Entrevista a la escritora argentina Laura Alcoba

Entrevista a la escritora argentina Laura Alcoba

“El hecho de escribir me volvió a conectar muy profundamente con la Argentina”

Laura Alcoba es escritora, traductora y docente. Llegó a Francia a la edad de 10 años y desde entonces radica en dicho país. Actualmente se desempeña como profesora de literatura española en la Universidad París Nanterre. Tradujo al francés a diversos autores entre los cuales figuran Yván Thays, Yuri Herrera y Selva Almada. Es autora de cinco novelas, todas traducidas al español por Edhasa, entre las cuales resalta una trilogía de corte autobiográfico. En su primera novela, La casa de los conejos, Laura Alcoba narraba la historia de una niña, ella misma, en los comienzos de la dictadura argentina. Viviendo en una casa de La Plata donde se imprimía el periódico Evita Montonera, y con su padre en la cárcel. Unos años después publicó El azul de las abejas, donde esa misma niña reencuentra a su madre en Francia, y comienza una nueva vida, en una nueva lengua. La danza de la araña es el eslabón final de la trilogía. La niña ya mira de cerca la adolescencia y quizás más que nunca está entre dos mundos: el que está construyendo junto a su madre en otro país, con las incertidumbres, los súbitos deseos y los temores de la edad; el de su primera infancia, presente en recuerdos cada vez más lejanos, en los relatos que circulan en su departamento en las afueras de París y en las cartas que cruza con su padre, todavía encarcelado en la Argentina.

¿Cómo nace la idea de estas tres novelas? ¿Desde el principio como una trilogía o fue armándose poco a poco?

Fue algo inconsciente que surgió en el momento del nacimiento de mi hija. Sentí una necesidad muy fuerte física y psicológica a la vez de reencontrar una experiencia fundamental, la de la infancia en la clandestinidad durante la dictadura militar argentina (1976-1983). Se trataba de una historia familiar no formulada, de cierta manera tabú. Esa urgencia, que sentí en el 2003, me hizo volver a la casa donde había vivido en 1976, cuando tenía unos siete u ocho años y que es el lugar donde se sitúa mi primera novela. Esas sensaciones físicas, combinadas con imágenes mentales originaron la escritura de Manèges. Petite histoire argentine (La casa de los conejos).

La casa de los conejosAl principio, la escritura se componía de dos voces, una adulta y otra infantil. Esta última, más potente y necesaria se impuso finalmente. Le bleu des abeilles (El azul de las abejas) surgió como una necesidad de continuar con la voz infantil pero esta vez de este lado del Atlántico. Fue como volver a andar el camino para salir del silencio, gracias al idioma que libera. Cuando se publicó el libro, hice varias presentaciones. En una de ellas, en un colegio de Reims, tomé consciencia, gracias a las preguntas de los adolescentes, que no había acabado de escribir esa historia. Me sentí culpable de haber dejado al padre de la narradora en la cárcel. Nuevamente surgió un sentimiento de urgencia que me llevó a dejar de lado lo que estaba escribiendo en ese momento para ponerme a escribir lo que sería La danse de l’araignée (La danza de la araña).

¿Cuáles son sus influencias literarias durante la escritura de su trilogía?

Principalmente obras que tienen que ver con el momento histórico y otras que proceden de otros lugares como La porta dell’acqua de Rosetta Loy. Pero en el momento de escribir me centré en mi memoria personal y física. Sentía que la casa me hablaba y debía escuchar esas emociones y sensaciones.

Sin embargo tuve una influencia formal cuando escribí Manèges (La casa de los conejos). En esa época dictaba una clase de literatura picaresca en la universidad y el libro que me impactó fue el Lazarillo de Tormes. Digo que tuvo una influencia formal porque esta obra es una carta y de alguna manera Manèges que empieza con la frase “Tu dois te demander Diana” (“Te preguntarás Diana”), también lo es. Se trata de una carta de punta a punta, como el Lazarillo.

De alguna manera La casa de los conejos es una interrogación sobre la maternidad. ¿Cómo una mujer joven, con ideales revolucionarios y de justicia social, tiene que asumir la responsabilidad de una niña y la violencia del régimen militar? 

