Una mujer en Berlín, de Anónima

Un testimonio único que cuenta la vida después de la guerra para millones de mujeres en los últimos años de la Segunda Guerra Mundial. La supervivencia en una ciudad destruida, sin alimento y confrontadas al miedo y el horror, también a la venganza de los vencedores de la batalla de Berlín.

Una mujer en Berlín (Anagrama, 2006) fue escrito, sin ninguna pretensión literaria, entre el 20 de abril y el 22 de junio de 1945. No se trata de una novela, aunque por su título pueda parecerlo. Es un diario, un diario tan minucioso que alcanza la categoría de documento de una época y, tan bien escrito, que sin duda puede considerarse una obra literaria.

Además a ningún lector se le escapa que esos “garabatos íntimos”, como su autora-anónima- los llama, sirvieron a quien los pergeñó para mantenerse lúcida y cuerda. 

En aquellos meses del final de la guerra, cuando acababa de llegar a Berlín el Ejército Rojo y se sucedían los bombardeos, esta periodista, que habla ruso y escribe sin luz en los sótanos convertidos en refugio, dice: Nos encontramos en estos momentos de regreso a siglos pasados. Somos habitantes de las cavernas. Su escritura traza un muestrario de cambios de comportamiento, personal y colectivo, los que provoca una guerra. Y si hay un cambio fundamental es el que produce la cercanía de la muerte.

Me he topado ya tantas veces con la muerte de cara que me siento de alguna manera a salvo. Éste es con toda probabilidad un sentimiento muy vivo en la mayoría de las personas… la amenaza a la propia vida potencia las fuerzas vitales… Cada nuevo día de vida es un día triunfal. Se es una superviviente un día más…

Pero también de la necesidad de orden y una jerarquía de líderes:

Nadie nos gobierna. Y, sin embargo, una y otra vez surge una especie de disciplina, por todas partes, en todos los refugios.

Berlín es esos días una ciudad sin ningún tipo de información; ni periódicos, ni radio, ni siquiera comunicados oficiales de los que desconfiar, toda la ciudad es un rumor:

Una no puede hacerse una idea de la imagen nebulosa y oscilante que tenían las antiguas culturas acerca del mundo. Un mundo fantasmagórico, una pesadilla, un trajín de atrocidades murmuradas, de miedos, de malevolencias y de envidias de los dioses. En estos días tengo a menudo la sensación de que nada de lo que se afirma es verdad, que Adolf quizás hace mucho que se embarcó en un submarino y ahora está en un castillo en España con Franco haciendo planes para Truman sobre cómo enviar a los rusos a casa.

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La narradora oye hablar por segunda vez en esos refugios de las violaciones que no tardará en sufrir. La primera noche que dejan de caer bombas la señora W bromea: 

Más vale un ruso en la barriga que un americano en la cabeza.

Días antes, cuando aún eran extrañas, le habían contado otra violación y anota de quien se la cuenta: 

Algo en ella gozaba con el horror.

Poco después escribe en su libreta: 

¿Qué significa violación? (…) Ahora ya puedo pensar en su significado (…) La pronuncio para mí, para acostumbrarme a su sonido. Suena a lo más extremo imaginable, pero no lo es sin embargo. (…) La columna vertebral se congela, un vértigo glacial me da vueltas en el cogote. Me siento resbalar y caer, profundamente, a través de las almohadas y de las tablas del suelo. Sumergirse en el suelo… así que es eso.

Nunca había estado yo tan apartada de mí misma, tan alienada de mí. Todo sentimiento parece muerto. Tan sólo vive el instinto de supervivencia. Éstos no me destruirán, no.

Creo ser una muñeca insensible a la que se agita, se da vueltas, una cosa de madera…

Desde ese momento dos preguntas apenas formuladas comienzan cada conversación entre mujeres: ¿Os han… también? ¿Cuántas veces? Y la autora las va anotando (1). Anota también todos los intentos de evitarlas y todas las relaciones más o menos deseadas que se suceden a su alrededor, incluyendo las suyas. 

Si en tiempos de paz algún maleante hubiera cometido estupro con la chica, se le habría dado todo el bombo posible. Habría habido entonces denuncia, atestado policial, interrogatorio, por supuesto, detención y careo, reportaje en la prensa y aspavientos de los vecinos. La chica… habría sufrido un shock diferente. Pero aquí se trata de una vivencia colectiva, que se sabía de antemano, que se temía de antemano… Esta forma masiva y colectiva de violación también habrá que superarla colectivamente. Lo cual no excluye, naturalmente, que organismos más delicados… se quiebren o sufran un daño psíquico para el resto de su vida.

La guerra y la llegada del Ejército Rojo están cambiando las relaciones entre hombres y mujeres, tanto con los alemanes como con los rusos: 

Una y otra vez voy notando en estos días cómo se transforma… la percepción que tenemos todas las mujeres en relación con los hombres. Nos dan pena, nos parecen tan pobres, tan débiles. Una especie de decepción colectiva se está cuajando bajo la superficie entre las mujeres. Cuando acabe esta guerra tendrá lugar, junto a otras muchas derrotas, también la derrota de los hombres en su masculinidad.

