Entrevista a Jorge Nájar

Entrevista a Jorge Nájar

Nutrir la memoria hasta convertirla en pensamiento

A propósito de la presentación del poemario Malas maneras y otros poemas de Jorge Nájar

Malas maneras y otros poemas de Jorge Nájar se editó por primera vez en 1973. Una bella edición cuidada por José Watanabe y presentada por Ricardo Falla. Después contó con una edición bilingüe castellano – francés de 1988 publicada en Barcelona y hoy día se presenta esta edición a cargo de Pakarina en la que se incluye Malas maneras (1973), Mate burilado (1999) y Espíritus (2017). 

Es difícil escribir sobre un poemario porque al menos mi impulso primario es el de compartir su lectura. Es decir, leer cada poema y que este se revele a sí mismo. Escribir sobre él puede ser una suerte de lectura compartida, entonces, traigo aquí mi mirada como lectora. 

Empezaré por una breve mirada contextual. En la Amazonía, específicamente en las ciudades de Iquitos y Pucallpa entre las décadas del 60 y 70, nace una generación literaria post-caucho que hereda las aspiraciones cosmopolitas, que cuestiona la crueldad de ese periodo, y que busca sus raíces mestizas e indígenas, más allá de las europeas; que apuesta por el proyecto desarrollista, que vive la bonanza y modernización que trae la explotación petrolera y maderera, que construye una mirada y sensibilidad urbana amazónica. A través de la revisión de parte de los archivos de Roger Rumrril, quien quizá cuenta con una de las bibliotecas de temas amazónicos más completas del país, y de Javier Dávila Durand con quien participó en la revista Proceso en la década del 70, conocimos a Jorge Nájar, joven e impetuoso periodista y poeta, para quien las búsquedas vitales, la palabra y la poesía no se disociaban en ambas labores.   

Entonces, comparto mi lectura a modo de una entrevista imaginaria y real al mismo tiempo a Jorge Nájar.

 

De la memoria

“He buscado a ciegas la luz y la melodía

de quienes crecieron conmigo para nutrir

la memoria hasta convertirla en pensamiento”

«Esa voz» (Malas maneras)

Una de las cosas que más me impacta e interpela es la memoria como tópico, como reflexión, como elemento movilizador que está presente en tu primer poemario, puesto que el ejercicio de memoria se suele asociar a una larga trayectoria de vida, a un ejercicio retrospectivo e introspectivo, quizá ajeno a la acción propia de la juventud. En tu caso, en tu poesía la memoria está presente desde un inicio, y siendo un poeta joven está presente como una búsqueda identitaria y existencial. La memoria está vinculada no solo al paso del tiempo, a esa búsqueda de tu niñez, si no también está vinculada a personas, lugares, imágenes sonoras y visuales, a personas que se tornan símbolos, a seres que alimentan tu mitología. Es inquietante que la memoria movilice tu poesía. Cuéntanos cómo la defines, cómo llegaste a ese camino, a esa construcción poética en aquellos años, si acaso se relaciona con dejar Pucallpa y luego el Perú. 

