Patricia de Souza nos habla sobre Descolonizar el lenguaje

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Patricia de Souza nos habla sobre Descolonizar el lenguaje

“Hemos integrado la idea de inferioridad y sentimos vergüenza de ser mujeres y hablar en voz alta”

“Nosotras, las mujeres, somos de alguna manera extranjeras en el idioma que hablamos y escribimos“ señala la escritora y crítica peruana Patricia de Souza en Descolonizar el lenguaje, un libro de textos críticos en el que se ocupa de la problemática del lenguaje y lo femenino.

A través de un recorrido literario que comienza en Flora Tristán, pasa por autorxs como Marguerite Duras, Marina Tsviétaieva, Michel Foucault o Simone Weil y termina en Blanca Varela, la autora escribe acerca de las barreras que se han ido derribando para permitir esa entrada de las voces femeninas, por efracción, en el espacio literario. Un espacio construido sin las mujeres y que por ello mismo nos excluye. El repaso que hace Patricia de Souza es también la ocasión para profundizar en el uso del lenguaje como un modo de someter el pensamiento y de silenciar el discurso discordante. Los cuestionamientos de la autora son planteados como una invitación a proseguir la reflexión más allá de su libro. Y en éste puede leerse un llamado a exigir el “derecho legítimo a la palabra” en un entorno social, político y literario que condiciona a la mujer a pensarse como subalterna y la mantiene “colonizada por un lenguaje patriarcal que infantiliza protegiendo, y anula asumiendo la palabra en [su] lugar.”

 

¿Existe una escritura femenina?

Esencialmente no, es decir, que existen muchas formas de “feminidad” (tenemos que descolonizarnos de esa idea que nos pesa desde hace mucho tiempo) porque otorgarle un poder determinante al género termina resultando un encierro. La opción sexual no nos define si aspiramos a ser personas enteras. Es caer en el comunitarismo. En ese caso deberíamos ensanchar el género a otras identidades, y creo que es un proceso lento, pero que funciona, solo que termina produciendo ciertas formas de “tribalismo” por lo que siempre desconfío. Lo que habría que preguntarse es qué sucede con las mujeres que escriben, encarnar la historia más que entramparla en el género, sino hay que preguntarse de entrada si existe una escritura masculina.

En el título de tu libro hay una transposición del tipo de relación político-geográfica colonial al plano simbólico del lenguaje. ¿Cómo entiendes tú esa colonización de la que somos víctimas? ¿Cómo se traduce concretamente en el espacio literario?

De hecho la “colonización” tiene que ver con espacios geográficos concretos, se dio de Occidente hacia el resto del mundo, del norte al sur, en ese sentido hay una “transmisión de valores simbólicos, y representaciones del mundo”. Cuando los españoles llegan a América traen la religión cristiana y tienen la misión de “civilizarnos”, la importancia de esta palabra es clave. Nosotro.as éramos los salvajes, tampoco hay que olvidar que hubo un debate sobre si los indígenas tenían alma o no. En Descolonizar la mente, un libro del autor keniano Ngugi Wa Thiongo, él explica que se encontró frente a una “ruptura epistémica” al comprender que todo lo que sabía era resultado de una colonización de la mente. De la misma manera las mujeres hemos vivido de manera pasiva esa colonización, hemos integrado la idea de inferioridad y sentimos muchas vergüenza de ser mujeres y hablar en voz alta. En el libro de la antropóloga Françoise Héritier, Masculino y femenino, explica cómo desde el inicio de la historia se dio una manipulación simbólica que nos convierte en seres inferiores, representadas en el lenguaje con términos negativos: debilidad, oscuridad, etc… Estos términos han cambiado con el tiempo pero se  ha mantenido esa “negatividad”. En todas las culturas hay una misoginia latente y creo que es porque hay un tema fundamental que se relaciona con la mujer: ella puede reproducir la vida. Es el control de su cuerpo lo que se necesita por ser clave para la supervivencia de la especie, lo que hace también que se convierta una mercancía.

Desde las primeras páginas de tu libro, el lector comprende que el propio lenguaje es el resultado de una lucha de poderes. Aparece como el territorio donde se manifiestan los conflictos de dominación de la sociedad occidental. ¿Escribir es entonces un acto político? ¿Cómo se es feminista en la escritura? 

Es un acto político porque es una lucha por una visibilidad social, no solo en el discurso sino en la vida colectiva. Cuando empecé a escribir me acosaba la pregunta de cómo iba a hacerlo. Sentía una presión fuerte que identificaba como un modo “masculino” de escribir. Tenía que encontrar mis propios códigos. Con el tiempo he comprendido que esta “manera” aparentemente inocua de escribir que los hombres usaban con tanta naturalidad, la linealidad narrativa, los personajes, me transmitía una visión del mundo en que la mujer no poseía subjetividad. De ahí mi idea de plantear el uso de la primera persona como arma política, y la discontinuidad en el texto como una forma de grito de protesta en medio de la página. Aunque intuyo que a muchas mujeres no les gusta oír esto, prefieren sentir que son reconocidas y se niegan a ver la realidad que las ignora o las denigra.

