Lima escrita. Arquitectura poética de la ciudad 1970-2020, de Carlos Villacorta

Lima escrita. Arquitectura poética de la ciudad 1970-2020, de Carlos Villacorta

Lima escrita. Arquitectura poética de la ciudad 1970-2020

El título de este libro: Lima escrita. Arquitectura poética de la ciudad 1970-2020, publicado por la editorial Intermezzo tropical, que reúne a 48 poetas peruanos que han escrito sobre la capital peruana durante ese periodo, nos invita de inmediato a interrogarnos acerca de Lima como espacio en transformación.

Y es la imagen que acompaña el inicio del libro: «Chacras», de Alionca Respaldiza, la que me resulta interesante como punto de partida para hacer una lectura de él como no limeña. La mirada de alguien que ha visitado mucho esa ciudad sin haber vivido en ella puede motivar quizás cuestionamientos algo distintos, o al menos confrontar esta arquitectura literaria que nos propone Carlos Villacorta en su prólogo y su selección, a la elaboración mental de todo no limeño con respecto a esta ciudad devoradora e indiferente, hostil, pero también imán que atrae, absorbe y desaparece a quien se adentra en ella. 

 

La imagen de Alionca dibuja una ciudad cuadriculada y de color rojo, atravesada por un río y rodeada de una suerte de muralla que la separa del campo. Es una imagen cuidadosamente elegida que ilustra bien la relación de oposición a través de la que se ha ido construyendo durante medio siglo la Lima que conocemos hoy. De oposición a la naturaleza, por un lado, marcada por su rechazo a integrarla tanto de modo espacial como simbólico; de paradójico encierro por otro: una Lima que se observa a sí misma, nombrilista, y que a la vez persevera en compartimentarse, en diferenciarse, en excluirse; y finalmente de nudo centrípeto condensador de problemáticas: una Lima incandescente, a punto de incendiarlo todo. Esta imagen contiene, pues, por sí sola, mucho de la arquitectura poética que podemos encontrar a lo largo de las páginas.

En la construcción simbólica de Acerca de Lima escrita, hay además una poderosa mirada cinematográfica. Se nos propone primero una observación poética de la ciudad a través de planos generales que se van ensamblando de modo complementario, pero que revelan rápidamente su insuficiencia, su imposibilidad de abarcarla tanto en lo espacial como en lo temporal, lo político, histórico, sociológico o incluso religioso.

El «perderse en una ciudad como quien se pierde en el bosque, requiere un aprendizaje» de Walter Benjamin  resulta doblemente irónico para quien no ha nacido allí, pues perderse en Lima resulta puramente instintivo, casi orgánico. En todas las otras ciudades del Perú se guardan historias de familiares o amigos, que se fueron a Lima y se confundieron en una suerte de magma social, diluyendo rápidamente los nexos interpersonales que en espacios más pequeños son visibles y poderosos. La mención del bosque en la cita de Benjamin recuerda, además, que Lima es justamente una de las pocas grandes ciudades latinoamericanas sin un verdadero pulmón verde en su interior. En Lima no hay bosque. Ese «Beatus ille» (esa historia natural) a la que se refiere Eduardo Chirinos en un poema incluido en este libro, se queda en las puertas de Lima.

Ese intento de retrato poético de Lima, necesariamente incompleto, obligatoriamente alimentado por la rabia, la insatisfacción, la violencia, dibuja una suerte de imagen en negativo de las aspiraciones de sus habitantes.

En Lima los microbuses llegan siempre cuando ya

es tarde y traen historias de fracasos en cada

letra de su recorrido

dice un verso de Montserrat Alvarez.

Y en medio de ello, a pesar de ello, la ciudad no deja de ejercer una poderosa fascinación. Dalmacia Ruiz Rosas escribe: «La fórmula de la dicha/se encuentra escrita/ en neón/en los cielos de Lima». A pesar de todo, y quizás por ello mismo, todo es posible en Lima, incluso ser feliz. «Feliz avanzo desnuda a través del polvo de la ciudad» dice un verso del poema «Poética de la alegría», de Victoria Guerrero.

Enseguida iniciamos un viaje lírico a través de los distritos de Lima y el plano se cierra enfocando la singularidad que proporciona carácter al espacio. Es un recorrido más sentimental, impregnado de nostalgia, en el que la voz poética puede desplegarse más lúcida y serena, pues ya no se pierde en la desmesura. La selección de Carlos Villacorta ofrece una mirada metonímica de los lugares, una sucesión de singularidades, una nueva tentativa de «contar» esa Lima profundamente fragmentada y que nunca llega a componerse en un todo, siempre presta a enarbolar la diferencia que la integra o desintegra. Esa cuadrícula roja de la imagen.