Sin ninguna duda, la memoria está íntimamente ligada a la vida. Y en este caso a la memoria de un migrante por herencia. No es una postura, y mucho menos escapismo. Es la vida. Siempre he creído que más que los terruños, o los orígenes étnicos, la identidad es la memoria. Una memoria nutrida de vida. Te cuento. Yo tenía que haber nacido en unos de los caseríos del tramo carretero que va del Aguaytía a Pucallpa porque mis padres y abuelos trabajaron en las faenas de construcción de la primera carretera de penetración a la Amazonía. No fue así porque la partera, mi abuela, prescribió que el primer parto de mi madre se presentaba con dificultades. Nací en lo que entonces era conocido como el Hospital de Pucallpa cuando esta localidad era apenas el campamento asentado sobre uno de los territorios nucleares de los Shipibo. Pero a los pocos meses de mi nacimiento, mis padres ya estaban nuevamente en Iquitos de donde en realidad ellos eran. Cada vez que hablo de Iquitos siempre pienso en mi abuelo materno, uno de los cuatro o cinco japoneses extraviados en la Amazonía de aquellos años. Un japonés que hizo familia con una señora de Iquitos, cuyos padres eran oriundos de Moyobamba. Mira todo lo que se está sumando en esa pobre vida. Mis padres tuvieron que salir de la Amazonía por razones que hasta ahora están en el terreno de vago. Y peregrinamos por Huánuco, Huancayo, Huancavelica hasta recalar en Lima, en los Barrios Altos donde aprendí a leer. Observa todo lo que se ha sumado. Por el lado paterno provengo de esas olas que bajaron de la región Rupa-Rupa hacia el llano amazónico embrujados por el esplendor cauchero. Los padres de mi abuela del lado paterno ya eran caucheros. Cuando esa actividad cayó en desgracia, casi todos los pequeños extractores abandonaron sus campamentos y se replegaron hacia los fundos y las pequeñas urbes de los ejes fluviales. Cuando después del peregrinaje andino y limeño regresamos a Pucallpa, yo tendría unos seis o siete años. Llegamos a la casa de mi abuela. En esa casa yo he visto a numerosos extrabajadores Asháninka, campas decíamos entonces, refugiados en la huerta del la hija del ex-patroncito cauchero. Mi infancia ha estado nutrida por las palabras de esos señores. En Pucallpa iba a la misma escuela a la que iban los hijos de los Shipibos. Socialmente no somos diferentes. Ellos son nosotros. Nosotros somos ellos. Tenía diecisiete años cuando regresé a Lima para proseguir los estudios. En la Universidad Federico Villarreal de entonces convergimos jóvenes oriundos de todos los rincones del país. El patio villarrealino era el Perú. Ahí estaban los aymaras, los quechua, los filabotones, los shucuyes, los chunchos, los huambisas, etc., y claro, también los limeños. En la Villarreal terminé comprendiendo que todos éramos parte de la misma sociedad. Así, los poemas intimistas de entonces comenzaron a llenarse de esa visión. A finales de 1968, cuando regresé a trabajar en Pucallpa, abrigaba en secreto la ambición de recrear el ambiente en el que yo me hice a la vida. Ese anhelo, me parece, es el nutrimento de Malas Maneras, publicado por primera vez en 1973. La materia original no quedó intacta cuando preparé la edición bilingüe (castellano-francés) ni cuando se publicaron otras ediciones del poemario. La versión que presentamos ahora también es nueva en su forma. El nervio es el mismo. La memoria convertida en pensamiento es la misma: la memoria como principio rector de la identidad.

Y en contraste se delinea otra búsqueda poética situada en la pulsión vital y agónica, acaso generacional, de las calles y de las ciudades, representada por la Señora de la Noche: “Yo siempre estuve hallándote y perdiéndote, ubicua. Yo siempre limpiando palabras para hacer más cristalino el silencio”. En Malas maneras, en tu poesía, se muestra una sensibilidad urbana y amazónica, ¿con qué otras sensibilidades se relaciona?, ¿a qué se debe el título Malas maneras?  

La Señora de la Noches corresponde a un nombre propio. Los sentimientos engendrados tanto en Pucallpa, Contamana, Lima e Iquitos fueron transferidos a la Poesía durante los intensos años compartidos en el ambiente engendrado por la política de entonces. Estos sentimientos tratan de translucirse en el texto de ese poema que da título a todo el conjunto. Estar siempre en movimiento: en los aeropuertos de Iquitos, de Pucallpa; en los puertos ribereños del eje fluvial que va desde la nacientes del Ucayali hasta convertirse en Amazonas. Es más, pretender identificarse con la voz de los ribereños y de los trabajadores de los campamentos madereros en los que transcurrió parte de mi adolescencia, no era precisamente un acto de conformismo. Ese acto, ese anhelo de encarnar en la voz de quienes compartieron conmigo su existencia, se traduce en el título de todo el conjunto. Para mi suerte también corresponde con uno de los títulos del Santana de esos años. Lo que hemos bailado en las fiestas populares al son de los ritmos en los bailongos organizados en los locales gremiales de los estibadores, los matanceros, los auxilios mutuos, etc. Todos esos sentimientos se imbrican y suman. Y terminan cuajando en Malas Maneras.

