Mi falda hasta los tobillos, de Carolina Cisneros

Mi falda hasta los tobillos, de Carolina Cisneros

Mi falda hasta los tobillos, de Carolina Cisneros

El argumento de la primera novela de Carolina Cisneros parece muy sencillo y común: una adolescente adolece al cambiar de colegio, y nacen su feminidad y sus deseos, a través de una falda que empieza a sentirse muy larga. Hasta los tobillos. Primera capa.

Pero más allá del género de aprendizaje, presente en el inconsciente colectivo de cada cultura, desde la tradición oral hasta la novela compleja, pasando por el cuento de hadas, donde se suele narrar el paso de la niñez a la edad adulta, Carolina Cisneros nos entrega aquí un artefacto singular y muy personal, que borra todas las fronteras y explora varias capas hasta coquetear con lo universal.

Para empezar, es un cuento que no lo es, una novela que no lo es, y un poema que no lo es. 

Nos rodean todos los ingredientes del cuento de hadas de Andersen, los hermanos Grimm o Perrault: el héroe que debe cumplir una misión fuera de su alcance y llena de peligros, generalmente una niña o un niño frágil y/o una adolescente, como es el caso de Rebeca, que va a la búsqueda de su identidad; objetos mágicos permiten cumplir con esa tarea imposible –aquí la falda de Rebeca que se va acortando cumple con esa función–, permitiendo la transición del mundo de la niñez al de la adultez; los seres extraordinarios que ayudan o dificultan la meta del sujeto principal –la abuela de Rebeca y las amigas del pasado que impiden el cambio de piel–, y del otro lado, la figura soñada del profesor de literatura y las nuevas amigas que apuntan a un futuro lleno de promesas.

Las fronteras geográficas también se borran: se supone que la historia se desarrolla en el Perú más que todo por la nacionalidad de la autora, pero no se encuentra la mínima referencia a ello y más bien podría la historia ubicarse en cualquier país cristiano del mundo.

De referencia temporal tampoco hay mucho: si no fuese por la evocación de una canción, de Una temporada en el infierno de Rimbaud y de un poema de Vallejo que nos remiten al siglo 20, podríamos estar en plena Edad Media tanto por el tipo de vida que lleva Rebeca en la casa de su abuela como por el peso que tiene en su psique la religión y el mundo de los espíritus.

Las fronteras psicológicas están maltratadas al igual: por escuchar voces de bruja y ruidos, ver fantasmas, cambiarse de nombre, lastimarse con espejos rotos, tomar ron hasta el límite del desmayo, tener doble identidad (Rebeca la monja de falda hasta el tobillo y Debbie, la chica sexy de falda corta, vestido negro, tacones y botellas de ron), la protagonista aparenta la esquizofrenia de Doctor Jeckyll y Mister Hyde y a la vez, tratándose de una adolescente, no deja de estar dentro de lo normal. 

Las mismas reglas del desarrollo de la novela ahí son aniquiladas y no lo son: parece que no hay principio ni fin porque todo siempre parece haber sido igual en el mundo antiguo de la abuela donde evoluciona Rebeca, y nada va a cambiar. Hay poca referencia a un pasado que pueda haber sido responsable del inicio, salvo si se considera como quiebre el cambio de colegio de Rebeca que trae nuevos tipos de relaciones y valores y llaman a otro nivel de existencia para la protagonista. Tampoco encontramos un desenlace que se evidencie realmente en los hechos; éste es más bien psicológico: achicar una falda, soñar con un profesor, alejarse de un grupo de amigas y acercarse a otras, tomar ron en una fiesta, ir a misa, leer a Rimbaud, ponerse un vestido blanco, luego uno negro, regalar un poema de Vallejo a su abuela para provocarla, desenrolla un hilo de Ariadna invisible en la psique de Rebeca que la liberará del laberinto de la alienación familiar y social en el cual la tradición representada por la figura de la abuela la ha encerrado tal como lo ha hecho con la madre rebelde. En cuanto al final, no podría espoliar nada dado que no existe uno propiamente dicho: empezamos y terminamos sin que haya cambiado nada. El orden social sigue y vuelve a lo que debe ser.

