La segunda muerte de Ana Karenina, de Ana Cristina Silva

La segunda muerte de Ana Karenina, de Ana Cristina Silva

La simulación de lo sublime en un juego de dobles lecturas

El foco de mayor interés en esta novela, es que muestra una narrativa en capas a través de diversas representaciones y registros. Lisboa será el gran escenario para una sociedad que teatraliza por partida doble sus pasiones cotidianas y sus conflictos históricos. La capital, ciudad que aun alberga la arquitectura física y social de teatros con nombre propios, como D. María o D. Joao, o Ana Pereira, aún continúan activos, configurando para la eternidad la gran tradición tragicómica portuguesa. Porque “el arte consuela de muchas cosas”. Será así mismo el marco para aproximarse a la actuación como ejercicio fundamental del fingimiento en este drama histórico. Desde la enunciación del título, como un artificio que pretende introducir al lector en un universo donde se entrega la llave que invita a desmantelar meticulosamente diferentes niveles del Juego actoral, con aguda interpretación. Como un acertijo, «segunda muerte», y «Ana Karenina», la autora anuncia dos imposibilidades retóricas, construyendo un retrato de Portugal que se apropia de otras literaturas ante su eminente necesidad de reflejos culturales paradigmáticos

Violante personifica los sentimientos auténticos de una actriz con un pasado rural y simple, que intenta dar muerte por segunda vez a Ana Karenina, o a lo que los alemanes llaman “echte Leidenschaft” o sufrimiento genuino, en una obra que nunca llega a escribir.

Si bien es cierto Karenin y Ana (la que le pertenece a Karenin), son  personajes convertidos en atributos universales, sus particularidades  se han hecho cargo de sacar a luz, durante los últimos 100 años, el resquebrajamiento de las antiguas élites, no sólo las rusas, sino de cualquier jerarquía social donde la pasión se contrapone a la razón, la inocencia, a las elucubraciones más elaboradas y la pureza de sentimientos, al vaivén de intereses creados por  la política imperante; esta dramaturgia rusa en Tolstoi hizo tambalear los rezagos del patriarcado aristócrata y militar, develando las “Otredades” invisibles, de manera drástica. Karenina no sólo es la voz revolucionaria, de quien ya no quiere pertenecer a su destino infligido, sino de esa parte de la humanidad que prefiere morir antes de tener el amo equivocado, tiñendo así la educación sentimental a lo largo y ancho de Europa, y también de los países que fueron asumidos bajo las cúpulas del cristianismo. Portugal, aunque parece continuar en una ambigua negación con el otro extremo de la masa continental, nunca ha estado aislada de Eurasia, ni de su quehacer moral, sus guerras, genocidios y esperanza. La unidad de todo el continente es un hecho estratégico y necesario que entrelaza aspectos multilaterales entre territorios divididos más por la diversidad idiomática que por un interés común. La escritora va a utilizar a Ana Karenina, como un signo álgido en tiempos de guerra para resituar estructuralmente un país que, por su tamaño, historia, y poco protagonismo, recicla los símbolos subyacentes de otros imperios, para explicar aspectos comunes: el afecto no siempre va a la par con la legalidad y la patria es una extraña construcción de Poderes, defendidos en guerras absurdas, justamente por los que no lo tienen. El amor necesita sublimarse a través de representaciones, porque las economías burguesas casi siempre estarán en contra o indiferentes a los fuegos amorosos, maquillando sus verdaderos objetivos.

La autora confunde adrede la función del teatro con la vida, en un psicoanálisis transcendental de un momento histórico en Portugal. Retrata la necesidad de la sociedad lisboeta en representarse a través de figuras histriónicas, procurando resolver sus propios conflictos para sobrevivir las dificultades desde una distancia de espectador o lector. Obra teatral y carta serán los géneros que permitan a los caracteres involucrados en esta novela exorcizar sus problemas, para continuar interrelacionándose, no solo consigo mismos y sus decisiones, sino con la difícil coyuntura que les toca asumir.

Una gran curiosidad es si la segunda muerte de Karenina, a la incapacidad de Violante de confesar su frustración por la frialdad de Luis Henrique o si se refiere al personaje de Rodrigo, su hijo, como el gran amante que se entrega en cuerpo y alma a su verdad y a su amor fou con Eduardo. O si es Portugal representado en todas las voces de los personajes subordinados quien apremia una muerte como actor secundario u objeto manipulado por el poder, que prefiere la muerte en la guerra, en la correspondencia o el escenario, pero no seguir siendo el que carece de capacidad de expresión de su más profundo deseo: SER.

