El niño del metro, de Madeleine Truel

El niño del metro, de Madeleine Truel

El niño del metro, de Madeleine Truel

J’ai été un enfant, je ne le suis plus. Je n’en reviens pas”, se sorprende Albert Cohen. ¿Cómo traducir la riqueza en doble sentido de aquel pensamiento sin traicionarlo? No me atreveré. Sin duda lo habrá sabido Madeleine Truel Larrabure, quien, para escribir El niño del metro, se inspiró en la historia del pequeño Pascual Behar, hijo de sus vecinos rumanos judíos en plena ocupación nazi. Ella habrá sentido cómo Albert Cohen que haber sido un niño es quizás el único estado del ser humano que desaparece para siempre y permanece a la vez. Que todos tenemos aún a nuestro niño interior escondido en nuestro propio búnker, mientras suenan afuera las alarmas de las bombas de la adultez y la civilización. Y al cuál casi nunca logramos volver desde nuestra posición adulta. Sobre todo, en épocas de guerra. Madeleine sí que lo supo hacer. 

Mientras escribo, se repite la historia. Mientras el niño de Madeleine se esconde en el metro de París del año 1942, otros miles de niños siguen escondiéndose en el metro de Kiev del año 2022. Se confunde la imagen con la de mi padre bebé en brazos de su mamá, mi abuela, escondidos en el sótano de un edificio en el mismo París del año 1942. Una bomba acaba de partir el departamento en dos y por suerte, ambos se quedaron del buen lado. Del caso contrario la que escribe nunca jamás hubiera podido hacerlo.

Mientras avanza mi lectura de El niño del metro, dirigida por la precisa traducción al español de Nataly Villena y cuya versión original francesa ni suponía su existencia, libro que me llega de sorpresa un día tranquilo de verano en Lima Perú, se despierta mi memoria genética y política. Tengo la sensación de encontrarme con una verdadera paisana mía, es decir, con unas de las pocas con quien puedo compartir dolores kármicos en doble idioma.  De las que cruzaron el charco de las historias geopolíticas. De las que pagaron el precio con su propia vida. Mujer. Peruana. Francesa. Artista. Filósofa. Hermana de tres hermanas. Condenadas desde el nacer. Por eso lo devoro de principio a fin.

Madeleine Truel. El nombre resuena en mis sueños desde que lo escucho. ¿Habrá conocido a mi abuela en alguno de sus escondites? ¿El niño del metro hubiera podido ser mi padre?

¿Madeleine se habrá ido de fiestas con Sylvia Li (tiene mucho de Sylvia Li), la poeta arequipeña fantasma que sacamos del olvido con mi doble literaria, Christiane Félip Vidal, hace unos años atrás en La flor artificial, regalándole una historia porque la reclamaba a gritos para reposar en paz, historia de todas las que cruzaron el charco trayendo en su mochila, bombas de tiempo? La historia se repite cómo un círculo vicioso en el metro de París. Nunca para.

Se trata de un niño que nació en el metro de París y jamás salió de allí”. Se trata de resiliencia. Se trata de literatura. De inventar salidas. Con estilo. Con arte. Para seguir viviendo. Cuando todo se va al diablo. El metro de París se vuelve símbolo. Quien aún no lo conoce igual lo sabe. Red subterránea del inframundo. Sus capas son infinitas. Como las de Madeleine. Como las de la Madeleine de Proust. Como las del Perú. Como las de la infancia. Como las de este libro. Libro infantil. Libro político. Libro metafísico. Libro poético. Libro de resistencia. El niño del metro se esconde paradójicamente en el metro oscuro y fétido de París para conectarse con lo más luminoso del ser humano, las pulsiones de vida. 

Mientras leo El niño del metro, se me aparece Boris Cyrulnik. No hay azar. Boris Cyrulnik viene de Ucrania por parte de su padre, dice que las palabras hacen sangrar la memoria (“Les mots font saigner la mémoire”). Que escribir es metamorfosear el dolor. Lo que significa otra manera de servirse de la palabra. Dice que hay dos memorias. La memoria traumática, la que no evoluciona. Pero también dice que hay una memoria sana y evolutiva, que no tiene alambres, la que hace que los militares alemanes parezcan guapos, que la sinagoga donde amontonan a los niños judíos antes de mandarlos a los campos de concentración sea una fiesta, que los dos escalones que llevan al cuerpo de la Señora Blanchet, la mujer enferma que le salvó la vida, sean escaleras del cuirassé Potemkine; que hace que la sangre de la Señora Blanchet desaparezca para permitir respirar al pequeño niño de seis años. Boris Cyrulnik dice que un ser humano nace varias veces. Que del primer nacimiento nadie se acuerda, que el segundo nacer aparece con el habla, el tercero con la palabra escrita. Que la resiliencia consiste en transformar la realidad en mito, lo que no significa transformar la realidad en mentira. Que solo la palabra escrita tiene el poder de cambiar la materialidad. Que inventando, uno se vuelve de nuevo maestro de su mundo. Que la palabra oral solo permite crear una relación con la realidad, pero que la palabra escrita es una apropiación de su propio mundo a través del pasado. El niño de Madeleine Truel se esconde en el metro de París como el niño Cyrulnik se esconde bajo el cuerpo moribundo y sangrando de la Señora Blanchet, para seguir en vida.