Mi propia maternidad generó una serie de preguntas, en particular en lo que respecta a la relación con la madre. Concretamente de estar en una situación de peligro y con miedo de formular esas preguntas. En primer lugar estaba la incomprensión acerca de criar niños en la clandestinidad. Mi madre sigue sin asumir esa parte de su vida y por eso es tabú en nuestra familia. Para ella es doloroso evocar ese periodo. No tiene una respuesta de cómo fue su papel de madre. Hay una gran dificultad para ella. 

Por mi parte, no sabía cómo iba a reaccionar ella, si bien la veo mucho. Mientras escribía le oculté a mi madre lo que estaba haciendo. Pero no podía pasar a la etapa de la publicación sin hablarlo antes con ella. No quería que pensase que había escrito ese libro contra ella, a modo de reproche. No podía escribir el libro ocultándoselo a mi madre. No era contra ella. Temía más bien hacerle daño, torturarla. Y cuando lo envié a la editorial Gallimard, en ese momento pensé que no podía seguir sin decírselo a mi madre. Le dije: “Quisiera que lo leyeses porque hablo un poco de vos”. Lo leyó en una tarde y lloró al final de la lectura. Se sorprendió de que me acordara de todos esos detalles de nuestro pasado pero me alivió el que dijera que le hacía bien esa lectura.

La relación con el padre está más desarrollada en El azul de las abejas y La danza de la araña. Se siente una ternura muy grande aunque una tristeza también. ¿Cómo explicar la diferencia de tratamiento del padre y de la madre?

Deriva de una paradoja: el padre está en la cárcel. La niña y su padre comunican por carta, pero se trata de una correspondencia bajo control, violada por la administración penitenciaria. Hay que pasar los controles. A pesar de eso hay un espacio de libertad. Para mí había algo que hablaba de los libros, de recuerdos de lecturas filosóficas, cosas de la mente que no se puede someter. Todo eso está resumido en el episodio de la correspondencia entre el padre y su hija en torno a La Vie des abeilles de Maurice Maeterlinck que le da el título al libro.

El azul de las abejasLa correspondencia entre el padre y su hija es una lectura en común que les permite reencontrarse a pesar de las trabas que los separan. Mi idea era mostrar la cercanía a pesar de la ausencia. La presencia de la ausencia es algo que se encuentra presente en todos mis libros. También le pedí a mi padre (que vive en Barcelona) que lo leyera. Y cuando terminé de escribir El azul de las abejas se emocionó mucho. Entendió de qué modo estaba presente. 

Los idiomas (el español y el francés) ocupan un lugar importante en su obra. ¿Le fue muy difícil aprender el francés? 

Fue difícil, volver ese camino. Aprender el francés tiene mucho que ver con el cuerpo. Las diferencias entre las nasales apenas se perciben para un hispanohablante no iniciado. Primero hay que oír los sonidos, acercarse y ver, para luego reproducirlos. Yo quería contar esa experiencia física. El azul de las abejas es ese viaje físico, un viaje en el idioma. Es experiencia de la muerte y del cuerpo que se libera. Se trata de salir del silencio, del idioma materno que es a la vez una lengua del silencio. Como la “e” muda del francés, que se escribe pero no se pronuncia. Cambiar de lengua significa desdramatizar el silencio.

¿Cómo lleva hoy usted la conexión, la circulación entre los dos idiomas?

Yo siempre escribí en francés. A veces los idiomas se mezclan. Mi lengua de escritura es el francés. Pero el idioma castellano siempre está presente en mis libros. Los pasajeros del Anna C. [historia de una pareja de jóvenes revolucionarios que viajan a Cuba siguiendo los pasos del Che] por ejemplo se desarrolla totalmente en castellano pero se dice en francés. La historia tiene lugar en castellano que para mí es el idioma del control, de la memoria y del silencio impuesto. El francés me ayudó mucho. Con Le bleu des abeilles tomé consciencia que podía desarrollar esa experiencia de liberación. Salir de las palabras ya hechas y sacar las cosas trabadas en la garganta. Por eso la “e” muda es la clave de muchas cosas. Y es también un viaje de vuelta pues gracias al francés, me he reconectado con el castellano.

En El azul de las abejas, la narradora cuenta su vida en los suburbios de la aglomeración parisina. Pareciera que sufre una cierta decepción de vivir en esos barrios populares. ¿Por qué motivo?