Cita Descolonizar el lenguaje

Tu libro puede leerse, en la vena de Despentes, como un llamado a la rebelión contra el propio lenguaje. A subvertirlo plenamente en la creación literaria y también en la crítica. ¿Por dónde habría que empezar para conseguirlo?

Discrepo en muchas cosas con la Virginie Despentes que está favor de la legalización de la prostitución, es un feminismo europeo, neo-burgués a mi modo de ver, porque aunque ella sea muy “pop”, habla desde un cierto confort, no conoce la realidad de otras mujeres que padecen la prostitución no solo como dominación patriarcal, sino como dominación económica. Son los países pobres los que venden a sus mujeres a las sociedades occidentales. La prostitución no es una elección es una tara social, una cosa moralmente insoportable. Sobre el otro tema, las mujeres no tenemos presencia en el aparato crítico. Si observas, hay pocas mujeres que hacen crítica, y si las hay, son muy dóciles o están muy colonizadas. Analicemos el Perú, para no irnos muy lejos. ¿Quiénes hacen crítica? ¿Los blogs? El medio es misógino y sigue alimentando la imagen de la mujer-objeto, fetichista, vemos listas de “escritoras guapas” y mujeres que están contentas, o escritoras que reclaman una protección masculina, y se entiende, pero, ¿hasta cuándo?  En un país religioso, tan patriarcal, la crítica no existe. La literatura en general, y concretamente en el Perú,  es un medio de reproducción social, no mueve un pelo a la sociedad, razón por la cual tiendo a pensar que se quedará rezagada. No es una predicción, me parece tan latente la obsolescencia de la literatura que se aparta cada vez más de la vida concreta y no logra ninguna emancipación cultural sino lo contrario, esa alienación de la que hablo y un sometimiento cada vez más más disimulado de la mujer. Por ejemplo, ¿podemos admirar a las mujeres que imitan el poder patriarcal y compiten entre ellas con las misma ferocidad?  Por otra parte no podemos seguir pensando en la literatura como algo separado de la vida, es imposible. No estamos en el siglo XIX. El lenguaje es social, no privado. Y es eso lo que nos debe interesar, la dominación simbólica, las patologías de un idioma que se hace cada vez más instrumental y menos poético, y eso, porque la economía nos domina destruyendo toda vida interior. Ni siquiera podemos hablar de una literatura comprometida como se pensaba a través de Mariátegui en su lectura de Marx, no hay conciencia de clase porque todos nos hemos convertido en consumidores potenciales y nos encerramos en comunidades ligadas al gusto y al consumo o la identidad sexual, pero no colectiva, esa es la realidad en casi todo el mundo capitalista.

cita

¿Por qué dices que no existe una teoría de género?

No es una teoría como la teoría de la relatividad, no se demuestra, se recorre. Es parte de la historia de la humanidad, y son estudios de género para atender el tema de cómo se formó la identidad a través de la sexualidad. Tiene relación con la idea de Simone de Beauvoir de que no se nace mujer sino que se deviene… Esto es importante entenderlo porque no podemos universalizar una realidad histórica, por ejemplo, la realidad de las mujeres en Europa es muy distinta de las de América Latina, y eso hace que su situación sea también interpretada de otra forma. No debemos olvidar desde dónde pensamos y los instrumentos que están en juego.

En tu libro dices que las luchas feministas parecen haberse estancado en un laberinto. ¿Por qué esa percepción? ¿Cuál crees que es el modo de salir de ello?

No tengo tantas respuestas, son más las preguntas. Nos hemos entrampado en algunos lugares, como en Francia, en un feminismo “diferencialista” (las mujeres son esencialmente distintas de los hombres, y lo somos anatómicamente, pero eso no nos define como mujeres), en América latina en un misticismo femenino, en otras sociedades en un modelo de matriarcado que reproduce el modelo del Uno, que es el hombre, es decir, siempre como prótesis de los hombres, de un modelo que es también eurocéntrico, que pertenece a una época, y que se sigue transmitiendo como universal. Tenemos que indagar en nuestra propia historia, ser más insumisas. Esa es una salida creativa más que pasiva.

A propósito de José María Arguedas, abordas tu propia experiencia como escritora, atravesada por distintas herencias culturales, y asumes el observar las cosas desde el punto de vista de esa parte olvidada y sometida que llevamos todos. Sin embargo, pareces aceptar también que encontrar la distancia adecuada para la escritura es un desafío. Lo resumes en una pregunta “¿Habrá que escribir o quedarse callada?” ¿Cómo escribir hoy sin ser una aculturada?

