Abro el miedo, de Teresa Orbegoso

Abro el miedo, de Teresa Orbegoso

Abro el miedo, un poderoso manantial

Abro el miedo de Teresa Orbegoso,  publicado bellamente por Hanan Harawi, está dividido  en cuatro partes: cirugía, herida, sutura y cicatriz; comprende además la bella introducción de la poeta Raquel Jaduszliwer y el notable epílogo de la poeta Natalia Rojas.

El yo poético mujer abre  el cuerpo textual como se despliega un cuerpo que supura, duele, estruja  las entrañas porque alude a una gran batalla en el propio cuerpo y territorios poderosamente carcomidos, despojados por una presencia omnipresente  en el tiempo y el espacio.  

Este acto inaugural titulado Cirugía implica operar, explorar, escudriñar, oír, sentir, oler, develar finamente, arrancar, cortar a fin de intentar  contribuir a una urgente y radical transformación:

Escucha todo lo que suena en tu cáncer. ¿Alguien podrá oírlo contigo? 

Verso que nos interpela e involucra, nos hace partícipes del corte y de lo que aflora, de la incertidumbre que fluye a través del lenguaje textual, corporal y territorial entre la vida y la muerte. El epígrafe y la intertextualidad con Alfabeto y Esso, obras de la gran escritora danesa  Inger Christensen, aclara el horizonte poético. Dialoga con ella, sobrela paradoja humana de vivir y destruir:

…las glaciaciones existen, las glaciaciones existen,

el hielo del océano Ártico y el hielo del martín pescador; las cigarras existen; chicoria, cromo

y el iris amarillo-cromo, el azul; el oxígeno sobre todo; existen también los témpanos del océano Ártico, el oso polar existe, marcado como una piel con número de identidad existe, condenado a su vida; y la zambullida mínima del martín pescador en los arroyos (Inger Christesen)

De manera semejante, en Abro el miedo, el yo actante, en un acto ilocutivo, nos interpela, nos insta a no ocultar ni huir sino a ver y sentir los esplendores y miserias construidas por nuestra especie, con el objeto de sacarnos del marasmo, actuar y contribuir a su transformación. Avizora  posibilidades contradictorias, por un lado un horizonte de lucha optimista  y por el otro el acecho omnipresente de algo semejante a una bomba atómica que destruye mucho más de lo que sentimos y pensamos,  porque lo que distingue a la especie humana yace en la ambigüedad de su creación, ya que al mismo tiempo que da vida  mata,  en una lucha constante que produce un vacío interior, un vaciado del cuerpo, un despojo efectuado por los propios humanos a sus prójimos y las especies no humanas.

Su referente es un yo autobiográfico, un cuerpo mujer, Teresa, pero que puede ser cualquiera de nosotras, sus interlocutores son en primer lugar Inger:

Algo. Algo es. Un pezón estrujado. Inger, algo avanza por mi pecho hasta casi llegar al hueso. Se aferra a algo y algo y algo. No puede detenerse, como los sonámbulos. Se aferra a lo que encuentra. Se aferra más.

()

Hay una guerra. Las células buenas pierden.

Un ser omnipresente, poderoso, coloniza, carcome, todo lo abarca porque todo lo puede, puede dar grandes dosis de goce, de felicidad engañosa y matar, matar por su inconmensurable avaricia: «Inger, el cáncer ha llegado a la Tierra. Está dentro de la Tierra. Ha entregado su voz al enfermo.» Como podemos apreciar, el otro referente es el planeta que habitamos, nuestra única casa.

La enunciarte actante abre el miedo que compartimos todas, todos y todes con el fin de encontrar «nuevas palabras» que conduzcan al recuerdo de la infancia y a escribir la historia propia, la memoria de los pueblos, de lo menos contaminado a fin de conseguir la paz interior y rearmarse de coraje para afrontar la peste, la violencia, el genocidio y la injusticia de la colonialidad:

Una única Teresa entre los juguetes viejos de la única niña

de la única ciudad sobreviviente de la última guerra.

Y a la historia propia, sin colonialismos  

¿Quiero seguir en este mundo? Ensalivada está mi boca.

Un torito de Pucará me protege. Mi vida como la suciedad que no puedo limpiar.

El cáncer de la civilización de la barbarie  amputa los cuerpos y territorios hasta convertirlos en desechos. Mas, entre los resquicios de la podredumbre emerge un yo poiesis que propone la  urgencia vital de agrietar y romper con esa civilización de la barbarie globalizada por Occidente e impulsa a levantarse en diálogo solidario con el prójimo y sin dejarse avasallar:

Mi cáncer dice:
Busca entre la canasta de los huevos de la gallina y escucha este mensaje: levántate de esa cama, esa jaula de tela. Mira a los ojos a tu esposo, el que sigue contigo y deja que todas las cosas buenas que están dentro de ti pasen a sus ojos. Dile al oído: yo soy tu familia. Deja de tener miedo pena angustia. Cree: hay suficiente. Ten por primera vez en tu vida: paz. Escucha lo que existe.

