Danza entre cenizas
En el texto liminar de su libro Insumisos, Tzvetan Todorov escribe acerca de los atentados de Charlie Hebdo y nos invita a analizar «las formas de insumisión y de resistencia que surgen a veces frente a una dificultad extrema». Nos pide confrontar pasado y presente para analizar la moral en la política, un tema que le interesa profundamente.
Ese confrontar presente y pasado es justamente una tarea delicada en un país como el Perú, que ha vivido 20 años de Conflicto Armado Interno (1980 – 2000). Escribir sobre ello, tanto en ficción como en ensayo, y de manera solvente, ha exigido una distancia temporal de los hechos, necesaria para la decantación y el cuestionamiento de las mecánicas que se pusieron en marcha durante esas dos décadas de destrucción y muerte.
Es así como entre los primeros libros que tratan sobre el CAI tenemos La voluntad del molle, de Karina Pacheco y Abril Rojo, de Santiago Roncagliolo (2006), Un lugar llamado Oreja de Perro, de Iván Thays (2008), Memorias de un soldado desconocido, de Lurgio Gavilán (2012), La sangre de la aurora, de Claudia Salazar en el 2013 o Los rendidos, de José Carlos Agüero en el 2015.
Vemos pues que se ha necesitado una década para darle voz en la literatura o el ensayo a aquellos que por su rol en el CAI eran considerados inaudibles, eran deshumanizados, estigmatizados y también despojados de su calidad de víctima. Los libros de Gavilán y de Agüero, son el punto de partida más genuino para cuestionar y analizar las contradicciones de la fácil separación entre perpetradores y víctimas.
Así llegamos al libro Danza entre cenizas, la primera novela de Fabiola Pinel, una novela fue escrita durante la pandemia, pero un libro producto de 20 años de trabajo según lo señalado por la autora.

Personajes irredentos
Danza entre cenizas nos cuenta la historia de Clara, una joven de 16 años que vive en un barrio popular de Lima, y cuyo hermano, Abel, es un estudiante de la Universidad de San Marcos, reclutado por Sendero Luminoso, y convertido en militante, hasta que es apresado y encarcelado. Clara lo visita con frecuencia al penal Castro Castro y va creando una afinidad progresiva no solo con otros miembros de Sendero como su hermano, sino que ella misma es invitada a colaborar con ellos, participando en acciones de apoyo logístico primero. Allí conoce a Nanty, una adolescente vivaz y juguetona que se convertirá en su amiga fiel y en su compañera de vivencias. Juntas iniciarán su aprendizaje de los principios políticos bajo los cuales actuaba Sendero, juntas elegirán un nombre de combate y bajo esa doble identidad participarán en tareas proselitistas y, en un crescendo de acciones violentas, en la “guerrilla urbana” que describe la narradora omnisciente: apoyo logístico, reclutamiento, reglajes, pintas, robos, ataques, bombas, hasta que sean finalmente capturadas, torturadas, violadas, encarceladas y liberadas.
Son dos personajes femeninos conectados en una etapa vital previa a la adultez, cuando se avizora el futuro con una suerte de euforia, y el descubrir las posibilidades de la acción frente a un entorno hostil es vivido con frenesí. Tanto Clara (o “Grace”) como Nantika (o “Wendy”) son personajes en los márgenes, que no se conforman con su condición, que no se rinden y tampoco consiguen despegarse de su mundo-entorno asfixiante.
Actúan a partir del convencimiento. El proceso de adoctrinamiento de Sendero Luminoso cala en ellas de modo profundo, pues coincide con la rabia genuina que les produce el vivir en una desigualdad tan irremediable. Le da a ese sentimiento un sentido, les aparece como una promesa de cambio, les proporciona una sensación de pertenencia, incluso de utilidad social.
La novela nos muestra así a estas compañeras de aventura como personajes irredentos, que resisten a las pruebas más difíciles sin vacilar en sus convicciones. Que persisten y firman. Que nunca se cuestionan. Que avanzan enceguecidas y entusiastas.
Nos muestra a una protagonista principal cuyo edificio ideológico parece sólido y apenas se sacude con los atentados de Tarata, donde por primera vez se pregunta sobre la validez de dichas acciones. Pero las bases de ese edificio parecen sostenerse en una fe, que ella, como muchos, pierde solamente con la captura del líder máximo y su firma del acuerdo de paz.
En doce capítulos asistimos así al proceso entero de conversión de una joven al senderismo y a la ruptura de su lazo con este grupo político. La captura de Guzmán coincide con su entrada a la adultez, y a su vez ese paso a los 18 años con un terrible hecho personal que marca su alejamiento del partido: es violada por un «compañero». Y como “lo personal es político”, entendemos entonces que ese evento significa la fractura del dogma para ella, lo que marca el despertar de la protagonista.