Hay una forma de melancolía y una cierta tristeza en el exilio en Francia. Se trata de todo un camino con sensación de frustración y decepción. Y luego se produce una suerte de conexión con el país de llegada gracias al encuentro de la niña con otras infancias. 

La danza de la arañaDe alguna manera se trata de encontrar un nuevo espacio y a través del esfuerzo, encontrar la energía necesaria para salir adelante. La narradora encuentra esa energía en la correspondencia con su padre. Esas dos esferas están como conectadas. La niña nunca evoca la correspondencia con su padre con los otros niños de su edad. Hay una relación en francés con los niños y otra en castellano con su padre y la Argentina. Si bien encuentra mucha energía en ambas relaciones, los universos no se conectan. Lo mismo sucede en Manèges: existe también una bipartición. Aparece por ejemplo en la escena de los zapatos del padre de Line: los zapatos dicen la ausencia del padre que ha salido pero que va a volver. Los objetos hablan a través de una escritura al nivel de la niña, à hauteur d’enfant. 

En La casa de los conejos, hay como un trabajo de memoria (individual, la suya) y la del país (qué fue de la revolución, cómo voltear la página de la violencia y el dolor). ¿Cuál es su relación con la Argentina?

El hecho de escribir me volvió a conectar muy profundamente con la Argentina. Mi primer libro nace de un doble retorno. Lo escribí después de dos viajes a Argentina. Y la traducción de mis obras reforzó la conexión con mi país de origen. Mi editor me acompañó de manera generosa. Mis libros se venden más en Argentina que en Francia de manera que tengo un contacto casi cotidiano con los lectores que son principalmente argentinos. ¡A veces me escriben e invitan como si estuviera viviendo por allá! Gracias a esas publicaciones, conocí a muchos escritores de habla hispana con los que mantengo cierta relación. Y en Argentina siempre ha habido una recepción muy cálida. 

Hay una melodía, una musicalidad en las tres novelas que puede asociarse con el carácter infantil de la narradora pero también con la poesía. ¿Qué papel juega la poesía en su obra? 

No escribo poesía pero para mí la música es muy importante. La dimensión sonora es muy importante. Siempre trabajo frases cortas en las que quiero encontrar una cierta musicalidad. En las novelas de la trilogía, la voz infantil surgió y la voz adulta se quedó como detrás. Además la voz adulta no era precisa ni afinada. Entonces la voz infantil tomó el poder. Una parte de mí seguía teniendo 7-8 años y salió esa voz espontáneamente y me permitió conectarme con otro idioma, con esa experiencia y esa mirada.  De alguna manera fue como captar una frecuencia de radio, como cuando buscamos sintonizar la frecuencia adecuada para captar correctamente la voz radial.

¿Cómo escribe usted? ¿Tiene una habitación propia como decía Virginia Woolf?

No, desgraciadamente, no la tengo. Viviendo en París es difícil disponer de mucho espacio en los apartamentos. Por eso escribo en el salón que es el lugar en el que circula todo el mundo. También voy mucho a la biblioteca para tener momentos tranquilos. Y escribo en mi casa cuando todo el mundo sale. Sueño con tener un lugar plenamente mío y encontrar el silencio necesario. Pero me ha adaptado bien y logro concentrarme a pesar de la circulación de mi familia.

¿Cuáles son sus proyectos futuros?

Es difícil decirlo. Cuando empecé a escribir La danse de l’araignée, estaba escribiendo otro texto. Ahora estoy con otro proyecto. Estoy iniciándolo recién. Cada uno de mis libros cambió entre la idea que tenía al principio y el resultado final. Es haciendo cuando me doy cuenta de lo que estoy buscando. 

Alcoba, Laura. La casa de los conejos. Edhasa, 2008.

El azul de las abejas. Edhasa, 2015.

La danza de la araña. Edhasa, 2017.


Laura Alcoba, vivió hasta los diez años en Argentina antes de viajar a París. Es profesora universitaria, editora y traductora en Francia. Ha escrito las novelas La casa de los conejos, Jardín blanco (Edhasa, 2010), Los pasajeros del Anna C. (Edhasa, 2012) y El azul de las abejas. Recibió el premio Marcel Pagnol 2017 por La danza de la araña.

Acerca de Lissell Quiroz Pérez

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