El tema de la religión es omnipresente, tanto así que este libro podría ser también una suerte de alegoría bíblica: si es que tomamos lo religioso en su doble sentido etimológico de ligar tanto verticalmente (el hombre a la trascendencia) como horizontalmente (los hombres entre sí), y por otro lado de temer a las fuerzas divinas. Rebeca oscila entre el poder castrador de la tradición católica transmitida por la abuela y el colegio de donde viene, materializada por la falda larga y las lecturas nocturnas de los Evangelios, y entre la fascinación que ejercen sobre ella otros dioses, los de la poesía encarnados por Rimbaud y Vallejo. Ese constante vaivén entre lo de abajo a lo de arriba tiene su equivalente en las idas y vueltas de Rebeca, entre lo interno y lo externo que buscan integrar su yo al de sus pares. 

Falta hablar de la habilidad de la autora para borrar límites entre el mundo de lo real y el de los sueños. Las dos partes del libro integran descripciones de los estados de consciencia de Rebeca soñando o dejando vagar su imaginación sin que se sepa realmente de qué lado estamos. Los ingredientes de los sueños están particularmente bien logrados y dan eco a lo vivido en el campo del inconsciente colectivo: presencia de los arquetipos junguianos de la personalidad femenina que tocan fondo en los elementos fundamentales: agua, fuego, aire y tierra, para luego rebotar en la realidad. Los sueños proyectan su sombra en la luz de los espejos mientras Rebeca anda cazando su imagen fluctuante por donde esté reflejada.

 Al leer la novela de Carolina pienso obviamente en Mujeres que corren con los lobos de la psicoanalista mexicana Clarissa Pinkola Estés, esta otra Biblia que vive en mi mesa de noche. La Rebeca de la historia es, de hecho, hermana de la niña del cuento universal de Los zapatos rojos que analiza Estés, quien por perseguir demasiado a lo que enciende su esencia femenina salvaje (los zapatos rojos que se construyó ella misma en un inicio y la hacen viva), termina cayendo en varias trampas y bailando sin control encerrada en su propia cárcel.

La historia de la alienación femenina tiene infinitas variaciones posibles, podría ser una pieza de Bach: la liberación como meta lograda en el mejor de los casos, y en el otro extremo la alienación asumida. El filósofo Kant decía que los hombres temen tanto la libertad, que se libran de ella gracias a la esclavitud. Ese podría ser el lema de Rebeca, que resulta emblemática tanto para la condición de la mujer latinoamericana como para la situación política del Perú, tierra de donde nace la energía creativa de su autora. De hecho, profundizando las capas de la novela, Mi falda hasta los tobillos se siente cierta herencia selvática milenaria, sus raíces están en Lamas, San Martín. Hay gestos de la selva que no se dicen en lo que hace la abuela, pero sí hablan con voz tenue a quien se ha dejado perder alguna vez como yo en la avenida principal de ese pueblo quieto en apariencias. Están vigilando los espíritus de la selva bajo esa falda larga. Cortarla es un sacrilegio que solo comprende él que supo temer de verdad los silbidos del Tunche. 

Las capas de este libro son las capas del Perú donde nació. Irreconciliables. Lo digo por la energía que sale directo de esas frases cortas, luego confirmadas por los silencios de la autora quien, al igual que Rebeca, después de un par de vinos en mi casa, transmite esa mezcla de rebeldía y sumisión. Nada sirve en esa obra sino las fuerzas de la naturaleza que solo los verdaderos chamanes dominan, luego tapadas por la violencia de la Colonización, luego calladas por la Independencia. Aún falta la etapa de la Revolución de las Luces para que Rebeca queme de una buena vez esa falda siendo corta por trampa, al igual que va quemando cada objeto inflamable en una suerte de ritual purificador. Me siento identificada desde la capa más profunda. Siendo hija de la revolución feminista francesa, igual aún me queda larga la falda. 

A los pocos días de leer ese libro me encuentro con la autora y ella me pregunta: ¿No será demasiado fácil mi novela? Yo me quedo muda. Como si lo fácil fuese un defecto. Lo es, de hecho, cuando es un medio y no un fin. En el caso de ese artefacto, lo fácil costó tanto trabajo que llega a la altura de un sueño: nadie le da importancia, pero tiene el poder de orientar varios de los siguientes días sin que uno sepa cómo explicarlo. Es exactamente lo que me pasó con Mi falda hasta los tobillos.

Cisneros, Carolina. Mi falda hasta los tobillos. Borrador editores, 2019.


Carolina Cisneros es escritora y comunicadora peruana. Es especialista del microrelato y ha publicado en numerosas revistas y antologías. Mi falda hasta los tobillos es su primera novela.

Acerca de Sophie Canal

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