El ojo abierto descubre, dolorosa y felizmente, en la honda herida un cúmulo de situaciones y mundos olvidados, porque resígaro existe, los pueblos de América y sus constantes genocidios existen, el yo individual testimoniante y colectivo existen y  tumbarán al «cáncer de la necesidad«, al cáncer del hambre, de la angustia, del cansancio y la fatiga, de la soledad y la incertidumbre

Ante la inmundicia y el hedor, ella y nosotras corremos el riesgo de desistir, de abandonar, de huir, pero también de afrontar y combatir:

Se mezclan las vidas y las cosas del mundo debajo del mar y se vuelve una amalgama de fragmentos de mi memoria. Flotan. Se hunden. Y avanzan. Unas sobre otras. De manera caótica. Encallan en mi cuerpo. Lo toman y lo trasforman, un laberinto

La herida supura  estudiantes asesinados, guerra y genocidios en toda nuestra América. Pero también «existen la marinera y las prosas apátridas  existe toda la prole de Francisco Pizarro la piedra absoluta de Martín Adán y la mesa donde escribo».
Una vez escrutada la herida, el yo poético emprende la sutura,  bajo el esplendor de los pueblos negados de América, porque: el aymara existe; y la flor de papa, /la flor de papa/ y el quechua existen;

El ser omnipresente, el cáncer que yace en su cuerpo y en la Tierra, en segunda persona, sabe que pisa un terreno de lucha, que no claudicará:

Mi cáncer dice:

() Juegas con tu sinceridad como si fuese una muñeca y con tu desastre como si fuese una cometa. La poesía curará tu cuerpo y el de tu padre. Se lavarán las culpas.

Entonces la cura existe. La poesía cura, el corazón/ternura del prójimo cura, la sabiduría de nuestras abuelas cura:

Mi cáncer dice:

tu memoria es hundimiento sin unidad ni coherencia. Por ello, un corazón recurre a otro corazón para curarse.

La cura existe, la cura existe
el bordado diminuto sobre el yute de mi abuela Todo tan limpio como era en el principio (72)

La posibilidad de recuperar la salud perdida mediante la solidaridad y el afecto del prójimo permite que los sueños no se pierdan y se hagan realidad emancipada, la palabra poética emprende vuelo como un ave libre: «abro un agujero en mis células inmortales. Dibujo en su comienzo, garabateo en su final. Retuerzo el papel en el que escribo sus nombres, las convierto en aviones, en palomas.» (73)

Porque la poesía es uno de los pocos espacios  aún de libertad. Mas, el ser omnipresente insiste, en segunda persona da testimonio de las imágenes que negaron y afrontaron su presencia, pero la sutura implica seguir un camino libre sorteando la muerte:

Mi cáncer dice:
me hiciste como si yo fuera un poema. Tu lloro. Y entre lágrimas preguntabas: ¿quién podrá sanarme? Y yo vine a ti y no me viste y me fui y no me entendiste. Me volví entonces el silbo de alacranes azulados que con su canto intentaban repararte. Al final nos vimos a la cara y ya no reconocías a nadie. No sabías si eras digna de amor o de odio. Mas yo si te recordaba y por eso te abracé, te entregué un libro, te di escaleras, pero tú me empujaste y me pateaste y como una niña malcriada seguiste tu camino. (79)

La cicatriz

Las señales que quedan una vez suturado el cuerpo, es decir, la cicatriz dan cuenta de los seres que la habitan, de la sujeción de las instituciones tales como la familia, el colegio, la universidad, la cárcel; pero también la familia como fortaleza, como cuerpo solidario en lucha, como motor y cuidado bajo el  amparo del lenguaje poético

Renace, entonces  la voluntad que se quiebra y muere tantas veces, porque “() detrás de ……….la voluntad” el brío de la enunciante reaparece  poderosamente cálido, henchido de ternura, tan poderosa como un manantial.

Orbegoso, Teresa. Abro el miedo. Hanan harawi, 2018.


Teresa Orbegoso es poeta, periodista e investigadora. Además de Abro el miedo, ha publicado ha publicado los poemarios Yana wayra (2011), Mestiza (2012), La mujer de la bestia (2014), Yuyachkani junto a la artista Zenaida Cajahuaringa (2015) y Perú (2016).

Acerca de Carolina Ortiz Fernández

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