Esa pregunta de si habrá que escribir o ya no es porque siento que esto se está agotando. Me explico, en un mundo saturado de imágenes, donde el hiper-realismo está en todas partes, donde el texto vaga por el espacio sideral, donde todo el mundo escribe, ¿vale la pena tratar de imponer su propio texto? Es más, me doy cuenta de que toda persona inteligente puede llegar escribir bien, o “muy bien”, depende desde dónde se la mire, lo que queda es darle a ese pequeño talento una dimensión más amplia, que sea un proyecto de vida. Ahora que, con todos los creatings writings nos vamos a llenar de escritoras y escritores profesionales (sic), de paso, ¿cómo se puede aceptar profesionalizar la escritura, como decía Arguedas?, es como industrializarla y es una contradicción con la palabra “creativa”. Creo que hay que ser menos arrogantes, esa idea del genio creador ha caducado también, tengo una noción más humana y es que podemos hacer algunas cosas interesantes con el lenguaje, pero no muchas, una de ellas es que las mujeres encarnemos nuestra experiencia, que podamos crear otros modelos femeninos y ayudar a hacer pasar eso que algunas entendemos o vemos a través de los rostros amargados de muchas mujeres. Descolonizarnos es una idea tentadora, y la literatura es una manera de cambiar las representaciones y de emancipación cultural. Muchas veces me he dicho, si quisiera descolonizarme de verdad debería dejar de escribir, pero luego he pensado que no, que soy una mezcla de todas las sangres y que no puedo pelearme con eso. Creo que es importante la humildad, aunque se sea una guerrera, no podemos comprender todo y abarcar mucho, y somos seres vulnerables. Para terminar quería decir que escribir un ensayo sobre este tema de la alienación me ha llevado a releer a Arguedas, y creo que leo en su historia el drama social al que muchos peruanos y peruanos se enfrentan, la idea de fracaso histórico que nos han dado como imagen de sociedad (al igual que a las mujeres, que habrían fracasado para gobernar en un matriarcado primitivo), que ha pasado a convertirse en el prototipo actual del emprendedor desarraigado, global-aculturado y exitoso. Es una idea curiosa, muy histérica, que hace que se hayan saltado muchos episodios de la historia, tal vez por eso los jóvenes sean tan amnésicos. Justamente, la literatura llenaría ese espacio blanco, da para un estudio. Hay una infancia que se prolonga, lo peor es que no es fortuito y que responde a un esquema de dominación.

Te ocupas de autorxs que han ido a contracorriente en su tiempo, Flora Tristán, Teresa de Avila, Duras, Elena Garro, Proust, Foucault, Simone Weil, pero también de otras en las que detectas una dificultad para asumir plenamente su condición femenina como Clarice Lispector y Virginia Woolf. Algo ha cambiado desde entonces. ¿Cuáles son los nuevos desafíos a los que enfrentarse hoy en la escritura?

Sí, es que la idea es crear una historia de la literatura hecha por mujeres, invertir el lente, mirar a través de los trabajos de mujeres, no como periferia, sino como centro. Los desafíos más vitales serán de sobrevivencia, lo repito, los libros tienden a tener fecha de caducidad y la literatura, como la hemos entendido hasta ahora, también. Las mujeres nos quedaremos sin relato, ya estamos fuera de la historia. Si no nos ocupamos de nosotras mismas, nadie lo hará en nuestro lugar. La lucha política más encarnizada es por el cuerpo de la mujer y el poder sobre la procreación. El retorno a los fundamentalismos religiosos, es un ejemplo. Poca gente dice que muchos evangelistas votaron a Trump y que las iglesias están muy presentes en toda América, Brasil, Perú, Venezuela, Colombia, México… , eso nos arrincona cada vez más, lo mismo que el poder blanco que emerge en Europa y que quiere expulsar a mucha gente. De todo esto, la escritura debe tomar nota. A falta de partido político, de conciencia colectiva y de clase, la religión, otra forma de comunitarismo, crea vínculo social, estructura. Si es que no nos damos cuenta, creo que vamos a dejar de escribir porque el medio estará saturado.

Muchas preguntas que te haces en este libro quedan deliberadamente sin una respuesta clara, como invitándonos a seguirte en esa exploración personal de todas las posibilidades del lenguaje. ¿Cómo se descoloniza el lenguaje a través de la crítica?

Es que si tuviese respuestas a todo no escribiría. Es porque no dejo de planteármelas que escribo y en el camino voy encontrando algunas piedras preciosas. Es muy vital escribir, es como si recorrieses siempre otra geografía. Insisto en la idea de que si seguimos escribiendo podremos tener relatos en los cuales reconocernos. Pero hay que hacerlo desde adentro, es decir, sin dejar que nos colonicen. No voy a escribir en quechua aunque quisiera, la idea es desplazar el cursor, cosa que ya he venido haciendo, para respirar otro aire. En Europa se vive una crisis intensa, sobre todo porque sienten que se pueden convertir en poco tiempo en una provincia del mundo, y tanto mejor, pero eso, en una mentalidad colonial, puede dar malos resultados. Las mujeres somos muy desarraigadas, ¡es tiempo de que plantemos el árbol para arrancarlo de nuevo!

De Souza Patricia. Descolonizar el lenguaje. Chile: Los libros de la mujer rota, 2016.

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