De las cosmovisiones

“Oh, señor, cazador verdadero, fiel,

no me permitas decir una mentira más, ya basta,

yo no supe qué hacer con tu reino esférico y sin fallas

y tú no supiste imaginar lo que era mi infierno:

buscador de verdades frágiles y pasajeras”.

Fiel Kancillo (Malas maneras)

Puedo ver a Fiel Kancillo, a Pachakamaite, a Oshero, a Dios Shipi, a Dios Koni que simbolizan una humanidad distinta, integrada a la naturaleza, con una verdad profunda que interpela el orden actual en donde “los mundos están mutilados”. En tu poesía está presente el conflicto entre sociedades, entre las distintas visiones de mundo, contrapones una pureza estática, inasible e irrecuperable con una violencia que se impone y avasalla ese mundo. En tu poesía están presentes las cosmovisiones amazónicas para entender la existencia ¿Qué significan para ti?, ¿cómo llegaste a estas cosmovisiones?

Fiel Kancillo fue un hombre de carne y hueso. Un gran cazador. El poema al que aludes es una súplica, un ruego. Un pedido de perdón por haberme inmiscuido en su mundo. A muchos les ha costado digerir la alteridad, talvez porque olvidan que nuestra sociedad está sumida en un profundo proceso de endogénesis desde hace varios siglos. No solo en la Amazonía. Yo he crecido en diferentes lugares del país, como ya señalé, pero sin duda la cosmovisión shipiba es una de las que más me ha marcado. ¿Cómo se explica? Mi padre después de su experiencia como maquinista en la carretera de penetración a la Amazonía se convirtió en un pequeño extractor de madera, y aprendió a hablar esta lengua. Nuestra vida fue una alternancia entren los campamentos ribereños y los centros poblados como Pucallpa y Contamana, el territorio original de los Shipibo. Así me enteré de esas cosmovisiones. No soy un caso excepcional. Todos los ucayalinos de mi generación, más o menos interesados en el mundo que nos rodea, también están enterados de lo que señalas. Y no pocos conocen mucho más que yo. Aunque también se puede decir que muchos no han asumido los estragos de la historia. Es verdad asimismo que no pocos de ellos son nosotros. O tal vez mejor que nosotros por su bilingüismo que conlleva una mejor compenetración con el medio. La mayoría de quienes estudiamos en los mismos colegios públicos de Pucallpa se integraron al sistema administrativo regional o se convirtieron en dirigentes de sus comunidades. La contraposición que se visualiza en el poema es pues una imagen de los años 50-60. La historia es incontenible y sigue avanzando modificando la realidad. Sus dioses viven en nuestra memoria como viven los dioses helénicos.

De la curación

Posteriormente, tomas el lenguaje de las artes populares para entender nuestra historia más allá de la escritura. Te sumerges en otras cosmovisiones, las prehispánicas acaso como forma de curación, como forma de reconstrucción tras la pérdida, tras el dolor, tras la ausencia de un proyecto político truncado. Leernos a través de las artes y cosmovisiones ancestrales para curarnos:

“Vieja historia, se dice al cruzar el río. 

Hemos lavado nuestros corazones 

con la sangre de quienes cayeron 

y avanzamos hacia un país cristalino”.

¿Qué te motiva a indagar en otras latitudes y cosmovisiones distintas a las amazónicas?

