Apuntes sobre Muerte al amanecer (Francisco Lombardi, 1977) y la restitución de los privilegios de los varones blancos peruanos
El Monstruo de Armendáriz
Muerte al amanecer (1977) es la obra debut del director peruano Francisco José Lombardi, quien ha dirigido inolvidables filmes como La ciudad y los perros (1985), La boca del lobo (1988), Bajo la piel (1996), entre otras. La cinta narra las últimas horas de vida de un condenado a morir fusilado por haber violado y asesinado a un niño de tres años y medio en Lima, Perú. Está basada en una historia de la vida real, el famoso caso del “Monstruo de Armendáriz”, que en 1954 conmocionó a la sociedad Limeña. El acusado, Jorge Villanueva Torres, un afroperuano de treinta y cinco años con antecedentes criminales, clamó hasta el día de su ejecución celebrada el 12 de diciembre de 1957, su inocencia y declaró que fue coaccionado por la policía a reconocer su autoría del crimen.

Antes de anunciar públicamente la culpabilidad de Villanueva Torres como violador y asesino del menor Julio Hidalgo Zapata, diarios locales como La Crónica sostenían que dicho crimen era “el más cruel de todos los tiempos y merec[ía] ser castigado con la muerte”. Lo mismo repetían otros medios de comunicación, intensificando, así, la sed de castigo de la población que exigía el hallazgo del criminal y culpable. Ante la alarma, grandes grupos de guardias civiles y republicanos se desplazaron por las calles del distrito de Barranco, donde fue hallado el cuerpo del niño, entrevistando a los vecinos para dar con el responsable de semejante delito. Entre las entrevistas realizadas por los guardias civiles y republicanos, destacó la de un turronero quien declaró que un sujeto “negro y alto”, acompañado de un menor, le había comprado 20 centavos de turrón, para luego irse, junto con el niño, por la quebrada de Armendáriz. Este mismo testigo fue quien identificó a Villanueva Torres como la persona que le compró el turrón puesto que, declaró, tenía un dedo torcido que reconoció al volver a verlo en las instalaciones penitenciarias donde se encontraba el acusado, tras haber sido detenido por la policía entre varios otros sujetos sospechosos.
A pesar de que, el desde entonces apodado Monstruo de Armendáriz, expresó enérgicamente su inocencia en distintas instancias, fue declarado culpable, en tanto el juez se basó en el testimonio del turronero y los numerosos atestados policiales consignados hacia Villanueva Torres por crímenes anteriores para culpabilizarlo. Ante esta declaración, la población limeña exigió la pena de muerte para el “monstruo”, develando un profundo odio colectivo hacia el acusado. El pedido de los pobladores de la ciudad capital fue concedido, ya que el 7 de octubre de 1956 el tercer Tribunal Correccional informó sobre su fallo: la pena de muerte. La misma rezaba, “Con inequívoca certeza de que es agente responsable de excepcional peligrosidad y conducta inmodificable se reclama la más severa sanción”. Es así como el 12 de diciembre de 1957 ocho guardias descargaron sus balas justicieras hacia el cuerpo de Villanueva Torres, el temido Monstruo de Armendáriz, hasta acallar su voz, que seguía clamando “¡soy inocente! Una de las últimas frases que articuló antes de morir expresaba, ‘Yo he cometido muchos delitos… he sido un hombre malo… pero este, este crimen no me pertenece’”. Años después se descubriría que decía la verdad.

Muerte al amanecer y la amenaza de la homosexualidad
La película Muerte al amanecer, éxito taquillero nacional que recrea este famoso e inolvidable caso, al igual que la canción de Los nosequién y los nosecuántos que lleva por título “Monstruo de Armendáriz”, enfatiza el hecho de que la víctima violentada sexualmente y luego asesinada por Villanueva Torres haya sido un niño. En la canción del famoso grupo peruano se repite la estrofa, “Dejad que los niños vengan a mí”, haciendo referencia al habla de Jesús que, desviada, subraya de forma irónica el hecho de que la víctima del Monstruo fuera un niño. Las palabras del mesías se tergiversan para presentar al acusado como un pedófilo que engañó y manipuló a su víctima, sobre todo cuando la melodía enuncia, “no llores niño acurrúcate a mi lado, tengo una golosinita que te encantará”.
