Variedades de Galiano, de Reina María Rodríguez

Variedades de Galiano, de Reina María Rodríguez

Poetizar las ruinas

Reina María Rodríguez (La Habana, 1952) es una reconocida poeta cubana. Entre sus obras más interesantes, por las que recibió diversos premios como el Casa de las Américas en 1984, se encuentran Para un cordero blanco (1984), En la arena de Padua (1991), La foto del invernadero (1998). En 2008 publica su primer libro híbrido, el foto-texto titulado Variedades de Galiano (Letras Cubanas, 2008). Se trata de un volumen que mezcla textos que van desde la descripción arquitectónica, la poesía, los relatos de memoria, la alegoría y metáfora literaria en torno al tema de las ruinas del Periodo Especial en Cuba. A todo eso le añade un conjunto de fotografías que buscan reconstruir una memoria a partir del “revelado” de la foto, tanto de aquellas fotos que explícitamente describe hacia el final del libro a modo de reseña, como de las fotos que la autora inserta intercalada y azarosamente desde la apertura del libro.

variedades de galiano

El texto, poético y potente en sus metáforas, no solo se ciñe a la mera comparación entre una Cuba de supuesto esplendor y una Cuba en ruinas —entendida como el presente de la escritura—, sino que también oscila y se repliega, como el movimiento de las olas del mar que cercan la isla, entre la memoria personal y la memoria colectiva. Su interés no es crear un documento antropológico o, por lo menos, no busca enunciarse desde una postura etnográfica. Todo lo contrario, texto e imagen se anclan firmemente en lo concreto de las ruinas, en el presente de una destrucción que se insinúa como el doblez del pasado y el presente cubano. Lo cotidiano la lleva a titular este libro con el nombre de una tienda, Variedades Galiano, antes conocido como Ten Cents, un centro comercial. Y una mirada al índice nos llena de referencias a espacios concretos de La Habana.

Lo que llama de inmediato la atención en los textos es el modo en que la autora consigue transmitir la sensación íntima de prisión, encarcelamiento, petrificación en una isla rodeada de agua, donde la fluidez del mar (contrario a la piedra) se convierte en la frontera infinita, en el horizonte total e inalcanzable sobre el cual flota una ciudad derruida. Y esto la autora lo lleva al ámbito de la sociabilidad cubana: “El chino es raro, pero esta consciente de flotar como la ciudad sobre sus ruinas” (44).

Más aun, la Cuba de los 90s es una gran fotografía, apunta la autora, que lejos de parecerse a las postales turísticas, más bien “es un panorama agotado, vencido” donde “los mismos edificios vigilan, pero no hay nadie a quien vigilar”.

Pero quizás lo más interesante, en relación con las fotos, sean aquellas imágenes alegóricas de la mampara, los reflejos y el vidrio. Constantemente, la narradora alude a esa mirada enjaulada, encasillada dentro del restaurante desde el que escribe e insiste en que lo único que la separa de los objetos es la transparencia del vidrio que divide el local de la como la cámara que separa al fotógrafo del objeto fotografiado, al autor del texto. Detrás de ese vidrio, la ruina. Inserta también una foto de la cafetería Prado Animas tomada, esta vez, desde la calle. Usando un juego de perspectivas, un contrapunteo, la autora interroga con qué lentes observar las ruinas, cómo nombrar esa realidad que se presenta como pasado.  Más aún, las ruinas que nos muestran las fotografías se trasladan a los cuerpos que describe la autora: sus “postales” describen viejos, ruinas y dice “soy también como ellos”. Nos deja claro que la metáfora de la ruina excede la noción moderna de antiguo, viejo, y se planta de cara como un presente dilatado y casi como una categoría ontológica que, por lo tanto, nos obliga a examinar lo concreto con más fuerza.

La multitud también ocupa un lugar central en las fotos (y en la mirada de la autora detrás del vidrio). Se “rescatan” rostros anónimos que ocupan la calle desde gatos, perros, vagabundos, comerciantes hasta niños jugando; quiere encontrar en ellos el “sello” cubano (o el “estilo” como prefiere llamarlo la autora), con lo cual busca darles un giro a las imágenes postales huyendo de la fácil dicotomía entre pobreza y riqueza, pasado y presente, el espacio público y las vidas privadas.

Con Variedades de Galiano, Reina María Rodríguez nos dice que la imagen no es solo un instrumento “realista” para retratar el olvido, sino, especialmente, un instrumento más fluido para recrearlo o reconstruirlo. Por eso, su devoción y fascinación por las fotos (desde la niñez a decir de la autora) radica en su capacidad creativa para sacarla de la monotonía del encierro del mar: “A veces necesitaba hojear revistas de otros lugares con fronteras, con la variedad de esos colores cuadriculados sobre la superficie de la tierra (olivares, viñedos, melocotones) y sentir personalidades diversas como esos tonos” (183). Así, el lenguaje fotográfico parece abrir otras posibilidades temporales y espaciales que perforan la realidad, que alivian, pero también dinamitan el presente.

Además, ante la imposibilidad de la memoria, la imagen se vuelve juego y posibilidad de re-armar ese orden perdido. “Influenciada por W.G.Sebald quiero recuperar cierto orden perdido, pero la carencia de posibilidades de un lenguaje está en la misma carencia de las posibilidades de recordar cómo fue, qué hubo allí, dónde está algo que no puedo ni memorizar ni sentir” (110). Más aun, esa imposibilidad de decir se traduce además en la imposibilidad de ver, al punto de que la composición de las fotos en blanco y negro tienden, como la memoria, a ser oscuras, opacas o borrosas.

Se podría decir que Reina María Rodríguez hábilmente recrea una memoria íntima desde los espacios públicos ruinosos o, visto de otro lado, una historia colectiva desde espacios privados también en ruinas, recovecos de la memoria de quien escribe. “Hemos olvidado y diluido la nostalgia, su perdida definitiva. Vivimos de engaños y reproducciones; de fetiches, de sombras. Como no hay retroceso sentimos el presente con un vago horror que no sabemos tampoco definir. Acaso se piensa, ¿es importante el pasado?” (149).

En suma, se podría decir que tanto el texto como las fotografías de Variedades de Galiano documentan un recorrido personal de quien entiende, o busca entender, su entorno para dejar de verlo como una prisión. El foto-texto funciona, a nuestros ojos, como una galería dinámica, no petrificada, de las ruinas. Es un conjunto que golpea por su mirada y su capacidad de poetizar entre ruinas sin caer en soluciones fáciles, en miradas polarizadas. Es pues una respuesta, un rompecabezas y una propuesta personal que, más allá del ámbito cubano, nos hace repensar el tratamiento de ciertas imágenes, el uso del archivo y las palabras con que damos nombre a la crisis en nuestros propios contextos.

Foto de la autora: André Walliser.

Rodríguez Reina María. Variedades de Galiano. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2008. 226pp. 


Reina María Rodríguez es una de las voces más importantes de la poesía cubana contemporánea. Es autora de los libros  Para un cordero blanco, poemario que le valió el Premio Casa de las Américas en 1984, En la arena de Padua (Premio de la revista Plural, México, 1991 y Premio Nacional de la Critica, 1992), La foto del invernadero (Premio Casa de las Américas, 1998) y lqs novelqs Te daré de comer como a los pájaros (Premio de la crítica, 2001), Tres maneras de tocar un elefante (Premio Italo Calvino, 2004); así como de Variedades de Galeano (Letras Cubanas, 2008).

 

Acerca de Elena Chagó

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