Vergüenza, de Patricia de Souza

Vergüenza, de Patricia de Souza

Mea máxima culpa: soy mujer

Una autoficción. La vergüenza. La honestidad de una narradora en primera persona que hurga en su pasado. La experiencia íntima. La relación entre memoria personal y memoria colectiva. Estar presa de una sociedad implacable. La violencia del patriarcado. La precisión y la necesidad del lenguaje. La marca indeleble del pasado. Las posibilidades de la escritura, sus espejismos y sus logros en esta búsqueda vital.

No estoy hablando de Annie Ernaux. Estoy hablando de Patricia de Souza. La proximidad de sus obras me ha llamado la atención de inmediato. Será que ahora veo a Annie  Ernaux en todas las buenas obras que hablan con tanta exactitud e inteligencia de las mujeres y de sus experiencias del y en el mundo. O será que está pasando algo en la literatura, en la buena literatura: se emancipan por fin las mujeres literarias de los estereotipos y los patrones de mujeres que existen en la literatura escrita por los hombres. Y veo en esta emancipación una solidaridad, una sororidad discreta, tácita, entrañable, entre tantas escritoras que se leen, que se inspiran y que van tejiendo una red intertextual e interemocional completamente nueva. Y si no se conocen, participan en la misma epifanía. Ahora sí puedo identificarme con protagonistas femeninas.

Vergüenza (Casa de cartón, 2014, segunda edición de la novela publicada por primera vez en 2012), cuenta con una escritura impresionista los recuerdos fugitivos, que se superponen con otros fragmentos de vida fugaces, de María, una mujer peruana, que se siente siempre desarraigada, desde su niñez en el Perú hasta sus estancias en México, París o Venezuela. El texto, escrito en primera persona, no sigue una temporalidad tradicional lineal sino que dibuja pequeños círculos temporales que encierran pedazos de vida y que se hilan cual anillos de una guirnalda. La autora está bordando una historia que teje vidas, las diferentes vidas que ha vivido y también las vidas de los demás, de los miembros de su familia o de sus amantes, como tantos hilos que se unen al hilo principal de la vida de la narradora. El tiempo se vuelve denso, cobra el espesor de las experiencias que se hacen eco: María busca darle sentido al pasado, entender quién es, descifrar el margen de libertad que tiene en su proceso de emancipación y su deseo de ser una mujer libre.

María crece en un país que la hace sentir culpable de todo: por ser mujer, por desear, por ser desclasada en una familia venida a menos, por tener vínculos con la sierra. Este sentimiento de culpa omnipresente responde a una vergüenza nacional: la del pasado del Perú, que no se quiere ver, asumir y valorar. La vergüenza se aprende desde el colegio y se adhiere a la piel como una enfermedad que transmite el miedo a la vulnerabilidad y al abandono. La protagonista no encuentra su sitio, se siente en perpetuo desarraigo y trata de resistirse a la tendencia a la pasividad de las mujeres que esperan al hombre que las salvará, al padre que se fue, al momento de un encuentro o de una sorpresa que les arregle la vida.

Cuando decide tomar las riendas de su vida, se aleja, se va a México, a París, lugares en los que tampoco logra dejar de sentirse exiliada. En la distancia, afloja la culpabilidad por no estar con los suyos, por abandonarlos y nace en ella un deseo de sobreproteger a sus seres queridos. La narradora se ve entonces como el pilar de la familia o de sus relaciones con Diego o Ernes. Aunque cuestione y rechace la maternidad como estigma de mujeres sometidas, se convierte inexorablemente en madre: madre de su madre, madre de sus hermanos, madre de sus amantes, a quienes quiere proteger contra un mundo hostil que los maltrata.

María tiene que aguantar, como un coloso, el peso atávico de la herencia familiar y de la herencia colonial. Percibe esa «marca de origen» en la sociedad y también en las historias personales como la de Diego, determinadas por la violencia de la historia que ha impuesto el silencio. Le resulta difícil inventar su propio modelo de mujer, en un mundo en donde la traidora -Eva o la Malinche, como bien recuerda en México- o la Virgen callada, mater dolorosa, son los paradigmas enarbolados por el patriarcado. Esa identidad perturbada se traduce a veces en una inestabilidad de la persona gramatical, que alterna entre la primera y la tercera, o en la mezcla entre pasado y presente, en un relato cuyo objetivo es construirse una memoria a través de la escritura. Pero siempre vuelve al yo y el yo se impone con toda la carga subversiva de la voz de una mujer y la fuerza testimonial de afirmación de la primera persona: ser una persona, un sujeto autónomo, y ser primera, preeminente.

La escritura, puesta en escena en varios momentos metaliterarios, parece ser la solución para encontrarse, abrir las numerosas ventanas que dan al pasado y enfrentar sus contradicciones de mujer que quiere liberarse al «escapar de la cárcel de ser mujer». El lenguaje es su arma para luchar contra una supuesta esencia de la mujer: se está construyendo, se está inventando, se está creando a través del lenguaje y la escritura, sin pedirle ninguna costilla a Adán.

Vale la alegría descubrir esta novela autoficcional, perderse y encontrarse en el espejo de María, sin ninguna vergüenza.

De Souza, Patricia. Vergüenza. Madrid: Casa de Cartón, 2014.


Patricia de Souza (Perú, 1964) es escritora, ensayista y traductora. Ha publicado once libros entre novelas y ensayos, entre ellos: El último cuerpo de Úrsula (2000), Electra en la ciudad (2006), Vergüenza (2014) y Descolonizar el lenguaje (2016). Ha colaborado en diversas obras colectivas y sus textos han sido traducidos en varios idiomas. Escribe el blog Palincestos.

Acerca de Lise Segas

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