Detrás de la brisa, de Marialuz Albuja Bayas

Detrás de la brisa

Esta brisa es un telón en el teatrino de nosotros… los de entonces. Detrás de ella, nos asalta el terror de una niña de cuatro años que permanecerá bajo el tacho de luz durante la función, buscándose a sí misma y buscándonos en las butacas, haciendo el poema que logre despedazarnos:

Algo de oscuro en ese vuelco de la sangre / donde unos ojos imprimieron el terror de mis cuatro años / sin roce alguno que calmara el aluvión / sin un abrazo que ciñera mis rodillas… (p. 7).

detras-de-la-brisa-marialuz-albujaLa niña de los poemas no es una sola ni tiene un solo nombre:

El miedo me traspasaba con deleite /cuando venía el gato negro a pronunciar todos mis / nombres… (p. 8). 

Ella salta una rayuela donde el primer cajón está en el pasado, el segundo, en el futuro, el tercero, en el ahora. Una rayuela desvanecida de tanto pisar raya negando los límites temporales:

pero la niña sin escrúpulos que fui / deja sus huellas en el fango / escupe / llora / se revuelca… (p. 8).

La vigencia de ese yo infantil y su vida simultánea en el yo adulto, constantemente hablan de una identidad inacabada, en eterna construcción.

En el teatrino de nosotros, la niña juega a encontrarse en cada rincón de la gruta, entre los manzanos, tras la niebla húmeda de la costa (p. 10, 14). Recoge sus fragmentos mientras nos quiebra, se multiplica y se esconde otra vez, desmembrando el tiempo:

Si aún supiera descubrir la madrugada / en que ella misma apareció tras la negrura del ciprés… (p. 12).

En su escenario de cartón es posible descubrir un hecho del pasado, por primera vez, en el presente y seguir descubriéndolo hasta que dure la gracia.

El juego no consiste solo en encontrarse sino también en perderse:

Cómo volver /  si hace ya tanto / los pájaros limpiaron las migajas del sendero… (p. 8).

La angustia crece cuando es la casa lo que falta en el decorado de nuestro espectáculo vital:

Si ella pudiese / solo ahora / recuperar los ademanes de la casa… / comprendería lo que tanto le hace falta… (p. 12).

El grito se torna desolador al comprobar, muy tarde, que esa casa no es un simple elemento del todo sino que nos constituye, nos desborda y abarca

Hui del agua del hogar. / Despedacé, sin darme cuenta, / el universo. (p. 30).

Detrás de la brisa espera el Tiempo, que no se ha ido del jardín de nuestra  infancia (p.13). El Tiempo que asume los rituales de un bisabuelo común a todos nosotros para decirnos lo que fuimos siendo, lo que somos ayer, en esta construcción siempre inacabada del yo. Ni la muerte borra a los personajes que se anticiparon a nosotros y escribieron nuestro debut:

Si el bisabuelo aún viviera / escondería en su cajón la última pizca de morfina / –en confidencia de celoso boticario– / “para la nena”, pensaría en su sordera taciturna… / Mas quien me iba a comprender ese dolor / si en la niñez la vida es algo irrefutable. (p. 9).

Los antepasados vuelven también para anunciar el principio del fin:

Ahí va el  abuelo entre los manzanos / y todos los vientos queriendo llevárselo. / Ha regresado para decirme que llega la hora. (p. 10).

Por más que la luz disminuye y crecen las sombras volviendo tétrico el cuadro, la muerte es bienvenida y hasta celebrada:

Cuando el gato negro de tus pesadillas / sea prendido de un madero / en algún muro a media noche / te avisarán los buitres”. / Y al fin podré salir a desgajarme. (p. 10).

En la cima de esta incansable búsqueda de identidad, nos sorprende un texto que  trae ecos de la puertorriqueña Julia de Burgos (1914-1953), en su poema “A Julia de Burgos”:

La que se alza en mis versos no es tu voz: es mi voz; / porque tú eres ropaje y la esencia soy yo; / y el más profundo abismo se tiende entre las dos.

Aquí observamos un desdoblamiento: dos Julias, la una hecha de su imagen pública y la otra, de su ser interior –identificado con su voz lírica– que se muestra como auténtico. Pero en Marialuz Albuja el desdoblamiento se multiplica, no hay solo dos Albujas, hay varias:

No soy yo / ni soy esto que escribo. / Tampoco soy la sombra de lo que habría querido ser… / No soy la madre de tres hijos… / ni el fantasma de mí… / No soy mis manos… / No soy el poema que sigo esperando… (p. 16).

