La biología del odio de Angélica Motta

La biología del odio de Angélica Motta

La biología del odio. Retóricas fundamentalistas y otras violencias de género (La siniestra, 2019) de Angélica Motta es un libro de ensayos que en los 17 textos que enumera, se adentra en temas como la violencia de género, la diversidad sexual, la construcción de la masculinidad, entre otros, desde una perspectiva interseccional en la que la autora toma en cuenta aspectos como la raza y la clase social para evaluar las experiencias de vida que recoge el libro. Además de traer a sus páginas a una serie de autores y autoras peruanos y peruanas de importante trayectoria académica y activista, La biología del odio dialoga con autores y autoras europeos y europeas entre las que resalto a la controversial escritora francesa Virginie Despentes. Con ella, por ejemplo, Motta navega el concepto y la práctica del feminismo, a la cual conecta con marcadores de la identidad como son la sexualidad y la raza para potenciar las críticas, análisis y cuestionamientos que la autora emprende en esta nueva entrega.

Como señala la autora en la Introducción, los ejes de La biología del odio son la violencia de género y el fundamentalismo, concentrándose en mujeres, disidencias sexuales y de género pero también en “otros grupos humanos con existencias precarizadas” (14). El texto de Motta, así, informa, denuncia y a la vez cuestiona los discursos conservadores que simplifican y limitan la experiencia humana y que derivan en prácticas y posturas dañinas como la homofobia, la transfobia, el feminicidio y el travesticidio. Todo esto explicando como estas mismas practicas están conectadas a una masculinidad hegemónica en la que la heterosexualidad es uno de sus grandes pilares. Así, en La biología del odio se revisan crímenes como el de aquel padre que en el Perú mató a su hijo menor de edad por ser homosexual, bajo la frase que reza “prefiero un hijo muerto que un hijo gay”, en tanto que “la constitución de la masculinidad, como identidad, se funda en la negación de lo femenino como parte de sí, lo que implica especialmente el rechazo y distanciamiento de lo homosexual, entendido como algo abyecto e indeseable” (66).

En una suerte de respuesta iluminadora a este lamentable crimen, el libro incluye una hermosa entrevista a la educadora y activista transexual peruana Gahela Tseneg, en la que se aborda la realidad de las mujeres trans en el Perú como uno de los grupos humanos con mayores vulneraciones a sus derechos. En esta entrevista Tseneg explica el significado que tiene la noción de madre en la comunidad trans. Esta implica, pues, “abrazar a otra compañera, a otra mujer trans, y en el proceso desarrollamos afecto de manera mutua. Lo que hacemos es proteger a nuestras hijas, a nuestras tracas, a nuestras bebitas” (70). Con ello, se ilumina en esta entrevista esos otros mundos posibles, esas otras formas de construir familias que existen y que se vulneran porque resisten y escapan a la normatividad que dicta “lo que debe ser.” Señala así Tseneg, “…desde nuestra propia lógica, desde nuestras propias vivencias, desde nuestros propios sentires terminamos ejerciendo un papel de madre sin que haya un vínculo sanguíneo, sin que tengamos que tener a esa persona en el cuerpo por nueve meses. Tiene que ver con reconocernos en la otra, con darle lo que se nos ha negado: amor” (71).

En su estudio de la situación de vulnerabilidad de las mujeres y las disidencias, Motta desarrolla, junto con Arón Nuñez Curto, una interesante intersección analítica entre ciudadanía sexual y corrupción, enfocándose principalmente, en las disidencias sexuales y de género. Este texto, así, estudia conceptos como los de equidad social, que podrían funcionar como factores preventivos de la corrupción o como el de exclusión, en tanto la corrupción implica preferencia, distinción y por tanto, exclusión, “permitiendo, por un lado, a quienes cuentan con privilegios … conseguir sus fines pasando por encima de las leyes que rigen para todas las personas, y, por otro, dejando a quieres carecen de estos privilegios más vulnerables a ser víctimas de corrupción” (98). Como ejemplo, les autores mencionan las incursiones de la policía nacional peruana en espacios de ejercicio de prostitución por parte de personas transgéneros, cuando en el Perú la prostitución no es ilegal.

