El silencio de la estrella, de Christiane Félip

El silencio de la estrella, de Christiane Félip

El silencio de la estrella.

Dos lecturas del Silencio de la estrella.

Primera

Lima, Perú / 2009

Enfrentarme -palabra mal usada, y que da connotación de guerra y lucha a todos mis movimientos- con esta novela de Christiane Félip fue una experiencia gozosa, pasional, refrescante, intensa y expansiva. Sigo usando enfrentarme, porque desde que el libro cayó en mis manos  supe que no iba a ser una lectura usual sobre un texto de ficción, quizás porque intuía que era más autoficción y que este género lleva mucho de cierto, mucho de crear capas para que no se noten las verdades obvias y dolorosas. Quizás porque intuía además que fue premeditada la verdad de esa mentira y que se asemejaba de alguna manera a un libro difícil de construir, como cualquiera donde uno sacude sus fantasmas a través de los mapas y los océanos.

Christiane Félip es francesa y vive en el Perú hace muchos años, esa biculturalidad la hace doblemente atractiva y a la vez esquiva. Todos los esquizoides, que traemos incrustados de forma integral o como colágeno a punto de disolverse distintas armazones culturales y representaciones simbólicas distintas de mitos y del ser, somos interesantes y ricos en expresiones disonantes. Quizás también más creativos, misteriosos o atravesados por la vida y la naturaleza. Quizás olemos nuestras similitudes y también las diferencias de una manera peculiar.

El silencio de la estrellaEl silencio de la estrella es una historia de dos hermanas donde la piedad familiar es representada por un afecto incomprendido. Dos hermanas que emblemáticamente encarnan dos íconos, la voz y el silencio, la luz y la sombra. La estrella existe porque hay oscuridad a su alrededor que le permite brillar. Ser mudo y no poder hablar hace que el que piensa y escribe sea doblemente locuaz.

Como un espejo que invita a mayores reflexiones, esta novela tierna, dolorosa, íntima es la historia cantada a través de recuerdos y fotos, parte del zeitgeist, o espíritu de los tiempos en esta Babel lingüística e idiomática, donde las palabras en cualquier idioma no alcanzan para completar lo que realmente sentimos y queremos comunicar. La fotografía viene a suplir ese canal comunicativo de la memoria que trae al mundo consciente y cada vez más maquinal que teatral, todos los vericuetos de nuestras relaciones, miradas, intenciones sociales. Ya no es posible un mundo y una literatura sin fotografía, ésta es una herramienta, personal, social, revolucionaria. Es un arma caliente, es un manifiesto mucho más vibrante y locuaz que la palabra misma. La fotografía es el detonante de esta historia, pero en realidad, es la imagen de ese afecto impreso en el papel fotográfico lo que lleva a la escritora a construir todo ese despliegue del corazón. El Silencio de la estrella, es como entrar al corazón de Marilyn y Brigitte y saber por qué el amor es tan complicado, por qué los lazos filiales son los más oscuros, por qué la sangre, que es la fundación de la fertilidad y la creación del mundo, la savia viva de nuestra humanidad, es Ia que origina la más alta elevación espiritual y también las pasiones más despreciables.

Entre estas dos hermanas el universo se recrea desde las miradas y las palabras no dichas más que de la observación silenciosa que dé une historia concreta. Porque solo la oscuridad del silencio hace que los astros callados hablen.

Segunda

Guadalajara, México / 10 de Octubre del 2016

El silencio de la estrella es un tratado sobre el ruido que emite una estrella apagada. Una narración espasmódica, moderna, visual y a la vez intimista.

En mi primera lectura me enfoqué mucho en la forma, el lenguaje, las fotos, el material del que estaban hechas las maquetas mentales de Christiane, las imágenes sutiles que quería transmitir. El juego de los nombres, las referencias al cine. Pero no encaré el aspecto de la violencia, ni la relación filial entre padres e hijas. Ni los difíciles senderos de las relaciones naturales entre consanguíneos, muchas veces tejidas sobre mentiras, archivos olvidados, infidelidades o culpas.

Aquella vez me enfoqué en las hermanas y en cómo se hace un tejido en la mesa familiar a través de cierta contemporaneidad entre hermanos, pero no me enfrenté mucho a la ausencia-presencia de la madre. En esta lectura es necesario poner el foco en el ruido que hace esta ausencia-presencia, así como en la violencia cultural hacia la temprana juventud y la adolescencia.

La estética francesa de Christiane, a través de los nombres de actrices escogidos  para los personajes principales, la narración fotográfica fragmentada, el silencio constante a preguntas que se empiezan a esbozar en la mente del lector, queda sub alternada por el tema en cuestión. El tema, que ahora está totalmente en boga y que representa mucho más que cualquier forma de vanguardia para explicar lo que la coyuntura explícitamente magnifica, se resume en una pregunta: ¿Qué pasa con la violencia hacia la juventud temprana, hacia la pubertad y hacia la adolescencia? Me queda claro que por la mente de los autores solo pasa un demonio dionisiaco cuando se piensa en púberes de 9 a 16 años, véase Las Chicas de Emma Cline y el Diablo Guardián de Xavier Velasco. Surge la pregunta de si es una edad en la que uno se aproxima a todos los precipicios emocionales. Cuántas cosas imprevistas pueden estos desencadenar en la adultez, incluso provocar un quiebre tan terrible como llegar a militar en las filas de un grupo terrorista o construir una resistencia silenciosa, tosca y malsana.