Me he detenido en el título, porque no me parece casual o fácil que esté conjugada la obra de Tolstoi en este drama libertario. Nos encamina sugerente hacia un umbral, aún más complicado: nos vamos a encontrar ante una bien tejida narrativa que usa, la correspondencia de cartas amorosas, los monólogos interiores y el tinte confesional e intimista, en un despliegue de apasionamientos saltando sobre cualquier convención, para construir un paisaje fidedigno del momento histórico acercando al lector al papel que jugará Portugal en la primera guerra mundial, quizás los mismos portugueses han mantenido ese tinte de opacidad y reflejos secretos, conservando relaciones truculentas escondidas bajo apariencias éticas y morales que no se pueden sostener en su frágil falsedad. Y ese misterio se volvió una marca registrada de su interesante cultura.

En la madrugada de 9 de abril de 1918, cerca de 100 mil alemanes y más de cien mil piezas de artillería, avanzaron sobre el terreno donde estaban los portugueses, quienes apenas alcanzaba a sumar 20 mil soldados.

Las fuerzas portuguesas fueron destruidas en la Batalla de Lys en 1918, aún quedan muchas preguntas abiertas sobre esa catástrofe donde se asumió que el ejército luso no supo portarse con la gallardía adecuada. Sin embargo, esos soldados dieron su vida y su honor. Portugal decidió participar, sabiendo que podía ser masacrado, por ponerse del lado de los ingleses, a pesar de que ellos no tenían ningún asunto directo que enfrentar ni con Francia, ni con Alemania. Se dice que Portugal tuvo tantas bajas porque Inglaterra no supo apoyarlos adecuadamente como prometieron.

Es aquí donde empieza la primera representación de Portugal como si fuera un país con intereses bélicos y ofensivos, cuando en realidad era una tierra pobre que apenas se recuperaba de la perdida de sus colonias africanas y americanas, sus élites intentaban mantener cohesionada la sociedad con estrategias familiares, religiosas y sentimentales. El lugar de Portugal en Europa estaba subordinado a las jerarquías donde Inglaterra, Francia y Alemania tenían la sartén por el mango y esa adecuación casi obligada bajo los más fuertes, empujaba a tomar decisiones que no le favorecían.

En un escenario de pérdidas, de militares ambiciosos, de una burguesía hipócrita pero apasionada. Siempre se suicidará el desesperado y carente de otras estrategias. Ana Cristina Silva crea esta pieza, con Violante como protagonista, una mujer- actriz con mucha más disposición y coraje que Ana Karenina, se crea un enredo como se dice en portugués, donde las cartas clandestinas van a develar un amor fou, y un suicidio casi programado, pero no es Violante la actriz , la que por su género podría equipararse a Ana Karenina, sino  es la fragilidad misma como personaje. Esa vulnerabilidad es también personificada por Rodrigo, el soldado que muere en la batalla de Flandres, hijo biológico de Violante, pero dado en adopción desde que era un bebé, Rodrigo se arriesga a confesar su amor desesperado por correspondencia, inútil y fervoroso a Eduardo. Me pregunto si es  además la frágil patria Portuguesa, la que muere por segunda vez, al seguir siendo la amante de las grandes naciones, la que  sostiene el fuego de la religión y  la casa europea, desfalleciendo en su propia impotencia en paralelo a las rimbombantes emociones de la gran novela rusa que se instala como una de las mejores del siglo 20 por tres aspectos, la mirada  intensa de sexualidad  estancada y opacada de los personajes por las tremendas jerarquías de la burguesía y el poderío militar, la fragilidad de las instituciones familiares y los lazos de sangre… pero sobre todo la necesaria teatralidad como canal de ventilación  para exorcizar y conseguir una urgente catarsis.

Silva, Ana Cristina. La segunda muerte de Ana Karenina. Animal de invierno, 2022.


Ana Cristina Silva (Lisboa, 1964) es autora de quince novelas y un libro de cuentos. Ha merecido el Premio Literario Fernando Namora 2017 por la novela A Noite Não é Eterna, así como el Premio Literário Urbano Tavares Rodrigues por la novela O Rei do Monte Brasil (2012).

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