Todas son falsas expresiones de aquello que sí soy (p. 17), la verdadera Albuja, no alcanzada por su voz lírica, tocada apenas con la intuición pero anhelada en todas sus letras. Lo desconcertante para el espectador en la butaca es haber asistido a un desfile de personajes y no saber a ciencia cierta quién es quién. Y lo que es peor, mirar después sus propias manos y no reconocerlas.

El yo lírico de estos versos no tiene delirios de grandeza. Es capaz de delegar a  otro de sus yos la tarea de la escritura:

Escribe tú… / Mientras / deja que me ocupe de lo esencial: / limpiar la huella de vaho que alguno de mis hijos / abandonó sobre el espejo… / permite que sea yo misma / que salte hacia los peñascos… (p. 24).

Lo esencial, según el yo que escribe, es el derecho a la vida sencilla, al silencio y a la muerte.

En un giro dramático, sin ninguna esperanza, se convoca al escenario a la divinidad para demandarle algo aparentemente ya entregado en la naturaleza:

Concédeme la liviandad de la neblina / la luz de la abeja / el invisible despertar del páramo / y mi alma cantará tus alabanzas. (p. 31).

Pero su alma no puede alabarle porque eso le ha sido arrebatado. La reconciliación con lo perdido implicaría un reencuentro con la nube, el pasto, la ola… calmaría su sed de hogar y hasta restauraría el vínculo con lo divino. Sin embargo, en este teatrino de nosotros, lo pedido es irrecuperable, imposible:

Concédeme / Señor / lo que te pido / sin olvidar que en el dintel estará ella / esa muchacha que jugaba con el barro / aquella tarde en que perdió la liviandad de la neblina / la luz de la abeja / el invisible despertar del páramo… (p. 32).

Y es imposible porque detrás de la brisa, en el teatrino de nosotros, los de entonces, seguimos siendo los mismos. Convivimos con la eterna niña petrificada. Nuestras identidades circunstanciales son simultáneas y saltan la rayuela de los tiempos paralelos.

El cierre del libro es el provocativo avance de un próximo episodio de la saga albujiana. Esboza preocupaciones nuevas en un escenario gótico, Más allá del páramo / donde los gallinazos entretienen la mirada / antes de anclar su soledad a la ventisca… (p. 37). Ellos son acaso una metáfora del poeta que hurga entre la miseria humana y atrapa, sin querer, la perla de gran precio:

una no sabe… / si aquel eterno picoteo de la ruina / algo de pulcro dejará en sus paladares… / cuando la luz se desmorona en el remanso de las nubes / y ellos atrapan, consumada, la belleza. (p. 37).

Pero, ahora que releo algunas páginas del libro mientras viajo en bus, un aire de invierno traspasa la ventana y pienso en cómo estos versos impactarán en la persona que va a mi lado, con su uniforme, su cartera y horario de oficina… o en la mujer de mirada nocturna que lucha por mantener el equilibrio. Cómo condicionarán estas líneas a los pasajeros que atestan el bus porque, viéndolo bien, no me siento junto a la mujer de uniforme sino también junto a la niña que convive en ella y a todos sus fragmentos y sus tiempos. Colgados de las manijas viajan los fantasmas de los pasajeros y sus antepasados, los personajes falsos de sí mismos y los auténticos…

En Detrás de la brisa, también está la niña que fui y que me espera en la próxima parada.

Marialuz Albuja Bayas, Detrás de la Brisa, Cuenca, Universidad de Cuenca, 2013, 44pp. 

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Marialuz Albuja Bayas: Quito, 1972. Poeta, traductora y editora. Ha publicado los poemarios Las naranjas y el mar, Llevo de la luna un rayo, Paisaje de sal, La pendiente imposible, obra premiada y publicada por el Ministerio de Cultura del Ecuador, Detrás de la brisa, mención de honor del premio César Dávila Andrade, y Cristales invisibles (mínima antología personal). También es autora de los poemarios infantiles Cuando cierro mis ojos y Cuando duerme el sol. Es cofundadora del sello editorial Rascacielos. Su obra ha sido parcialmente traducida al inglés, portugués, francés y euskera. Obtuvo su licenciatura en Artes Liberales por la Universidad San Francisco de Quito, y su título de Magíster en Estudios de la Cultura con mención en Literatura Hispanoamericana por la Universidad Andina Simón Bolívar.

Texto publicado en Kipus: Revista Andina de Letras, No. 36, Quito, 2014

Acerca de Sandra de La Torre

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