«Con dolor darás a luz los hijos»

(Relato)

Las contracciones empezaron muy temprano de ese domingo de enero. Suaves, en cadencia regular pero sin dolor. Ella intuyó que había llegado el momento. Era su primer embarazo pero supo de inmediato que estaba empezando el trabajo de parto. En la maternidad le habían dicho que no valía la pena acudir precipitadamente al hospital pues las primerizas suelen demorar mucho dilatando. No quiso despertar a su pareja y trató de recordar las recomendaciones de los cursos de preparación al parto. Como solo se había inscrito al octavo mes, había tenido dos clases, una de respiración y la otra de fisiología del parto. Trató de poner en práctica los consejos sobre la respiración pero fue inútil pues no había entendido bien cómo se debía hacer ni había tenido oportunidad de practicar. Abandonó entonces la tentativa y se levantó.

Entretanto, ya había amanecido y el sol empezaba a salir. No sabía qué hacer, las contracciones se confirmaron y con ellas la entrada en otro mundo, un mundo paralelo, una burbuja dentro de la burbuja del embarazo. Sentía que había entrado en otro espacio temporal, donde habían desaparecido sus puntos de referencia habituales pero donde no conocía los nuevos. No sentía ningún dolor pero las contracciones se iban afirmando. ¿Cómo saber si era el momento? ¿Cómo saber si ya había dilatado lo suficiente? Otras mujeres habrían podido ayudarle a contestar esas preguntas, a apaciguar un poco su angustia. Desde siempre, en diferentes lugares del mundo, las parturientas –sobre todo las primerizas– no se encuentran solas: sus madres, hermanas, parejas y parteras las acompañan en ese trance tan importante e intenso en la vida de las mujeres. Pero ella, la mujer urbana del siglo XXI carecía de ese acompañamiento basado en la empatía y la experiencia. Tenía el cariño y apoyo de su compañero pero él era tan primerizo e inexperimentado como ella.

–¿Qué sientes, cómo son las contracciones?

–No sé, vienen cada minuto, todavía se pueden soportar, pero no sé hasta cuándo…

–Entonces mejor vayamos al hospital.

Como no sabían qué hacer en esa espera, decidieron ir en busca de un oído atento, una orientación. Insulsos y sin mayor experiencia, se habían remitido totalmente a la ciencia médica que les parecía la referencia absoluta. En la sociedad occidental en la que vivían no había otra alternativa, todo el sistema de salud estaba basado en el poder de la ciencia. Una autoridad que ni siquiera habían pensado en cuestionar. Habían entonces, desde el principio del embarazo, no solo aceptado sino hasta buscado un seguimiento médico que les diera seguridad y que por eso no buscaban rebatir. No sabían por ejemplo que no era necesario repetir las ecografías que no aportan mayor información en caso de parto normal y más bien pueden angustiar mucho a los futuros padres. Ella se sometió al tacto vaginal de obligación ritual en cada visita médica. Algunos médicos y parteras sostienen hoy que no hay necesidad alguna de sistematizar este acto intrusivo para la mujer. Pero esto, la pareja no lo sabía. De modo que estaban en una situación de gran dependencia frente al poder médico. Y en una situación de subordinación confortada por el personal de salud, sobre todo l@s médic@s obstetras.

No tardaron mucho en llegar a la maternidad. Era un domingo por la tarde perfectamente tranquilo. El personal estaba en pleno almuerzo y no se sentía la más mínima agitación. La partera de turno se acercó a recibirlos y ella sintió en el olor a comida que emanaba de su aliento. Ella estaba totalmente desorientada, esperaba que la recibieran con calma para explicarle de qué forma habría que proceder. Pero el recibimiento fue frío y autoritario. La hicieron desvestirse y la partera procedió a examinarla. Ella se sintió como una niña y esperó que no la rezondraran por haberse presentado a deshora. No era así: ya había comenzado el trabajo de parto pero la dilatación era mínima. Tenían la posibilidad de regresar a casa pero prefirieron quedarse en el hospital porque no sabían qué era lo mejor para facilitar el trabajo. Ignoraban todo de la fisiología del parto. Ignoraban que el cuerpo de las mujeres está preparado para contrarrestar el dolor de las contracciones gracias a las endorfinas secretadas desde el cerebro. Tampoco sabían que para liberar dichas hormonas, el ser humano debe sentirse a gusto, en un ambiente totalmente seguro y protegido.

Los dejaron solos en una sala grande y fría donde había varias camas, vacías todas. Ella sintió que eso no la ayudaría pero trató de convencerse de lo contrario. Pasaron horas y no había dilatado casi nada. Estaba, aunque no lo quisiera, en un estado de hipervigilancia, con todos los sentidos en alerta, escaneando cada rincón de la sala, sensible a todo ruido y a toda sensación de peligro. Aunque no se percatara, esta actividad le impedía concentrarse en su trabajo de parto y, sobre todo, abandonarse a las sensaciones de su cuerpo. Llegó nuevamente la partera:

–No ha dilatado nada. Puede tardar horas, ¿sabe? y poner en peligro la salud de su bebé…

¿Qué mujer podría ser insensible a esa frase? Nadie quiere ver padecer a su bebé y la idea del sufrimiento fetal –del que ya había oído hablar durante las clases de preparación– le dio temor.