«Cada ciudad tiene su cárcel» dice un verso de Fernando Pomareda cuando escribe sobre Lurigancho. Y Abelardo Sánchez León, con una voz poética que se pregunta si el visitante «podrá llegar hasta acá, hasta San Isidro,/sin ser golpeado duramente?». Un territorio de exclusión o de encierro, como la arquitectura opresora de San Felipe, en los versos de Bruno Mendizábal, esa Lima que adopta una supuesta modernidad aplastante:

Estos edificios locos que diseminan presbiterianas

costumbres, donde los departamentos son enjambres

de ojos en permanente ebullición

El desplazamiento lírico es también temporal, volvemos a los años setenta y recorremos con Teresa Cabrera el camino entre Chorrillos y San Juan:

me aferro al pasamano

y arropo con cautela mi boleto

que no se pudra

amasado con petróleo suela de zapato

bajo el asiento que le toca a mi espinazo en el reino de los vivos

la Magdalena vieja con Victoria Guerrero:

Atraída por antiguos fantasmas

Que escribieron por mí

Sentados en parques y escaleras en los pórticos de las casonas

Los parques de Lince y Miraflores, con Mariela Dreyfus y Becky Urbina. Hasta llegar cerca del mar. A una Lima donde se puede elegir perennizarse y tener hijos, en un acto de fe bello y loco:

Aquí en Ventanilla

donde mis 12 primos han aprendido

que los hijos de nuestros hijos son como nuestros juegos de infancia

nuestra arena.

Infinita.

(versos del poema «Primera ceremonia inconclusa», de Carlos Villacorta)

El enfoque de este libro varía enseguida hacia una sucesión de primeros planos que comienzan con la voluntad inclusiva que manifiesta el nombre del capítulo: «Limeñxs», y que resulta significativa en un espacio poético donde la cuestión del género es todavía problemática.

Esos primeros planos muestran, de manera ya flagrante, la imposibilidad de lo homogéneo en una ciudad tan diversa, tan fiel a lo disperso.  

La poesía es aquí un desencadenante del desorden. «El poema Rimbaud en Polvos Azules» de Jorge Pimentel sitúa así la figura de Rimbaud, con la ferocidad, la rebeldía y a la vez el destello fulgurante del genio que encontramos en su poesía, en el lugar quizás más caótico de Lima. Es casi un manifiesto estético que encontramos confirmado en la poesía acerca de personajes emblemáticos, algunos prácticamente arquetípicos de la Lima del último medio siglo: Chacalón, Humareda, Sarita Colonia o Santa Rosa. En una estética mixta, psicodélica donde se entremezclan sociología, educación, política, religión pero sobre todo arte. Encontramos a Humareda «meditando como un monje que ha encadenado su rebeldía» y a Chacalón «pedaleando contra el suelo/ En coreografía con peces rabiosos a la sombra/ de árboles mayores que yo». A Santa Rosa que reza:

Cásate conmigo Jesús

que las rosas y el tráfico de la

avenida Tacna no importen mucho

solo tú

O a esa otra Santa que

no es tan santa con nosotras nos enclaustra entre

sus tentáculos no nos suelta santa mónica es

nuestro verdugo

Y finalmente llegamos a los planos secuencias, acompañando el desplazamiento y ese otro modo de conocer la construcción de los lugares, la flânerie benjaminiana.

La riqueza de las calles nos van describiendo no solo el lugar, sino también su respiración, su movimiento:

Y yo salgo a la calle a repartirme como obsequio.

Por las calles de mi país camino con un sonido

Y soy un lugar con mucha luz,

soy un aullante canto ambulatorio

como escribe Juan Ramírez Ruiz en su poema «Paradero».

Esta deambulación en un lugar tan diverso hace de Lima un escenario perfecto para los encuentros y los desencuentros, para las experiencias extremas: la soledad extrema, el extremo disgusto consigo mismo o la extrema necesidad de corresponder a la exigencia social. En esos extremos surgen también el encuentro amoroso (como en los versos de Verástegui, Enriqueta Beleván, Luis La Hoz o Sonia Luz Carrillo), el activismo político (como en los de Carmen Ollé), el desenfreno puro en lo temático y formal, pero también la contención formal y la contemplación, como en los versos de Lorenzo Helguero:

De Lima en el grisáceo atardecer

resaltada en lo opaco de la bruma

observo luminosa una mujer

que distinguidamente piensa y fuma

Pero Lima no sería ella misma sin la velocidad, sin ese « giro alrededor del óvalo, una vuelta tras otra, prendido, como un amante taciturno, del centro del mundo», de los versos de Montalbetti o esos «poemas sonando como bocinas de carros» en un verso de Carlos Oliva o esa gente del verso de Alessandra Tenorio «que grita la devaluación del amor tras sus ventanas».

Lima no sería la misma sin aquello inmenso que está fuera de su territorio y que la nutre, esos «cables del corazón enredados en la noche» del poema de Roxana Crisólogo.

Al inicio decía que mirando desde el resto del Perú, irse a Lima es, de algún modo perderse. Pero para quien ya está en sus entrañas, estar allí es más bien un modo algo animal, una manera intrépida, de reencontrarse con otros como uno. Porque, como dice un verso de Martín Rodríguez Gaona:

Nada es nada en un lugar

en el que está a punto de suceder todo.

 

Villacorta, Carlos (prólogo y selección). Lima escrita. Arquitectura poética de la ciudad 1970-2020. Intermezzo tropical, 2022.


Carlos Villacorta (Lima, Perú, 1976) es escritor, poeta y académico. Es autor, entre otros, del libro de cuentos Lo que dio el fuego (2021), los poemarios Materia Oscura (2017), Ciudad Satélite (2021) y la novela Alicia, esto es el capitalismo (2014). Ha co-editado antologías entre las que destaca Cuentos de ida y vuelta: 17 narradores peruanos en Estados Unidos (Lima, 2019). Sus poemas y cuentos han aparecido en español, inglés y francés. Vive en Maine.

Acerca de Nataly Villena

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