Famulus, de Romina Paredes

Famulus, de Romina Paredes

Famulus, de Romina Paredes

El título, Famulus, y el epígrafe, Di toda la verdad, pero cuéntala desde tu visión del mundo,  ilustran en buena cuenta el tema del primer libro publicado de Romina Paredes (Lima, 1987): siete cuentos breves que exploran la relación entre la familia y la etimología del vocablo, que, según se dice en el cuento titulado “Hogar”, “viene del latín famulus, que significa esclavo”. En el imaginario peruano, la familia es una institución casi sagrada, lugar de unión, amor y calidez. La autora se centra en el envés oscuro de este discurso. Sus relatos echan luces sobre la subjetividad ahogada en las expectativas que el clan familiar puede imponer sobre un individuo. No es casual que uno de los elementos recurrentes sea el agua: piscinas de competencia, el mar o una tina de baño, que aparecen como lugares de sufrimiento físico y emocional.

 “Exhala”, el primer cuento, tiene como protagonista a una adolescente sin nombre. Tras una experiencia traumática, su vida se hunde en las piscinas en las que, gracias a la obsesión de su madre, entrena y compite. Aparece la imagen del mar como la vida inexplorada y deseada, y la de la piscina como lugar de la represión materna y el consecuente hartazgo. Este motivo vuelve a aparecer en “V.”, centrado en el mundo de las competencias de natación, pero esta vez desde el punto de vista de una madre que, poco a poco, va perdiendo a su hija.

Los relatos “Rata” y “Basura” se alejan del simbolismo acuático y nos traen la mirada de un niño y una niña sometidos a un entorno familiar machista y violento. Los nombres de estos cuentos y las imágenes que proponen dibujan un paisaje urbano hostil cargado de suciedad, gallinazos y gritos. “Basura”, con el recuento casi periodístico de feminicidios que tuvieron lugar en Lima en la década de 1990, evoca el retrato que hace Bolaño de la ciudad de Santa Teresa en 2666, en la que las violaciones y asesinatos a mujeres son la cotidianidad. Sin embargo, la fuerza del cuento no reside en la voz impersonal del reporte, sino en la experiencia de ruptura de la niña protagonista, que descubre que, sin importar qué haga, ella misma puede volverse, de pronto y sin razón, una víctima más. Eso se refleja con claridad cuando dice: “Abuela, así me coma toda mi comida y así rece todos los rosarios, los hombres de la basura igual me van a llevar”.

“Palabras” rompe ligeramente con las atmósferas descarnadas del resto de cuentos y, desde la voz de una mujer joven a cargo de la pequeña hija de una amiga, ilustra el miedo a infligir daño o, en otras palabras, el miedo a la maternidad, pues la moraleja de este relato es que ser madre y no ocasionar dolor son dos realidades excluyentes. Tras un pequeño descuido a la hora del baño, la bebé se lastima, y surge así un vínculo entre ella y la protagonista. Este se refleja en la última oración: “La bebé me abraza la pantorrilla y me dice ‘mamá’”. La imagen de la pequeña aferrándose a quien, aunque sin querer, le ha ocasionado una herida, nos devuelve al tema central de Famulus: no hay familia sin dolor. 

El único personaje de Famulus que decide cortar con su pasado familiar y emprender rumbo aparece en “Hogar”, que cuenta la historia del regreso y la huida de un hombre joven a su casa materna, cuya precariedad —material y simbólica— nota y narra el protagonista, a la par de la aparente ignorancia del resto de la familia: una lámpara cae sobre la mesa y nadie parece darse cuenta, una grieta se abre en el piso mientras que el papá y el hermano insisten en que “todo está muy bien”. El protagonista se asombra de la dinámica de cambio y permanencia que ha corroído su casa y su familia, y decide partir: “Respiro hondo. Mis ojos están fijos en el azul del cielo; no en el campo, no en el camino, ni en la casa. Me alejo, con el sol de la tarde abrigando mis manos, ignorando el estruendo y la enorme polvareda detrás de mí.” 

Después del dar cuenta de las distintas formas en las que la familia hiere y somete, “Kintsugi”, el último cuento, se abre a la tarea de sanar, y aporta así una luz que funciona muy bien como cierre. Si el protagonista de Hogar huye sin mirar atrás, la de “Kintsugi apela a hacer una genealogía del propio dolor desde el de la madre y el de la abuela, para poder construir para sí una narrativa en la que pueda reconocerse. Ella mira atrás, hacia las historias de las mujeres que la criaron, vividas en un contexto social machista, racista y clasista. Esto está perfectamente contenido en la bella imagen que trazan las dos últimas oraciones del relato y del libro, referidas a una vasija rota en una violenta pelea de la madre con el padre, luego reparada por la abuela: “Tomó las manos de mi madre y las mías, y las puso sobre la vasija. Las tres acariciamos las rajaduras, siguiendo su trazo hacia un mismo punto de partida.” Si en los cuentos anteriores Paredes nos ha sumergido en el pantanoso estanque de las disfunciones familiares, con “Kintsugi”, sin sacarnos del agua, nos ofrece una bocanada de aire. 

Todos los relatos apelan a la voz en primera persona, y a una prosa sencilla e íntima, a ratos poética.  Logran así un retrato cercano de la experiencia de la formación de identidad individual en el seno de dinámicas familiares opresivas. Algunos de los personajes quedan involuntariamente atrapados en ellas, otros escapan y otros asumen conscientemente la tarea de reparar las rupturas.

Paredes, Romina. Famulus. Editorial Pesopluma, 2020.


Romina Paredes (Lima, 1987) es traductora e intérprete, máster en Traducción Audiovisual y especialista en traducciones sobre equidad de género. Famulus es su primer libro.

Acerca de Soledad Sevilla

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