Tres luces, de Claire Keegan

 Tres luces.

Le han bastado tres libros para convertirse en una de las mejores cuentistas de habla inglesa hoy. Claire Keegan (1968), nacida en una ciudad de provincia al sur de Dublín, escribe sobre la vida rural de gente común y corriente. La Irlanda de sus cuentos no es la de Franck McCourt o la de Seamus Deane, un territorio de pobreza o de violencia; por el contrario, sus personajes aparentan llevar existencias pacíficas, cerca a una naturaleza agradecida y con preocupaciones propias a la clase media tradicional irlandesa.

Y sin embargo, con delicadeza, inteligencia y un estilo exquisito, la voz en primera persona de Tres luces consigue desvelar pacientemente los dramas de la familia y la paternidad.

Este relato largo, una delicada joya, fue publicado primero en una versión corta en el New Yorker, y después en su versión final en un libro que ha merecido el Davy Byrne’s Irish writing award. Fue traducido al español en el 2011.Tres luces

Son los años ochenta, una niña cuenta el verano que pasa en la casa de los Kinsella, a quienes sus padres la han confiado mientras se preparan para la llegada de un nuevo hijo. Los Kinsella la reciben con agrado. En la granja, la narradora pasa los primeros días aprendiendo las labores y compartiendo la vida cotidiana de estos desconocidos en un clima apacible. Hasta que un día los acompaña a la ciudad y percibe en la mirada de los otros habitantes algo que sus anfitriones no le habían contado.

“Hundo el cucharón y me lo llevo a los labios. Esta agua es fresca y límpida como nada que jamás haya probado. La hundo de nuevo y la levanto al mismo nivel que la luz del sol. Me tomo seis medidas de agua y deseo, por un momento, que este lugar sin deshonra ni secretos fuera mi hogar.”

Una historia de familia

En este relato de iniciación todo comienza y termina en la familia, en el tejido delicado, invisible, de esta unidad sencilla y a la vez fundamental. La familia, nudo que se construye alrededor del amor recíproco, se dibuja aquí en el contraste de lo propio y lo ajeno, lo natural y lo adquirido, la ausencia y la presencia, la restricción y la holgura, la prole numerosa y el hijo que ya no existe.

«Vuelvo a la cama, más que medio asustada, y me duermo. En algún punto, más tarde en la noche –parece mucho más tarde- la mujer entra. Me quedo quieta y respiro como si no me hubiera despertado. Siento el hundimiento del colchón, su peso en la cama. Silenciosamente, se inclina sobre mí. “Dios te ayude, pequeña. Si fueras mía, nunca te habría dejado sola con extraños”.»

Tres luces cuenta de manera progresiva y sutil cómo se configura o más bien reconfigura ese mundo para un niño: a través del reconocimiento de su singularidad y de la búsqueda del padre. El reconocimiento -como parece mostrarlo Keegan-, solo puede ser total cuando pasa por la pérdida. El valor del niño en el seno familiar como prolongación de la vida y fuente de felicidad en el día a día, aparece a la manera de un negativo fotográfico. Mientras éste parece negado en la familia natural, se revela en plenitud en aquella de acogida. Los momentos consagrados a la pequeña protagonista son tanto más preciosos para los Kinsella y también para el lector, cuanto evocan silenciosamente aquellos del niño que se ha perdido, subrayando, como lo haría una serie de instantáneas, lo efímero del tiempo luminoso de la infancia.

Este mecanismo se extiende a la propia paternidad y al modo de ejercerla. La búsqueda del padre es el hilo emotivo que conduce la historia y también el motivo que le da el punto final.

En Tres luces, Keegan también parece cuestionar la familia tradicional; sin interpelar al lector ni forzar el hilo dramático, se dibuja la posibilidad de constituir esta célula de un modo distinto.

Culpa y redención

La protagonista de Tres luces descubre en ese verano la complejidad de las relaciones en la vida adulta, los desafíos del trato social en una comunidad donde la religión ha dejado su impronta a través de la culpa.

“Todo se siente raro esa noche: caminar hasta un mar que siempre estuvo ahí, verlo y sentirlo y temerle en la semi-penumbra, escuchar a este hombre que me dice cosas –sobre caballos remolcados desde el mar, sobre su esposa que cree en los demás como para aprender en quién no confiar- cosas que no entiendo por completo, cosas que tal vez ni siquiera estén destinadas a mí.”

El peso de lo religioso está presente de modo constante en muchos otros relatos de Claire Keegan. Sus personajes transgreden una regla y la desgracia recae sobre ellos. En Tres luces ignoramos la razón de ese castigo. La desgracia ya ha acaecido. Somos testigos de lo que sucede después. Del difícil camino de la redención.

Así, esta historia es la de una reconstrucción en distintos niveles. Afrontar el juicio social es reivindicar la propia humanidad, afirmar ante otros que nadie es infalible, acceder al propio perdón y con éste a la posibilidad de un renacimiento. La reconstrucción también es psicológica cuando hay que aceptar, en la voz y las maneras de otro niño, la pérdida insoportable del propio. Abrirle un espacio al sentimiento ocultado por la necesidad de seguir adelante, dejarlo existir serenamente, es una victoria frente a la adversidad mayor.

La escena final, perfecta, confirma que Claire Keegan es una maestra del relato.

Keegan, Claire. Tres luces. Trad. Jorge Fondebrider. Buenos Aires: Eterna Cadencia, 2011, 96 p.


Claire Keegan nació en 1968 en County Wicklow, Irlanda. Estudió inglés y ciencias políticas en la Universidad Loyola en Nueva Orleáns, Estados Unidos, y realizó una maestría en escritura creativa en la Universidad de Gales, Cardiff. Además de Tres luces (2010), con el que obtuvo el Davy Byrne’s Irish writing Award, ha publicado Antártida (1999, premiado con el William Trevor Prize y el Rooney Prize for Irish Literature), y Recorre los campos azules (2007, ganador del Edge Hill Prize).

Acerca de Nataly Villena

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