Pero el lector percibe con claridad que aunque la militancia se termine, el reclamo y la rabia, el sentimiento de injusticia que alimentan esa etapa de su vida se mantienen para ellas genuinos y perennes.
Así, treinta años después, encontramos a las protagonistas y somos testigos de su balance, también de lo que las une de manera irrompible. Es otro tiempo, otra vida, ambas en una negociación realista con su pasado y con las tentaciones y exigencias del Perú liberal de hoy.
Escritura de la memoria y humanización del otro
Podría pensarse este libro como un libro de escritura de postguerra, por el tema que aborda y los personajes que nos presenta, pero, contrariamente a la mayor parte de estos libros que siguen dos tipos de camino: el de buscar romper con el pasado y establecer una nueva relación con el lenguaje o el de escribir a partir del traumatismo, a través de una escritura fragmentada, con personajes desarraigados y figuras míticas destruidas, Danza entre cenizas es un libro distinto.
Aparece 30 años después del período en el que sitúa a sus personajes: de 1988 a 1992 y no opta por ninguna de estas dos vías. Es una novela contada de manera cronológica con algunas elipses al final de la narración y que nos llevan a la muerte de Abimael Guzmán y al 2022.
Una narración en la que se opta por un estilo oral, en el que priman los diálogos, con un ritmo y dinamismo contagiosos, como los que podría encontrarse en las novelas de aventuras.
Desde el punto de vista formal, es una novela que le da espacio a la expresión. Los personajes secundarios que van apareciendo conversan, hacen bromas, sufren, manifiestan sus emociones en un discurso directo. Se suceden los diálogos, las fórmulas coloquiales, y se restituye así una manera característica de socializar. Esta estrategia discursiva es eficaz al transportarnos de manera vívida a la Lima de los años 80 y 90s, a un sector popular, el efecto mimético funciona a pesar del estilo en desarrollo. Nos acerca sobre todo a la juventud de aquellos años, estudiantes de secundaria, universitarios, madres jóvenes. Y el modo en el que la autora, a través de su narradora, va describiendo el día a día en las barriadas. Las inquietudes sobre el futuro de un estudiante de la universidad de San Marcos, de una madre de familia que debe acumular trabajos o la de una abuela que desearía controlar los ires y venires de una adolescente plena de curiosidad.
El estilo no es lo más relevante de este libro, pero sí lo es la trama. Es una novela que cuenta una historia que muchos de nosotros no deseamos o no hemos estado dispuestos a oír. Y justamente el hecho de que el trabajo estilístico sea incipiente, dice mucho del espacio del que este libro emerge, de los aspectos que la autora pone en relieve y aquellos que parecen interesarle menos. También dice de la presencia o ausencia de referentes literarios que hay detrás.
El libro atrapa por lo que cuenta y a lo largo de las páginas el lector se deja intrigar por la intensidad de la vivencia de la protagonista. Nace un placer culpable, porque su apasionamiento por la guerra popular, que provoca malestar, también, por momentos, nos inunda. Hay un placer voyeur, pues entramos en la intimidad más total de la vida en la barriadas, somos testigos de los amores, de su día a día, de la solidaridad necesaria para la supervivencia y el rol de Sendero para darles sentido a su existir. En todo ello, a pesar de la conciencia que los personajes tienen de sus acciones, el cuestionamiento de su propia capacidad de destrucción es escaso, tanto como la evaluación madura, no hay arrepentimiento. Resultan especialmente problemáticas las últimas páginas del libro, en las que la narradora parece dirigirse al lector para augurarle un renacer de las cenizas como amenaza latente, en una suerte de arenga.
Estas tres décadas transcurridas entre la aparición del libro que presentamos y los hechos narrados, nos permiten acercarnos, a la autora y a nosotros como lectores, a una historia como ésta «humanizando al otro», como escribe María Eugenia Ulfe en su artículo sobre «Perros y promos» de Jelke Boesten y Lurgio Gavilán. En su texto, Ulfe avanza, como cuestionamientos importantes en la narrativa acerca de los años de conflicto, el preguntarse sobre el papel de los perpetradores, y sobre los límites de la condición de víctima. Aunque en su análisis de ese libro, los perpetradores son miembros del Ejército, lo mismo podríamos decir de los militantes de Sendero Luminoso o el MRTA en este otro. Es necesario conocer a los perpetradores en su compleja humanidad. “¿Dónde viven, cómo llevan sus vidas?”, se pregunta Ulfe y más adelante, “¿qué sucede cuando se hace daño al otro?, ¿Pueden reclamarse víctimas? y ¿sus responsabilidades individuales?”
El libro de Fabiola Pinel, desde la ficción, nos permite intentar imaginar algunas respuestas para estas preguntas.
Pinel, Fabiola. Danza entre cenizas, Apogeo, 2024.
Fabiola Pinel es escritora y profesional de la danza, Danza entre cenizas es su primera novela. Vive en Francia.