Aquellas madres latinoamericanas que no hayamos vivido la historia de amor de la familia Ingalls somos un poco esa madre de Marilyn y de Brigitte. Muchas madres peruanas, entre escasez, violencia política y de género, nos hemos convertido un poco en esa madre rígida, presente pero ausente, buscando ser proveedora de orden y bienestar en un casa que tiene amos, pero no habitantes iguales. Tiene padres, que han nombrado a sus hijas desde sus más altos valores estéticos, pero que no han sabido estar presentes en los sueños y alteridad de éstas para protegerlas de una violencia social y cultura que linda con extremos casi alarmantes.

Creo que todas las mujeres criadas hasta cierto momento en la culpa y en el silencio, desde un catolicismo y religiosidad populares mal entendidas nos han formado en ese no saber decir y barrer bajo la alfombra los peores deseos o los sucesos que pueden resultar borrosos. En Perú es bien conocido ese dicho, “es mejor perdonar el pecado pero no el escándalo”. La novela de Christiane enumera los pecados de una mujer a través del tiempo, pero todo realizado en absoluto silencio. La foto se convierte en arma de congelamiento de esas alegrías y sinsabores en un tiempo que se quiere callar, pero cuya propia dinámica lo hará un canal y un vocero para denunciar su entropía.

El arte viene a ser el brazo derecho de un dios que solo sabe contar mucho después aquellas cosas que fueron calladas, aquellos terribles secretos que han provocado más de una muerte y que solo empiezan a develarse debido a otras muertes y a otras circunstancias difíciles.

En el Perú, la famosa “marinera” se baila en dos tiempos y antes de empezar el zapateo de la segunda parte, hay una voz en off que hace un corte y pregona: “No hay primera sin segunda”.

Esta segunda lectura del Silencio de la estrella, fue esa segunda vez necesaria que complementa a la primera. Esta vez me he situado en la orilla del ser joven, y que no tiene las herramientas para contar lo que pasa por el cerebro y por el corazón, sobre todo, que no sabe el valor de las palabras en la representación del tumulto o el infierno que se vive en sociedades donde la moral y la hipocresía son ramas del mismo árbol y de donde nacen los frutos humanos. Marguerite Duras, corona con un epígrafe terrible uno de los capítulos de la novela de Christiane:

– No vale la pena tratar de entender.

   No se puede entender hasta tal punto.

– ¿Hay cosas como esta que uno tiene que dejar de lado?

– Me parece.

Esta novela es un empujar ese “tratar de entender constante”, es un sentirse acorralada en ese inmenso y profundo silencio sin saber qué hacer, y sólo tratar de entender. Esa suspensión de lo que ha podido suceder como causalidad para el silencio de Marilyn, esa tensión total, es lo que ocasiona la escritura de Brigitte; primero el cuestionamiento, luego el tratar de descubrir su propio desasosiego ante la conducta de su hermana y la relación con la madre. Al final tenemos a una Brigitte que ha logrado hacer hablar a una estrella muda.

Ese es el objetivo de la novela, una ruptura de esa condición de ausencia, silencio, frustración, secreto sucio, misterio enredado, propensión a la locura, presunción o presagio. A través de todos los álbumes de fotos tratar de reconstruir cómo toda una nación se sintió acorralada por la violencia primero estructural, luego terrorista. Y luego que sea una ciudadana disléxica, sin identidad segura, sin la moral católica de ser genuinamente hija del amor o de la mentira, que sea ella el futuro chivo expiatorio dispuesto al sacrificio total de grupos desencontrados socialmente, como también la que ilumine una paz real en su hermana menor, la narradora Brigitte,  quizás su amor más grande.

Al morir, Marilyn redime a un país entero, a su padre víctima de su propio escapismo, a las mentiras fatales y trágicas de una madre, mujer del siglo XX tratando de situarse como humana en el mundo, y a su propia tía Malena, quien al contrario de su nombre no es mala sino la más piadosa, y será al final quien limpie los escombros de un horror nacional y familiar en el que solo hubo perdedores.

Christiane Félip Vidal, El silencio de la estrella, Animal de invierno, 2015.


Christiane Félip Vidal, escritora francoperuana, ha publicado los relatos Descuentos (2004), el bestiario refranero Soltando gallos (2008) y la novela El canto de los ahogados (2012). Publicó en colaboración con Cucha del Águila la antología de minificciones Basta, 100 mujeres contra la violencia de género (2012). Su novela El silencio de la estrella ha sido traducida al francés por ella misma y editada por Éditions L’Harmattan. Vive en Lima.

Acerca de Julia Wong

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