La lluvia amarilla, de Julio Llamazares

La lluvia amarilla, de Julio Llamazares

La lluvia amarilla, de Julio Llamazares

(Sinestesia entre color y locura en la ciudad de Ainelle, Aragón- España)

En un catálogo antiguo editado por Teatro Valle Inclán de Madrid, encontré un texto sobre las obras de teatro de Maeterlinck, un autor que siempre me ha fascinado por esa forma de manejar el color en la naturaleza. Fue gracias a él que conocí y traté de profundizar en la palabra sinestesia.

De ese catálogo, saqué un párrafo que copio a continuación, porque me ayuda a explicar lo que he venido tratando de entrelazar entre la conmoción estética que me ha provocado Julio Llamazares, con “la lluvia amarilla”, pequeña novela que admiro por su belleza, su esplendor, por todo lo que convoca y transmite: muerte, abismo, amor, lealtad. En Llamazares, el color es utilizado como un símbolo importante para combinar naturaleza, sentimientos, genuflexiones, desde el texto:

 En el teatro simbolista ningún objeto es decorativo; está para subrayar un efecto o para representar lo que no se ve.

Los cambios de luz, de color, los sonidos en el escenario tienen poder de evocación.

Pretende representar emociones o ideas a través de símbolos.

El simbolismo y más tarde el Modernismo utilizaron la sinestesia como figura retórica

fundamental. La sinestesia asocia estímulos sensoriales con emociones o sentimientos. Poetas como Rubén Darío o Juan Ramón Jiménez la usaron con mucha frecuencia. Dulces azules, verde chillón, serían ejemplos de la denominada sinestesia de primer grado porque une impresiones de dos sentidos corporales”.

Esta explicación debería bastar para entender porque Julio Llamazares logra, con esta pequeña novela, construir un universo poético a través del color amarillo, edificando una simbología en el lector y, a través de la lectura, lo convierte en cómplice de esa locura a través de todos los objetos de un pueblo aragonés abandonado, sus últimos habitantes, sus sentimientos y sus dislocaciones más profundas. Por qué el amarillo, color del oro, vital para Goethe, bien usado para el esplendor por  muchos poetas, se convierte en cómplice en un arma letal que asiste a Llamazares para extraer la piedra de la locura de todo un conjunto generacional de variables: un hombre que describe la trasmutación de los objetos en verbo, habitantes de pueblos que empiezan a morir, economías en destrucción, abandono de hogar, suicidio, desidia, olvido, lazos de sangre, vendettas domésticas y sobre todo  la conciencia de que  no es el sol ni  la frescura  de la alegría lo que hace llover amarillo, sino exactamente el abismo.

 

Esta reflexión lleva a recordar cómo Eguren, el simbolista por excelencia del Perú, utiliza el color, pero en una composición vital y reivindicativa, sin ninguna grieta que permita que la muerte gane sus combates en la aurora. Aunque, para Eguren, también los reyes “colorados” se entregan a la batalla, la noche y sus sombras, gana su animus vivendi, no permite que el color se apodere de  la emoción. En la poesía de Eguren hay un equilibrio distinto que está al servicio de sí mismo. Es un instrumento y deja que respiremos profundamente la victoria sobre el negro y nos permite abandonarnos al lúdico sosiego.

Julio Llamazares, al contrario, usa el color del astro más trascendente para destruirnos, para llevarnos a la desesperanza total. Es íntimo y es social, es humano y es animal, es objeto y es naturaleza. Es la realidad de los pueblos que se olvidan en el horizonte, donde sus fantasmas tienen sus propias reglas y sus propias formas de cavar sus tumbas, saben llevar consigo sus propios instrumentos de muerte y derrota. Y sin embargo cada paso hacia la fosa es un aliento insoslayable de belleza auténtica, una declaración de amor al terruño, al lazo filial que Confucio consideraba preponderante para el desarrollo espiritual de la materia humana.

Es un libro que ha sido reeditado muchas veces desde su primera publicación en 1988, así que lo conseguirán fácilmente, está traducido al inglés y al portugués, espero que a otros idiomas también, indispensable en este tiempo de reflexión sobre nuestro paso por el mundo, en que podemos ver cuánto está en nuestras manos imperfectas y cuánto en las manos del destino.

Sin embargo, no tendrán otra elección. Cuando vengan a Ainelle, será para encontrarme. Cuando lleguen ahí, enfrente de esta casa, ni siquiera contarán con la ayuda de una noche que avanzará en contra de ellos mientras (…)”

“Si. Seguramente, me encontrarán así vestido todavía y mirándoles de frente, casi del mismo modo que yo encontré a Sabina entre la maquinaria abandonada del Molino. Solo que yo aquel día no tuve otros testigos de mi hallazgo que la perra y el sonido acerado de la niebla al romperse contra los árboles del río…”

Sinestesia entre los extremos de la desgracia y un color vital. Lluvia amarilla. Ninguna reflexión sobre Asia, un enjambre étnico o las rosas amarillas de Aragón. Es una invocación al infinito antes del último destierro.

Llamazares, Julio. La lluvia amarilla. Seix barral,


Julio Llamazares (Vegamián, 1955) es una de las grandes figuras de la literatura española actual. Ha publicado los libros de poemas La lentitud de los bueyes (1979) y Memoria de la nieve (1982). También es autor de las novelas Luna de lobos (Seix Barral, 1985), La lluvia amarilla (Seix Barral, 1988) y Escenas de cine mudo (Seix Barral, 1993).

Acerca de Julia Wong 

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