De esta misma manera, el filme de Lombardi, desde su inicio, presenta al acusado como un monstruo, un animal peligroso, un depredador por ser el agresor sexual y físico de un pequeño niño. La primera mención que se hace sobre el mismo es que es tranquilo y que “debe ser por la sangre fría que tiene”. Debido a ello es observado por centinelas y guardias de la prisión en la que se encuentra con miedo y recelo. Esta actitud hacia Villanueva Torres radica en que el crimen que ha cometido es un crimen contra natura, considerado desde el viejo siglo XIX como una abominación particular, al decir del filósofo francés Michel Foucault. Abominación que en este caso se agrava en tanto la víctima es un niño de tres años y medio. Si recordamos el testimonio del turronero, el cual se menciona brevemente en la película de Lombardi, el crimen contra natura del Monstruo implicó la captación y seducción del menor, a través de la supuesta compra del turrón que sirvió de carnada para guiarlo hacia su violación sexual y muerte. Estamos pues ante el caso de un delincuente afroperuano que sometió a un niño (y no una mujer o a una niña) a prácticas sexuales contra natura no consentidas. Es decir, Villanueva Torres abusó sexualmente de otro varón, lo que hace de él, de acuerdo con la película de Lombardi, un “maricón”.
Este aspecto lo vemos articulado en una escena en la que uno de los centinelas de la prisión encargado de recibir al pelotón de fusilamiento expresa con respecto al crimen cometido por Villanueva Torres, “no hay derecho carajo… si me dejaran, yo solucionaba el problema. ¿Sabe cómo? Haría una gran redada de maricones, les amarraba una buena piedra en las patas y los fondeaba detrás de la isla”, incluyendo en este grupo a Villanueva Torres de quien el centinela y el jefe del pelotón de fusilamiento han estado hablando, denominándolo un “degenerado”. Asimismo, pues, en otras escenas, escuchamos a distintos encargados de la prisión referirse al acusado como “basura” mientras imparten insultos a otros presos que se insubordinan llamándolos “rosquetes y maricones”. Mientras estos mismos guardias revisan las celdas, en otra escena, descubren a dos presos abrazados y los tratan de “cochinos,” amenazándolos, además, con castrarlos y fondearlos en el mar por “rosquetes”. Finalmente, les anuncian que, al amanecer, en la prisión, van a quemar a uno de esos “rosquetes”, refiriéndose al Monstruo de Armendáriz.
Estas escenas afirman el hecho de que el peor crimen que podía cometerse en el Perú de aquellos años, y quizá todavía en el de ahora, era el de llevar a cabo prácticas sexuales sin consentimiento con una persona del mismo género y más aún si se trataba de un menor. De igual manera, estas escenas afirman que el recelo que se tiene hacia Villanueva Torres radica en que es un “maricón” y “rosquete”, develando la homosexualidad como una amenaza que debe evitarse a toda costa en la cárcel. En otra escena del filme en la que dos magistrados conversan sobre esta misma amenaza, uno de ellos expresa, “el problema de los homosexuales en las cárceles es muy grave, pero de ahí a instalar cuartitos para que los atiendan mujeres… francamente será convertir los penales en burdeles”. A lo que otro opina, “hay que solucionarles el problema de algún modo… creo que es humano ayudarles en lo posible”. Todo esto bajo la premisa de evitar prácticas homosexuales contra natura en la prisión, que, de acuerdo con el comentario de uno de los magistrados, convierten al ser humano en bestia.