–Pero entonces, ¿qué me aconseja? –preguntó ella.

–Lo mejor sería inducir el parto.

Inducir el parto, es decir provocar las contracciones artificialmente, mediante la inyección de oxitocina. Eso también lo había memorizado: sabía que dicho procedimiento era muy doloroso. Pidió entonces la epidural. El partero practicante se encargó de la inyección. Llegó con las manos todavía con olor a una mandarina que debió haber estado comiendo. En una mano tenía la bolsa con la aguja. Al abrirla ésta cayó al piso y el partero se apresuró a recogerla y a insertarla en la ampolla con la hormona del parto. Le inyectó la hormona sintética.

Al cabo de unos minutos empezó a sentir la aceleración de las contracciones. Y el dolor. Un dolor fuerte, agudo que la obligó a agarrarse al barrote de la cama. Le pidió a su pareja que fuera por la partera para que le pusieran la epidural. La partera acudió rápidamente pero hubo que esperar al anestesista de turno que estaba en su casa. Entretanto, la partera decidió romper artificialmente la bolsa del líquido amniótico. Las contracciones eran cada vez más fuertes y dolorosas. El pánico empezó a invadir su mente. ¿Qué le estaba pasando? ¿Por qué no llegaba el médico? Hasta que por fin llegó. La hizo sentarse, arquear la espalda y la pinchó. Todo esto sin la más mínima empatía. Ella esperaba que la anestesia surtiera efecto. Pero no fue así, las contracciones seguían, cada vez más intensas. La partera volvió a llamar al anestesista. Este acudió malhumorado.

–Bueno, esto va a ser todo lo que le puedo inyectar. Si no le calma, ¡yo ya no puedo hacer más! –le espetó.

Los dolores nunca disminuyeron y las horas seguían pasando, demasiado lento para ella. Y el agotamiento se iba acentuando con cada minuto que pasaba. Trataba de soportar el dolor pero éste seguía aumentando cada vez más. Cerca de la media noche empezó a sentir unas punzadas en la zona del recto que le dieron ganas de pujar. En esos momentos le dieron ganas de bajarse de la camilla e ir a acurrucarse en un rincón de la sala. Aunque trataba de controlarse, se sentía como un animal, en la mente se dijo «me siento como una yegua» aunque nunca había vivido en el campo. El segundo equipo de parteras –más amable que el primero– le señaló que ya empezaba la expulsión y que iba a tener que respirar y pujar como le habían enseñado en las clases. ¿Enseñado? ¿Cuándo? Solo tenía en mente los modelos de las películas. Trató de imitar lo que había visto pero los dolores eran tales que no atinaba a nada. Las piernas, posadas en los estribos, le temblaban. Tenía sed y estaba exhausta luego de esas ocho horas de sufrimiento.

–Por favor, ¡ya no puedo más! Me siento mal, ¡que me lleven al quirófano y me saquen a esta criatura del vientre!

Ni siquiera pudo gritar. Las parteras la animaron. Ya casi era el final. ¡Ya se veía la cabeza! Le preguntaron si quería tocarla y sacarla ella misma. Contestó que no. No le quedaban ya fuerzas. No respiraba como debía; solo rogaba que se terminara su calvario. Sintió un movimiento extraño, una fuerza le desgarró el periné. Era la cabeza de su bebé. La partera cogió a su hija en brazos y se la puso sobre el pecho. Ella sintió un peso ligero, húmedo y cálido. Una sensación muy agradable. La bebé empezó a gemir y a buscar el pezón. Ella la acarició y trató de saber si estaba entera, ni no le faltaba nada aunque no se atrevió a preguntárselo a su pareja. Esa sensación de pequeño bienestar se interrumpió prontamente. Le pidieron al papá que cortara el cordón umbilical y le indicaron que iban a coser lo que se había desgarrado. Las punzadas le dolieron mucho y ya no pudo concentrarse en su bebé que ya había encontrado el pecho. Se llevaron al bebé a otra sala para hacerle los primeros «cuidados». Ella le pidió a su compañero que no dejara a su hija sola y que acompañara a la partera. Se quedó sola en la sala fría. A lo lejos oía los llantos de su bebé. Le dolía todo. Le dolía el alma. Como un shock. Como si una aplanadora le hubiera pasado encima. Tardaría un mes en mirar su sexo otra vez.


Lissell Quiroz Pérez es historiadora y directora del Departamento de Lenguas Romanas de la Universidad de Rouen Normandie. Sus investigaciones abordan la historia de las mujeres, de la salud y del Estado en el Perú decimonónico.

Añade un comentario

11 − 5 =