Pelea de gallos, de María Fernanda Ampuero

Pelea de gallos, de María Fernanda Ampuero

Pelea de gallos

En Pelea de gallos, las peleas no se dan únicamente en las galleras. Se dan sobre todo en las casas, a puerta cerrada: “Uno ve gente y no sabe lo que ha pasado detrás de la puerta de su casa” (Ali, p.93). Ahí adentro reinan la hipocresía, el miedo, el rencor, la violencia, el odio y, sin necesidad de cuchillas, las familias se agreden y destripan.

Los relatos de María Fernanda Ampuero también agreden al lector. Tanto por las temáticas tratadas -sean estas abusos de todo tipo: incesto, violaciones, crueldad vengativa-, como por el uso de una prosa tan descarnada  como la violencia que sufren los personajes mayormente femeninos, mayormente niñas, es decir, mayormente indefensos porque “ante la indefensión triunfa siempre la crueldad” (Luto, p. 73).

Qué extraña coincidencia que al momento de escribir estas líneas aparezca la noticia estremecedora del secuestro en el estado de Veracruz (México) de 65 niños y 7 mujeres migrantes raptados para ser vendidos como consecuencia de la guerra entre los Zetas y el Cuartel de Jalisco Nueva generación. Sobre las víctimas se cerraron las puertas de un camión y se cerraron los ojos de los policías municipales. ¿Cómo? ¿Entonces lo que  pasa en Subasta, 1er  relato de Pelea de gallos, puede ocurrir en la realidad? ¿No es solo una ficción producto de la mente  torturada de una autora ecuatoriana? No, no es ficción, se da a diario. Y sí, la autora tiene una mente perturbada, pero la perturban la violencia de nuestras sociedades y su indiferencia.

Pelea de gallos

Resulta evidente que el objetivo de los relatos no es complacer al lector sino obligarlo a ver lo que molesta, lo que se prefiere callar, lo que se oculta como se ocultan en cada casa secretos vergonzosos, monstruosos, cuyo desenlace se convierte en noticia en los periódicos – un feminicidio por aquí, otra violación por allá, un descuartizamiento un poco más lejos-. ¡Qué más da! Estas noticias son tan cotidianas que se vuelven banales, intrascendentes y terminan siendo, ellas también, invisibles. Por eso María Fernanda Ampuero las denuncia.

Para romper con la indiferencia generalizada  y recordar la miseria, abandono y desesperanza de much@s, ella ha escrito cuentos feroces que describen mundos sórdidos donde las niñas han aprendido a decir “sí” a los hombres, donde los padres violan a las niñas y los hermanos a sus hermanas, donde, como jugando, se ahoga elegantemente a una mujer cuyo origen social desentona con el de sus “amigas” de clase alta, donde veteranos de la guerra de Vietnam se reducen a monstruos escondidos por la familia en un cuarto prohibido o donde una hembra  hámster enjaulada devora eternamente a sus crías  porque no quiere que crezcan en un mundo que, de todos modos, bien lo sabe ella, terminarán comiéndoselos.

Así funcionan instintivamente algunos animales salvajes que matan a las crías que nacen débiles como si adivinaran que sus defectos físicos las volverán presas de otros animales. Respecto al ser humano, muchas civilizaciones antiguas solían eliminar o abandonar a los niños nacidos con deformaciones o enfermedades que los volvían improductivos o porque dichos defectos eran considerados como marcas del pecado. Hoy en día, en la misma China, los gobiernos que tanto insistieron en la planificación familiar para frenar el crecimiento demográfico, se enfrentan a tradiciones seculares que, al considerar una descendencia femenina improductiva y vergonzosa, llevan a la eliminación de las niñas recién nacidas.  Dichas eliminaciones obedecen a razones de tipo económico y/o religioso discutibles, por cierto, pero que obedecen a lógicas culturales.

Sin embargo, el “canibalismo roedor” de la hembra hámster que tanto fascina a la narradora protagonista de Crías y que ella resume con la frase “La naturaleza cuando no se equivoca” (p. 50),  no es metáfora de las relaciones familiares de las casas cerradas pues, en estas, el maltrato y la violencia ejercidos sobre las víctimas son manifestaciones gratuitas, producto de crueldad, deseo de venganza o castigo.

En los cuentos de Pelea de gallos, se encierra a cualquier ser, niñ@, joven o adult@, cuya “monstruosidad” no se debe a algún  trastorno físico o mental congénito sino que es producto de la violencia ejercida contra él por miembros de su entorno inmediato como en el caso de María en Luto, por la sociedad o por el mismo sistema, como en el caso del padre en Nam. Y no importa el espacio. El encierro se da tanto en casas dotadas de todas las comodidades como en galpones hediondos. Lo esencial es esconder al monstruo para mantener en secreto su existencia que mancha la imagen de la familia (Nam, Luto, Ali).

Repulsivo y agresivo a veces, indefenso otras, el “monstruo” sufre su desgracia en soledad, víctima de quienes resultan más monstruosos que él tras sus máscaras sociales, la hipocresía de sus comportamientos prestos a la risa, despreocupación y amabilidad por fuera pero violentos y crueles apenas cerradas las persianas.

