Descolonizar el lenguaje, de Patricia de Souza

Partiendo del ejemplo de la escritora franco-peruana Flora Tristán, Patricia de Souza plantea el problema de una escritura propiamente femenina, examinando las obras de una serie de escritoras y poetas (descarto voluntariamente la palabra “poetisa”, como lo hace también Ana María Gazzolo, que siempre habla de “las poetas”, reivindicando el derecho a la igualdad), y el de género, con el ejemplo de Proust y los textos de Michel Foucault sobre la persona, el cuerpo, el deseo y la locura. El problema fundamental es el de la libertad: libertad de ser lo que una es sin tapujos de ninguna clase, libertad de existir para realizarse plenamente y expresarlo sin temer las represalias de la familia o la sociedad. Ideal imposible de alcanzar, cuando el único estatuto social que se le propone a la mujer es el de casada y madre, enteramente dependiente de su esposo, eterna menor de edad para la ley (hasta bien entrados los años 60, en Francia, la mujer que trabajaba debía tener el permiso de su esposo y no podía disponer sola de su salario firmando cheques). La ley es la Palabra escrita por los hombres, para que se respeten los derechos del hombre (los de la mujer, que proponía Olympia de Gouges en el siglo XVIII, no tuvieron audiencia, nos recuerda Patricia de Souza). Dicho sea de paso, la propia gramática respeta el predominio masculino en nuestro mundo latino, puesto que los adjetivos, que son la calificación, en el caso de aplicarse a un conjunto femenino y un solo elemento masculino, conservan su forma masculina (afirmación que no contradice ningún “mono gramático”).Descolonizar el lenguaje

La mujer, por consiguiente, se encuentra en una situación comparable con la de los pueblos sometidos a una potencia colonizadora. Patricia de Souza propone algunos ejemplos, andinos varios de ellos. El poco reconocimiento de las lenguas y las culturas prehispánicas, y a veces la falta total de él, establece una jerarquía de los pueblos contraria a la noción de Nación. De ahí la necesidad de llevar siempre máscaras (elemento importante del pensamiento de Octavio Paz) doblegándose ante las exigencias del que manda, del que tiene pleno derecho a la palabra y organiza así el mundo. El que posee la palabra, y sabe expresarse, tiene el poder.

Proclamada la Independencia de Cuba, un grupo de escritores de los años 30 (y entre ellos, Alejo Carpentier) afirmó que escribir era nombrar las cosas, darles su nombre primigenio, para expresar la realidad de un pueblo que intentaba organizarse como nación. Este fue el “negrismo”, esfuerzo por romper el “corsé” de las normas de la tradición española, o sea de la colonia, para crear un lenguaje literario que tenga en cuenta la variedad de pueblos y tradiciones presentes en la isla, “lo otro” que también existe y como tal, tiene derecho a manifestarse integrando su lenguaje en el de la nueva nación y de la imagen que de él da de ésta. La reivindicación de Patricia de Souza, tener en cuenta el género y que éste descolonice el lenguaje, lenguaje literario se entiende según los ejemplos presentados en su ensayo, es bastante parecida a aquel movimiento cubano.

Como parte del pueblo cubano no estaba plenamente integrado en la nación, aunque residía y trabajaba desde generaciones atrás en la isla (recordemos que se prohibía el acceso de los negros a varias partes de la capital, por ejemplo, antes de la Revolución), Flora se da cuenta del rechazo de su familia paterna que le niega el estatuto de hija legítima. Y estando en Arequipa, observa las condiciones de vida reservadas a las mujeres, aunque sean hijas o esposas legítimas. “No hay relación amorosa, hay intercambios de lenguaje”, afirma Lacan, citado en el capítulo dedicado a Proust. Esta frase se puede aplicar acertadamente al caso de Flora. Tratándose de temas que se refieren a la vida y a los problemas nacionales, lo de Cangallo por ejemplo, las observaciones y el sentido común de Flora la hacen aconsejar sabiamente a su tío para evitar el saqueo de la hacienda de la familia. Y como oficialmente hablan y actúan los hombres de la casa, mientras los intercambios internos de la hacienda no se difundan, Flora es medio aceptada. Pero cuando publica sus Peregrinaciones de una paria denunciando el rechazo de su legitimidad, la cantidad de dinero a cambio de su exclusión de la familia (Flora es una trabajadora, obrera en un taller que posee su marido en un barrio popular, y su madre vive casi en la miseria, y para colmo, Flora se está convirtiendo en una agitadora social que reivindica el derecho a la salud, a la educación y a una jubilación para los trabajadores ancianos, que denuncia la condición femenina en las ciudades industriales de Inglaterra), queman su efigie en la Plaza de Armas de Arequipa. Flora se ha atrevido a romper con la autoridad del padre, o de su substituto, a enfrentarse a la dominación masculina criticándola y desobedeciendo, y además, lo proclama como “paria” –y Patricia de Souza nos recuerda que así nombraba Madame de Staël a las mujeres que cultivaban las letras. Se deduce que la mujer no tiene derecho a la expresión literaria de un desacuerdo con el orden social: es lo que se nota obviamente en los ejemplos propuestos en Descolonizar el lenguaje. Se acepta que escriba poemas inofensivos sobre el amor idealizado, pero no que reivindique un lugar en la sociedad, lo cual se considera como “un complot”. “Escribir es enteramente político”, dice Quignard, citado en el primer capítulo del ensayo. Además de las escritoras y poetas convocadas en él, Patricia de Souza se refiere a Simone Weil que se atrevió a reivindicar un derecho femenino esencial: elegir lo que desea en su vida, tener o no hijos, sin temer el castigo social y legal.

Toda autobiografía femenina, más aún que la masculina, es una autoconstrucción. Bien necesaria ésta en el caso de la propia autora, cuyo cuerpo sufrió parálisis de origen desconocido, probablemente somático, a base de problemas de identidad y de lugar: un sentimiento de pertenecer a varias culturas, una de las cuales no reconocida oficialmente, siendo echada, rechazada, por la reconocida. Un paralelo se establece naturalmente entre su situación psicológica y la de Flora Tristán, y no parece ya tan extraño que Patricia haya traducido al español el conjunto de textos de La unión obrera. Si, como lo afirma, solo la manera de utilizar el idioma identifica a la mujer (y por cierto, si se le pregunta a un hombre y a una mujer a qué corresponde la palabra “mesa”, las respuestas serán bastante distintas…) en la literatura y en la vida, si todo intento de diálogo revierte en un monólogo en un local vacío, queda la posibilidad de “robar el fuego de los dioses”, es decir invertir dentro del lenguaje acaparado por la autoridad todo lo que, al fin y al cabo, le falta para representar de verdad a la humanidad entera.

De Souza, Patricia. Descolonizar el lenguaje. Chile: Los libros de la mujer rota, 2016. 124 p.


Patricia de Souza (Perú, 1964) es escritora, ensayista y traductora. Ha publicado once libros entre novelas y ensayos, entre ellos: El último cuerpo de Úrsula (2000), Electra en la ciudad (2006), Vergüenza (2014) y Descolonizar el lenguaje (2016). Ha colaborado en diversas obras colectivas y sus textos han sido traducidos en varios idiomas. Escribe el blog Palincestos.

Acerca de Marie-Madeleine Gladieu

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