En un informe presentado por la Defensoría del Pueblo sobre las condiciones de internamiento de las personas LGBTI en 23 cárceles peruanas publicado en el año 2023, se señala que 1.7 millones de peruanas, peruanos y peruanes quienes se reconocen como homosexuales, bisexuales y transgéneros, son discriminados y que un gran porcentaje de la población peruana considera la homosexualidad como una enfermedad. A esto, el informe agrega que, “el rechazo social y la exclusión que enfrentan las personas LGBTI se exacerba hasta niveles críticos en un contexto de encierro, particularmente en el ámbito penitenciario”. Ello se debe a que el sistema carcelario está construido en base al modelo binario hegemónico varón/mujer, lo cual deriva en asumir e imponer la práctica de una heterosexualidad tradicional. De ahí que los estereotipos y prejuicios homofóbicos y transfóbicos antes mencionados sean extendidos e intensificados por el Estado en contextos de privación de la libertad. Cabe mencionar que representantes de este mismo Estado, como son los miembros de la Policía Nacional, han llevado a cabo abusos y agresiones homofóbicas a lo largo de la historia republicana peruana. El caso de Azul Rojas Marín, una mujer trans que fue torturada y violentada sexualmente por efectivos policiales en la provincia de La Libertad en el 2008, es un ejemplo de ello. Así, aunque la orientación sexual y expresión de género no deberían ser motivos para aplicar una sanción disciplinaria y menos razón para justificar abusos ni agresiones, en la práctica, y como lo muestra la película de Lombardi, estas son, en realidad, justificaciones para excluir, violentar e insultar a personas que pertenecen a la comunidad LGBTI.
Otro de los aspectos que el filme de Lombardi busca enfatizar es la veracidad de lo que cuenta la cinta. La película inicia con el título “Lima-Perú 1957. 6pm.” A esto le sigue un grupo de policías transportando un ataúd negro hacia la prisión en la que Villanueva Torres va a ser fusilado. Lo que vemos después es la preparación del espacio de fusilamiento. Estas escenas prestan atención en mostrar a los guardias encargados del mismo calculando la distancia en que deben darse los disparos, reacomodando sillas y mesas que ocuparán invitados y testigos. Los guardias que aparecen en esta escena comentan el que esos mismos disparos harán pedazos a quien reciba el impacto, es decir el temido Monstruo de Armendáriz. Notamos aquí, una tecnología sofisticada para planificar la muerte del criminal, en tanto el filme nos presenta “toda la economía del castigo” impuesta hacia quien ha cometido el delito. El fusilamiento de Villanueva Torres es, pues, una celebración de la muerte y el castigo de un anormal, degenerado y perverso. Esta incluye la presencia de distintos invitados que van llegando a la prisión para participar de lo que Foucault denomina una “fiesta punitiva”. Esta fiesta incluye en el filme de Lombardi la preparación de deliciosos platillos para quienes asisten a presenciar el espectáculo de la muerte del Monstruo de Armendáriz. La encargada de organizar esta fiesta es la esposa del director de la cárcel, Tere, una mujer blanca que es ayudada por dos hombres indígenas a quienes grita y amenaza de acusarlos con su esposo por su pereza. A la par de esta escena, vemos al director de la prisión, Echenique, alistándose para dicha celebración, peinándose y perfumando su uniforme para el beneplácito de sus invitados. Mientras tanto, fuera de la cárcel, Muerte al amanecer nos devela a un grupo de gente vendiendo y disfrutando de viandas típicas, bailando música folclórica peruana. De igual manera, se venden fotos de Villanueva Torres quien, convertido en el Monstruo de Armendáriz, es símbolo de perversión y depravación.
