lado, la novela sitúa estas tomas de conciencia cuando estos personajes han llegado a la madurez de la vida. Hay, pues, algo de crisis de mediana edad en ellos. Ante el evento catastrófico y con potencial terminal de la pandemia, la necesidad de hacer un giro radical aparece con fuerza imperativa. Gonzalo, dice el texto, “Intuye que las últimas balas de su fogoso pasado se acabarán pronto. Que sus últimos bríos de libido terminarán por apagarse en el confinamiento. Sesenta y cinco años. ¿Dónde habían ido a parar los últimos cuarenta? El mundo había cambiado tanto. ¿Dónde se había ido la vida?” (24).

Leemos algo de cinismo en estos giros, pues ellos se llevan a cabo sin considerar en profundidad la dimensión relacional o intersubjetiva de la vida. Sin responsabilidad afectiva, es decir, sin experimentar mayor conflicto o empatía respecto de las personas que quedan atrás.

Por último, algo que me hubiera gustado encontrar en la novela es un poco más de espacio para mí en tanto lectora, para poder llegar a las interpretaciones que la trama sugiere u ofrece, y no que estas aparezcan conformando el propio texto. 

Es difícil quedar fuera de esta novela, cuyo lenguaje explora principalmente el mundo interior de los sujetos, las idas y venidas de la vida puesta en perspectiva, mirada hacia atrás y con el prisma de la urgencia que nos imponen las crisis, la de no perder ni un día más pues este podría ser el último.

Gadea, Alina. El norte ya no existe. Cocodrilo ediciones, 2023.


Alina Gadea, es escritora y abogada peruana. Ha publicado las novelas Otra vida para Doris Kaplan, Obsesión, Destierro y Todo menos morir.

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