Otro de los grandes temas que se abordan en La biología del odio es el de la violación sexual como algo endémico en el Perú. En su estudio, Motta dialoga con Despentes quien considera que “la violación… está en el centro, en el corazón, en la base de nuestra sexualidad” (30). Tras esto, Motta hace un análisis en el que deconstruye una serie de narrativas socialmente legitimadas que justifican la violencia sexual en la medida en que “el instinto sexual masculino es ingobernable, el falo tiene vida propia, por tanto resulta lógico que el violador no sea responsable (31). Este texto se acompaña con el abordaje de una triste realidad emergente en el Perú y Latinoamérica en general, la de los cientos de niñas víctimas de la violencia feminicida y la de las muchas voces que banalizan el feminicidio en el Perú. Este acto, Motta lo define como complicidad, sobre todo en lo que respecta a ciertos medios de comunicación nacionales. Tal es el caso del periodista Federico Salazar quien argumentó que el caso de una mujer quemada por la ex pareja de la hermana no era feminicidio, sin ponerse a analizar cómo este crimen está relacionado a “las estructuras de poder de género que le asignan a las mujeres una determinada posición en la sociedad” (52).

Estas estructuras de poder, agrega Motta, se perpetúan por medio de la emergencia de narrativas conservadoras como las que se producen desde la campaña “Con mis hijos no te metas.” En ellas hallamos una serie de claves para entender el sustento ideológico común a una gran parte de la población peruana. A nombre de la familia “natural” y su defensa, pues, estas narrativas rechazan la existencia de “una diversidad de formas de organización familiar, más allá de la heterosexual y reproductiva” (143). Como explica Motta, este tipo de discursos legitiman la desigualdad, la exclusión y, al fin y al cabo, la violencia, y han creado nuevas estrategias retóricas que Motta analiza en capítulos como “la biología del odio,” que da título al libro, u “Homofobia y misoginia en el Colegio de Abogados de Lima: una desafortunada conferencia” en la que sendas narrativas fueron diseminadas a través de una conferencia llevada a cabo en una institución “llamada a promover el cumplimiento de las leyes y el respeto de los derechos fundamentales” (170).

Cabe recalcar, que este libro destaca, a su vez, gestos de resistencia como los de la movilización #NiUnaMenos, la cual, según señala Motta, “aumentó la consciencia sobre el problema de la violencia de género y es más frecuente que los feminicidios (logrando que) ya no se describan en los medios solo o principalmente como el accionar de monstruos, sino como el resultado de un sistema social machista” (62). De igual manera, el libro revisa los logros aunque también cuestionamientos que han recibido grupos como el #MeToo norteamericano y el #BalanceTonPorc de Francia, los cuales se han atrevido a hacer visible una serie de actos de abuso sexual. En su análisis, Motta recuerda sobre la importancia de complementar o acompasar estos esfuerzos por denunciar la victimización sexual femenina desde la masculinidad y el patriarcado, con la afirmación del goce femenino. Señala la autora, “hablemos también de nuestro placer, de las experiencias de afirmación del deseo, que hemos hecho posible en medio de estructuras opresivas que estigmatizan nuestras actitudes en este terreno” (83).

La segunda parte del libro, comienza estableciendo la negativa legal por la unión civil de personas del mismo género en el Perú como violencia de género. Una de las más repetidas justificaciones es que esta ley, “sería un atentado contra lo que proclaman como ‘familia natural’, entendida como heterosexual, monógama y organizada en función de la reproducción de la especie” (125). A lo largo de esta parte Motta señala una serie de argumentos que desmontan “la familia natural” aunque también cuestiona la sin razón de planteamientos en torno a si la homosexualidad es innata o adquirida.

En conclusión, La biología del odio. Retóricas fundamentalistas y otras violencias de género es un texto que nos expone a las realidades de las tantas vidas precarizadas en el Perú, aquellas que se dejan morir y violentar desde el Estado peruano y su aparato legal. También nos sorprende con el agenciamiento y la potencia de peruanes que se atreven desde el papel, el activismo y la educación a resistir y modificar estas estructuras que desde los procesos coloniales han situado al Perú como espacio en el que el odio cunde en los pilares de su construcción social, política y legal.

Motta, Angelica. La biología del odio. La siniestra, 2019.


Angélica Motta (Lima, 1972) Antropóloga y activista feminista. Magíster por el International Institute of Social Studies y Doctora en Salud Colectiva por el Instituto de Medicina Social de la Universidad del Estado de Río de Janeiro. Actualmente es profesora de la Escuela de Antropología de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos e investigadora de la Unidad de Salud, Sexualidad y Desarrollo del Centro de Investigación Interdisciplinaria en Sexualidad, Sida y Sociedad de la Universidad Peruana Cayetano Heredia. Tiene múltiples trabajos de investigación y publicaciones, académicas y en prensa escrita, en temas de salud, sexualidad y género.

Acerca de Erika Almenara

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