El privilegio de la violación
Como menciona uno de los invitados a la cena en casa del director Echenique, el fusilamiento del Monstruo de Armendáriz es catalogado como escarmiento nacional. Esto se debe al hecho de que un adulto ha violentado sexualmente a un menor, a un menor que es además varón, haciendo de este crimen, como ya se ha mencionado, un delito contra natura. A esto debemos agregarle que Villanueva Torres es un hombre afroperuano que se ha atrevido a llevar a cabo una acción que debería ser exclusiva de los varones blancos: violar. De acuerdo con la antropóloga feminista argentino-brasileña Rita Segato, pues, la violación “juega un papel necesario en la reproducción de la economía simbólica del poder cuya marca es el género… se trata de un acto necesario en los ciclos regulares de restauración de ese poder”. Villanueva Torres, así, se ha atrevido a restaurar o hacerse de un poder que no le corresponde por ser afroperuano y por lo mismo, es también castigado, como explicaré en las páginas que siguen.
A pesar de la existencia del cliché popular sobre la hipersexualidad del hombre negro, en la que, como sostiene la crítica y escritora feminista y afroamericana se representa su masculinidad, “equate … with brute phallocentrism, woman-hating, a pugilistic rapist sexuality, and flagrant disregard for individual rights”, se le impone a esta una cierta feminización que lo exime de estos supuestos atributos. Esta idea es abordada por Segato quien expresa que, en el caso del varón negro, al igual que con el varón indígena, se le infantiliza, lo que es equivalente a conceptos del tipo “conquistado”, “dominado”, “sometido” y “femenino” como sucede con Villanueva Torres en el filme de Lombardi. De ahí que a este hombre afroperuano no le corresponda violar, en tanto es pensado por el patriarcado, blanco, como femenino y dominado, es decir, atributos que hacen de él, en todo caso, violable y no violador.
A pesar de que los guardias y encargados de la prisión caracterizan a Villanueva Torres como un monstruo, un animal peligroso, un depredador, al también denominado “zambo,” el que no habla durante la película hasta el momento de su ejecución donde clama su inocencia, se le denomina en la mayoría de las escenas “maricón” y “rosquete.” Esto implica la feminización del mismo. El término “rosquete” refiere en Perú a un “hombre homosexual”. “Maricón” se define como “un hombre que adopta movimientos femeninos”. El uso de estos términos para con Villanueva Torres en las distintas escenas del filme devela, desde mi lectura, una intención de afirmar la feminización de este por el acto contra natura que ha cometido, pero también para reafirmar el hecho de que a este hombre afroperuano no le corresponde llevar a cabo acciones pertinentes al hombre blanco, según lo estiman los estudios de Hooks y Segato. Me refiero con esto, específicamente, al mandato de la violación. Hooks argumenta que a los hombres negros se les impuso, “the white colonizer’s notions of manhood and masculinity (las nociones de hombría y masculinidad del colonizador blanco)” cuando estos fueron esclavizados y llevados a América, una masculinidad, cabe mencionar, que no los incluía. De acuerdo con la académica afroamericana, la norma que han interiorizado estos hombres negros y que se hereda de generación en generación con respecto a su masculinidad es que tienen, “an inability to fulfill the phallocentric masculine ideal as it has been articulated in white supremacist capitalist patriarchy (una incapacidad para cumplir con el ideal masculino falocéntrico tal como ha sido formulado en el patriarcado capitalista de supremacía blanca)”. Lo que tenemos aquí entonces, es una visión sociocultural e histórica con respecto al hombre negro que lo coloca en la tensión de pensarlo como un ser hipersexualizado, animalizado y a la misma vez como “conquistado”, “dominado”, “sometido” y “femenino.” En el caso de Villanueva Torres, debemos agregar que a esto se le añade el hecho de que el haber violentado sexualmente a otro varón lo dota de “una suerte de androginia interior, de hermafroditismo psíquico y del alma” que es afirmada por los varones que aparecen en el filme a través de denominaciones que emplean para referirse a él como son “maricón” y “rosquete”.