En los relatos de María Fernanda Ampuero “el infierno son los otros” y este infierno es producto del machismo, de las sexualidades reprimidas, de la xenofobia, de esta otra cara perversa del ser humano que dormita en cada uno.

Los epígrafes no podían ser más explícitos. Por un lado el del argentino Fabián Casas, extraído de su poema Hace algún tiempo: “Todo lo que se pudre forma una familia” y la angustiosa pregunta de la escritora brasileña Clarice Lispector en Revelación de un mundo  “¿Soy un monstruo o esto es ser una persona?”.

En los personajes de Pelea de gallos  el paso de ángel a demonio toma formas que, aunque muy sutiles no dejan de ser brutales y feroces. Así es como, en Luto,  Marta que se derrita de amor por su hermana es capaz de infligir a su hermano los peores tormentos físicos, o como en Cristo, una niña que siempre cuidó con dedicación a su hermanito decide pasarse toda la tarde viendo dibujos animados en vez de atenderlo, dejándolo chillar sin ningún remordimiento.

En Pelea de gallos cada cuento es una casa cerrada pues el encierro cuando no es geográfico es social. Nadie escapa a su condición. El determinismo campea en todos los relatos. El preadolescente que no quiere ser hombre termina asumiendo un papel masculino, las chicas de servicio son violadas por sus patrones, los pobres mueren por falta de medicina, las mujeres de clase alta se quejan de lo que les cuestan sus empleadas. Y, tras las puertas cerradas, se desata la violencia física o verbal. Ya no se pueden escuchar desde afuera los gritos, lamentos, llantos y aullidos.  Tampoco se pueden ver las lágrimas, la sangre, las llagas, el pus, los excrementos. Tampoco se pueden percibir los olores repulsivos, nauseabundos que emanan de  los cuerpos heridos, de las carnes podridas de los “monstruos” recluidos en los cuartos. Pero el miedo y lo abyecto rondan por todos los espacios.

Para dar cuenta de ello la autora recurre a un lenguaje brutal, a imágenes sórdidas, a referencias olfativas siempre cercanas a lo hediondo, a lo repugnante o a referencias auditivas que son risas feroces, desprovistas de alegría, o gritos y aullidos de dolor.

Hay algo de Louis Ferdinand Céline en la violencia verbal de María Fernanda Ampuero, en su modo de mostrar los rincones más despreciables del alma humana, en su prosa poderosa, en  su lenguaje crudo que pone tal énfasis en  sensaciones olfativas y auditivas que despiertan en el lector sentidos aletargados:

Huele a sangre, a hombre, a caca, a licor barato, a sudor agrio y a grasa industrial” (Subasta, p. 12), “Los hombres azuzan, rugen, aplauden. Luego el embestir de carne contra carne. Y los aullidos. Los aullidos” (Subasta, p.17), “…un olor que agobia, pica. Ácido y dulce y podrido, gas lacrimógeno, mil cigarrillos, orina, limones, lejía, carne cruda, leche, agua oxigenada, sangre” (Nam, p.38).

Los 13 relatos de Pelea de gallos parecen obedecer a una cronología basada en la edad de las protagonistas y en el uso de la voz narrativa.

En los siete primeros relatos (con excepción del quinto “Crías” cuya narradora es una mujer adulta y del sexto “Persianas”, cuyo narrador es un chico pre adolescente ), las protagonistas son niñas o adolescentes que cuentan en primera persona el drama del que son víctimas o testigos.

Luego, en los seis últimos cuentos las narradores han crecido, son mujeres adultas pero  a diferencia de los anteriores los relatos ofrecen multiplicidad de voces narrativas (“2da, 3era del singular, 1era del plural).

En Ali, el uso del nosotras como voz de todas las empleadas no logra volverlas más visibles. Ni se toma en cuenta su opinión “¿Quién iba a escuchar a las muchachas?” (p. 88). Es que no importa la cantidad sino la clase social: eso todo el mundo lo sabe.

El uso del “tú” en Pasión pone énfasis en el distanciamiento, en la pérdida de un yo, es decir de una  identidad; la mujer ya no es más que un objeto que se bota una vez usado y que los demás no ven, mientras el “tú” del último relato “Otra” suena como una reflexión de la mujer sobre su situación conyugal, le permite verse, lo cual provoca en ella un amago de rebeldía. El único en todo el libro. Prefiero pensar  que esta “Otra” no es “otra más”, sino una distinta, otra, y ver en este relato que cierra el libro un mensaje de esperanza.

Testimonio abrumador y angustiante de nuestra sociedad moderna, Pelea de gallos es prueba de que María Fernanda Ampuero no  quiere crear ilusiones y no sabe de indulgencias.

Y, como periodista y como mujer, denuncia las violencias ejercidas, desde la más tierna edad, contra el género femenino en un mundo que, pese a algunos avances,  sigue siendo profundamente machista, racista, clasista y xenófobo.


María Fernanda  Ampuero, Guayaquil, (Ecuador), 1976. Periodista. Radica en España.  Ha publicado dos libros de crónicas: Lo que aprendí en la peluquería (2011) Permiso de residencia (2013). En 2016 ganó el premio Cosecha Eñe de relato con Nam. Dicho relato forma parte de su primer libro de cuentos Pelea de gallos (2018).

Acerca de Christiane Félip

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