El niño del metro me remite a muchas otras obras. Películas: La vida es bella de Roberto Benigni (1997), Jeux interdits (Juegos prohibidos) de René Clément (1952). Novelas: Una bolsa de canicas (Un sac de billes) de Joseph Joffo (1973). Historias vividas: aparte de las de Boris Cyrulnik, las de mis abuelas y abuelos, resistentes ambos. Historias de resiliencia, niños que se esconden bajo los camiones del enemigo para cruzar fronteras y logran sobrevivir. Y más recientemente, migrantes que se escapan de Afganistán escondiéndose detrás de la rueda de un avión estadounidense, niños de Ucrania, etc. 

En el libro de Madeleine el niño es un personaje de un cuadro de Chagall. Que también entre paréntesis es de origen ucraniano. Va bailando de estación en estación del metro creando una ronda con los demás protagonistas que nacen de los nombres de las paradas. Aprendiendo de poco a poco, como en todos los cuentos de hadas, como en la vida, que lo que aparece en el camino no siempre es buen ejemplo para seguir, aunque sirva, que los nombres de las estaciones a veces engañan, Porte Dauphine, Villiers, Marbeuf, Michel-Ange Molitor, Les Gobelins, Mouton-Duvernet, Sèvre Babylone… 

Intento trazar la ruta del niño del metro en el mapa real de las estaciones. Buscando un sentido. Como lo haría Cortázar en uno de sus cuentos. Madeleine frecuentó a los surrealistas de hecho. ¿Habrá dibujado alguna figura secreta en el camino que recoge su niño? Esa es otra de las miles de capas de ese libro: su dimensión alegórica. Como suele ser en las obras únicas (Madeleine nunca publicó otra), abre paso a una corriente energética vital que logra transmutar lo particular en algo universal e intemporal. El niño del metro es algo como el prisionero de la caverna de Platón que logra liberarse gracias a una suerte de dialéctica ascendente en varias etapas y gracias a sus opositores. Hay que liberar a la Mudita. Esa es la meta. La mudita en realidad es una estación del metro de París que significa también la muda sin que ningún francés se haya dado cuenta. Liberar a la muda es darle el poder de la palabra. La palabra libera. Ya lo dijo Platón antes de Freud. Lo que me hace pensar que Madeleine estaba en la corriente. En la corriente de la luz. Es decir, de los valores más altos simbolizados por el sol en casi todas las culturas y que encuentra su máxima expresión en el mundo de los Incas cómo en la filosofía de las luces europeas. Madeleine era francesa, pero se sentía profundamente peruana.  Salvadora de niños (se unió al movimiento de la resistencia falsificando papeles: ahora le dicen la Schindler peruana), sanadora (pasó su vida en prisión aliviando el sufrimiento ajeno contando historias del Perú (le decían el pájaro de las islas), sacrificada (murió a raíz de los maltratos de los nazis sólo días antes de la liberación de Francia). Y tampoco es azar que al final del cuento, todos los protagonistas de la historia se vuelvan a encontrar en una gran fiesta con muchas luces en la Plaza de las Fiestas, que también es el nombre de una estación del metro de París escondida en lo más oscuro de la ciudad luz. 

Me siento realmente muy alegre por la trascendencia que logra este libro tanto en el espacio como en el tiempo, pequeño en apariencia pero que en lo más profundo de sus entrañas es la esencia que deberíamos regalar a nuestros hijos, desde la edad más temprana, para ayudarlos a construir una estación  propia en su metro interior, en donde puedan armarse de valor contra las locuras del ser.

Truel Larrabure, Madeleine. El niño del metro, de Madeleine. Editorial Maquinaciones narrativa, 2022. Traducción del francés al español por Nataly Villena. Ilustraciones de Gabriela Quispe.


Madeleine Truel (Lima, 1904 – Stolpe, 1945), autora franco peruana, combatió en la resistencia francesa contra los nazis y ayudó a esconder a muchos judíos. En 1944 fue enviada al campo de concentración de Sachsenhausen, murió poco después. El niño del metro es su único libro.

Acerca de Sophie Canal

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Una opinión sobre “El niño del metro, de Madeleine Truel

  1. Marie-France Cathelat

    Hermoso TEXTO DE PRESENTACIÓN DE UN LIBRO ESTUPENDO QUE TODFOS DEBEMOS LEER.

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