Si bien aspiro a que la voz permanezca en sus diferentes entonaciones, la curiosidad es inagotable. He crecido en el mundo andino-amazónico y he visto a lo largo de mi vida el trabajo de los artesanos y sus anhelos de recrear el mundo en sus diferentes expresiones. Se puede también leer la historia desde ese ángulo. Se pueden leer las pasiones. Pero este afán de leer en las artes visuales no solo se restringe al espacio nacional. En Francia publiqué en una edición bilingüe el poemario Lienzo Escrito en el que el yo poético canta y sueña ante el espectáculo de las obras de arte de España, Francia, Italia, Holanda. Impresiona, talvez, que mi segundo poemario haya optado por esa actitud, pero en realidad ella va conmigo desde siempre.

Del cuerpo y la invisibilidad

El cuerpo, el espíritu, la casa se tornan símbolos que forman parte de una recapitulación de la vida. ¿Acaso el poemario Espíritus es otra forma de hacer memoria?, ¿cómo es esta otra forma de hacer memoria?, ¿cómo concebiste Espíritus? 

“Todo tu orgullo sea la casa 

que tú mismo construyes 

de aire, de rayos, de sueños, 

de lo que fuiste y ya no, 

de la gente que amaste 

y todavía cohabita en ti 

navegando por los ríos de tu sangre; 

que todo eso sea tu verdad 

y tu luz”. 

«Purificación» (Espíritus, 2017)

Brotando de la noche cósmica llegó Espíritus como una piedra incandescente cuando yo vivía inmerso en la experiencia de crear una urbe amazónica: Mayushín, el espacio real e imaginario en el que convergieran los personajes con los que me hice al mundo y que terminaron cuajando en mi novela El árbol de Sodoma. El poema irrumpió con tal insistencia que me vi obligado a realizar una pausa en la experiencia narrativa. Era una masa mineral compuesta de mitos y exorcismos que se tradujo en un tejido de voces habitado por el contrapunto entre los conjuros curanderiles y lo que iba emergiendo desde el fondo de la memoria. ¿Quiénes somos? ¿Qué hacemos en el mundo? ¿Adónde vamos? Buscamos trascender por el artificio verbal estas grandes interrogaciones. Y en ese anhelo encontramos fragmentos de melodías añejas, destellos de metales extraños en medio de una combustión volcánica. En claro, Espíritus tal vez sea el canto más autobiográfico que hasta ahora entono, la vida de un amazónico que se ha ido y que regresa cada vez que puede, física y psicológicamente. He querido que esos ires y venires queden plasmados en sus venas. En su entramado de voces he buscado la resonancia de parte de mi adolescencia y juventud andariega por los pueblos amazónicos, así como mi vida en diferentes ciudades del planeta. La voluntad de operar con la memoria ha conllevado también un viaje hacia la sangre. ¿Qué somos? La voz central se desplaza desde el poliédrico monstruo urbano hacia las nacientes de los ríos amazónicos con el único anhelo de re-construir el universo.

Fotografía del autor: ©jeharrington

Nájar, Jorge. Malas maneras y otros poemasEditorial Pakarina, 2019.


Jorge Nájar (Pucallpa, Perú, 1946). Reconocido escritor y poeta peruano, es autor de numerosos poemarios de los que destacan Finibus terrae, ganador del Premio Copé de Oro 1984; Canto ciego, Premio Juan Rulfo de Poesía; Lienzo escrito publicado en edición bilingüe, así como Mate Burilado – Gravures sur maté (1999); Figures de Proue Mascarón de proa (2006), Là où jaillit la lumière – Ahí donde brota la luz (2015), Espiritus – Espíritus (2018). Ha publicado los cuentos Penúltima Odisea y otras ficciones; las novelas: Vallejo y la célula non plus ultra; El Alucinado; El Árbol de Sodoma; César Vallejo, La Vida Bárbara.  Pakarina Editores ha recuperado Malas maneras y otros poemas. Reside en París.

Acerca de Kristel Best Urday

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