Con esto, podemos sostener que Villanueva Torres ha transgredido su posición y rol sociocultural e histórico al haber violado sexualmente a un pequeño niño, una acción que sólo les corresponde a estos varones blancos. Es este, pues, un privilegio exclusivo de estos mismos varones, como se expresa en el filme de Lombardi, a través de las distintas libertades con las que cuentan. Por ejemplo, una de las primeras escenas nos muestra al centinela de la prisión ingresando a su habitación con el teniente de la policía para tomarse “un roncito”. En dicho espacio vemos desplegadas y expuestas en la pared una serie de imágenes de mujeres desnudas, reafirmando con esto los privilegios y derechos que les corresponden a los varones blancos como él quienes pueden depredar el cuerpo de la mujer a través de la exposición y exhibición de su cuerpo denudo. Otra afirmación de estos mismos privilegios está expresada por el inspector de cárceles y el ingeniero Naranjo, dos hombres blancos, quienes durante la cena previa al fusilamiento de Villanueva Torres comentan acerca del cuerpo de “la mujer” del director de la prisión, Echenique, mencionando que “la recogió de un cabaret y listo”. Agregan, asimismo, que el director es un “sin vergüenza por querer hacer pasar como señora de la casa a una bailarina”. Ambos varones pueden mirar a esta mujer con deseo durante toda la velada, hacerle pases invasivos de conquista que pasan por tomarla del cuello y acariciar sus caderas.
El grueso de la película, que dura 108 minutos, está dedicado a mostrar esta cena en casa de Echenique en donde los magistrados, jueces, y demás funcionarios públicos, bebidos, hablan acerca de cómo durante el verano “la mujer del director Echenique se baña calata en el mar”. A través de estos comentarios y aseveraciones con respecto a Tere, único personaje femenino que aparece en Muerte al amanecer—además de las mujeres vendedoras que brevemente se incluyen en una toma de las instalaciones fuera de la prisión—se afirma el privilegio y derecho de estos varones de depredar a la mujer a través de la mirada, al igual que con las mujeres que aparecen desnudas en las imágenes que el centinela exhibe en su habitación. Sobre el acto de mirar señala Rita Segato, “La gaze es ese mirar abusivo, rapaz, que está al margen del deseo y, sobre todo, fuera del alcance del deseo del otro. Como tal, constituye la forma más despojada de violación”. De esta manera, estos varones blancos que miran constantemente y comentan sobre el cuerpo y conducta de Tere, están, según Segato, violándola.
El acto de mirar al que se refiere Segato es intensificado cuando uno de los magistrados que ha estado comentando especialmente acerca de la desnudez y el pasado de bailarina de la esposa de Echenique, la saca a bailar un mambo, diciendo, “total no hay periodistas” en lo que podríamos leer como una suerte de afirmación de la ausencia de testigos de dicho acto que es el de violar a través de la mirada a lo que en esta escena se le agrega el movimiento del cuerpo y sus intentos de refrote. Echenique al ver a su mujer hablando y riendo con estos administrativos la sigue al baño y le recrimina su conducta, diciéndole, “pórtate bien, ah, esta noche te dejas de locuras carajo y te portas bien, ah, entiendes, si no vas a ver después lo que te pasa”. Afirmando e imponiendo a través de estas palabras el poder que tiene sobre “su mujer”, en tanto puede incluso amenazarla ante su conducta inapropiada. De esta manera, se afirma el poder que los varones blancos tienen sobre el cuerpo de la mujer, ya que en ninguna escena Tere aparece como dueña de su cuerpo, puesto son siempre los varones quienes tienen algo que decir o hacer con respecto al mismo. Esto se intensifica en una breve escena en la que la esposa de Echenique y el ingeniero Naranjo aparecen teniendo sexo mientras los demás varones atestiguan el fusilamiento de Villanueva Torres. Esta escena muestra a estos dos personajes en lo que parecería una batalla entre dos cuerpos, uno que domina y otro que es subsumido, mostrando, nuevamente, el dominio del varón sobre el cuerpo de la mujer.

El fusilamiento como castigo doble
Todos los varones que han estado mirando y comentando sobre el cuerpo de la esposa del director Echenique durante la cena, a excepción del ingeniero Naranjo, son quienes orquestan el castigo de Villanueva Torrez, a través de su fusilamiento, que como se mencionó anteriormente es considerado un escarmiento nacional. Entre estos varones, cabe recalcar, existe también una jerarquía que tiene que ver con la raza, la clase y la posición laboral de cada uno de ellos. Por ejemplo, en la embarcación que conduce a todos ellos desde el muelle hasta la casa de Echenique para asistir a la cena previa al fusilamiento, notamos que existe un ordenamiento del espacio que tiene que ver justamente con esto. Dentro de la embarcación, bajo techo, sólo pueden ubicarse el director general de Justicia, el director general de prisiones, el juez que condenó a Villanueva Torres, el médico legista y el director general de culto. El inspector de cárceles, el escribano y el ingeniero Naranjo, por el contrario, deben permanecer a la intemperie. Esto nos muestra que dentro del grupo selecto que ha de presenciar el fusilamiento del Monstruo de Armendáriz, existe una cúpula de varones blancos cuyo prestigio y posición social los dotan de mayores beneficios. Ellos, por ejemplo, serán los que ocupen los mejores sitiales durante el fusilamiento de Villanueva Torres, que, como he mencionado anteriormente funge de castigo. Dicho castigo, desde mi lectura, tiene dos motivos. Uno tiene que ver con el delito que ha cometido el acusado por haber violentado sexualmente y asesinado a un niño de tres años y medio; y otro, quizás más importante, es el castigo que se le ha impuesto por la trasgresión que Villanueva Torres, un hombre afroperuano, ha cometido al haber violado. Es decir, por haber practicado una acción propia y exclusiva de los varones blancos.
De acuerdo con Foucault, mujeres y niños carecen de poder en lo que respecta a los ordenamientos sociales, por lo que el que Villanueva Torres haya violado a un niño, equivalga a la violación de una mujer en tanto a ambos les falta poder, un acto que no es coherente ni permitido para un hombre afroperuano, definido por el patriarcado blanco como “conquistado”, “dominado”, “sometido” y “femenino” al decir de Segato y Hooks. De ahí que el castigo del fusilamiento que se le impone a este sirva también como advertencia a todo el cuerpo social masculino afroperuano en lo que leo como una intención de comunicar que los varones pertenecientes a este grupo no tienen el derecho ni el privilegio de llevar a cabo actos como este y que, de hacerlo, serán castigados con la pena máxima, la pena de muerte.

Quiero ir un poco más lejos, sin embargo, y sugerir que el espectáculo en el que se convierte el fusilamiento de Villanueva Torres y que es cuidadosamente observado por los varones blancos que asisten, especialmente el director general de Justicia, el director general de prisiones, el juez que condenó a Villanueva Torres, el médico legista y el director general de culto, es una forma de violación colectiva que sirve para restituir el estatus y la hegemonía de estos mismos varones ante la violación que ha llevado a cabo el sujeto afroperuano, en un acto de transgresión al sitial y rol social que le corresponde.
De acuerdo con Segato, “la condición de iguales que hace posible las relaciones de competición y alianza entre pares resulta de su demostrada capacidad de dominación sobre aquellos que ocupan la posición débil de la relación de estatus”, Villanueva Torres un sujeto que por su raza y clase social no es considerado un par de los varones blancos privilegiados, ocupa en este caso la posición “débil” en la relación de estatus con respecto a los varones antes descritos. El afroperuano, sin embargo, se ha insubordinado a este mismo estatus y ha llevado a cabo una acción, la de violar, que escapa de sus privilegios, de ahí que el director general de justicia, el director general de prisiones, el juez, el médico legista y el director general de culto, a través de la observación del fusilamiento de Villanueva Torres, entendida aquí como violación al decir de Segato con respecto a la mirada, funciona como una demostración de fuerza virilidad y hegemonía ante la comunidad afroperuana y peruana que los restituye como aquellos que, exclusivamente, pueden y deben violar.
Si, de acuerdo con Segato se puede violar a través de la mirada, la contemplación del fusilamiento de Villanueva Torres funciona como una violación colectiva que permite la restitución a la que me refería en el párrafo anterior. El fusilamiento, cabe mencionar, implica inmovilizar al sentenciado atando sus manos para que no intente defenderse o escapar. Radica, pues, en practicar algo a su cuerpo, paralizándolo para luego eliminarlo, en contra de su voluntad, tal y como se podría definir una violación. A partir de la misma, la cual implica la subordinación violenta de Villanueva Torres que no tiene el derecho de ejercer la violación reservada sólo a los hombres blancos por el patriarcado, el director general de justicia, el director general de prisiones, el juez, el médico legista y el director general de culto restauran su estatus de hegemonía. Si bien estamos hablando aquí de una violación que se lleva a cabo “de manera alegórica, metafórica o en la fantasía”, implica al decir de Segato, “rehacerse como hombre en detrimento del otro”. El poder del hombre blanco, pues, antes desafiado por el sentenciado, es restituido en un movimiento de devolución de un poder perdido para estos mismos varones que parecieran haberse sentido vulnerados tras la violación cometida por Villanueva Torres, en tanto la hegemonía de su masculinidad fue puesta en duda ante el desafío de este varón afroperuano.
Una vez que se ha llevado a cabo el fusilamiento del acusado, el director de la prisión, mirando a sus pares quienes junto a él han presenciado este acto reparador en primera fila, expresa “bien señores, se hizo justicia”. A lo que el juez, mientras escribe las actas, sostiene que el fusilamiento de Villanueva Torres se ha llevado a cabo en cumplimiento de su deber. Este deber, según mi lectura, va más allá de hacer cumplir la ley judicial que indica el castigo de quien comete un delito de violación y asesinato, puesto que, como he argumentado, se trata también de hacer cumplir el deber de proteger y perpetrar la hegemonía de los varones blancos. A este acto le sigue otra pequeña celebración en casa de Echenique, en donde, alrededor de las seis y media de la mañana, el director general de justicia, el director general de prisiones, el juez, el médico legista y el director general de culto beben y desayunan en celebración del acto de restitución que se ha cometido.
Notas
1. Citado en Diario Perú21.
2. Ibid.
3. Ibid.
4. Defensoría del Pueblo, 2023, p. 9
5. Ibid., 9
6. Segato, 2003, p. 13
7. Hooks, 1992, p. 97
8. Segato, op. cit., 26
9. Diccionario RAE, “Rosquete”, 22 dic 2024
10. Diccionario Cambridge, “Maricón”, 17 dic 2024
11. Hooks, op. cit., 90
12. Ibid., 89
13. Foucault, 2007, op. cit., 57
14. Foucault, 2007, op. cit., 120
15. Segato, op. cit., 14
16. Ibid., 51
17. Ibid., 38
Lombardi, Francisco J. (Dir.) Muerte al amanecer, 1977. Perú (coproducción Perú–Venezuela) – 108 minutos – Español. Estreno: 25 de junio de 1977 (Perú)
Francisco J. Lombardi (Tacna, 1949) es un director peruano cuya obra se desarrolla desde fines de los años setenta. Ha realizado adaptaciones literarias, historias policiales y películas centradas en instituciones como el ejército, la policía y el sistema judicial. Su primer largometraje, Muerte al amanecer, apareció en 1977 y fue seguido por títulos como La ciudad y los perros, La boca del lobo y Ojos que no ven, que consolidaron su presencia en festivales internacionales y en la historia del cine peruano.