En la cola del agua contaba una mujer cómo un vecino la increpó en el refugio cuando los Ivanes se la llevaban y ella se resistía: « ¡Vamos, vaya de una vez! ¡Nos está poniendo a todos en peligro! » Es una pequeña nota a pie de página sobre la decadencia de Occidente.

Los nuestros no lo hicieron de manera muy diferente allí.

Siento cómo se disipan algunos miedos de mi interior. Pues, al fin y al cabo, incluso los rusos son «sólo hombres» a quienes se puede abordar con mañas y astucias de mujer; les puedes dar largas, distraer, quitártelos de encima.

Ardides contra las violaciones

Las mujeres aprenden a evitar, a burlar, a defenderse de la violación con sagacidad, sin violencia e intercambiando información, algo que ocurre en estas situaciones pero que muy pocas veces se cuenta. 

Antes de que Gisela empezara a trabajar como redactora, había ambicionado ser actriz, y en las clases aprendió algo de maquillaje. Así que en el refugio se pintó una máscara de anciana y ocultó su pelo bajo una mantilla.

A la bomba de agua sólo se envía principalmente a las viejas y a las tullidas de todas las casas. Yo también arrugo allí la frente, tuerzo la comisura de la boca, aprieto los ojos para parecer vieja y fea.

El señor Pauli había oído decir que se había dado la instrucción a las tropas alemanas combatientes de no destruir nunca las provisiones de alcohol, sino de dejárselas al enemigo perseguidor, porque la experiencia mostraba que el alcohol les hacía demorarse y mermaba además su fuerza combativa. Estoy convencida de que sin tanto alcohol como el que encontraron esos muchachos por todas partes, no habría habido ni la mitad de las violaciones que se produjeron. Estos hombres no son unos casanovas. Tienen que creerse ellos mismos capaces de cometer todo tipo de acciones atrevidas. Pero antes deben acabar con sus inhibiciones.

Las mujeres son racionales, prácticas y oportunistas dice, y actúa como tal: después de las primeras violaciones busca un “macho alfa” entre los rusos que la proteja de los otros y le proporcione comida. 

No se puede afirmar de ninguna de las maneras que el comandante me viole. Creo que con una sola palabra mía, pronunciada con frialdad, bastaría para que se marchara… ¿Lo hago por tocino, mantequilla, azúcar, velas, carne enlatada?

Mientras escribía las líneas de antes he tenido que pararme a reflexionar por qué me recrimino moralmente y actúo como si el oficio de puta estuviera por debajo de mi dignidad. Al fin y al cabo, es una profesión antigua y respetable, y alcanza hasta la alta sociedad.

El Anonimato

Decíamos al principio que el libro es un documento, y lo es entre otros motivos por la decisión de su autora, que siempre quiso permanecer en el anonimato.

El anonimato, como en las obras medievales, convierte sus palabras en un testimonio de todos, su voz en una voz no contaminada por intereses personales. El autor no enturbia la importancia de los hechos. Pero el anonimato en este caso también es poliédrico y podría interpretarse como otro modo de silencio. La obra fue publicada por primera vez en 1954, en inglés, y provocó controversia en una Alemania que en ese momento no estaba preparada para afrontar los hechos que narra y que fueron silenciados durante más de sesenta años. Lo principal ahora era que su marido, cuando regresara del frente del oeste, no se enterara de nada de lo sucedido, dice una de las mujeres, y esa es sin duda la clave: para preservar la integridad masculina y el honor de los hombres, las mujeres se impusieron el silencio, era el precio que debían de pagar para volver a la normalidad.

Luego, la testigo anónima se negó a publicarla de nuevo y solamente después de su muerte, en 2001, fue reeditada.

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(1) La autora registra en su cuaderno las violaciones de manera tan sistemática como quien lleva una contabilidad: 

Poco a poco vamos comenzando a tomarnos con humor el asunto de las violaciones. Humor negro. Y es que tenemos suficientes motivos para ello. Esta mañana le tocó también a la mujer del eczema en la mejilla, pese a mi profecía. Dos tipos la agarraron cuando iba escaleras arriba, a casa de los vecinos. La llevaron a rastras hasta uno de los pisos abandonados. Allí se lo hicieron dos veces, o más bien una y media según expresó de manera enigmática. Poco después vino hasta nosotros dando traspiés. Necesitó varios minutos antes de poder hablar. La consolamos con una taza llena de Borgoña. Al final se recuperó y dijo sonriendo: «Y para esto hemos estado esperando durante siete años».

De nuevo un botín obtenido en la escalera. Otra vez una mujer mayor, sexagenaria. Las más jóvenes apenas se atreven a pisar la escalera de casa durante el día.

«Hicieron cola», nos cuenta entre susurros la fabricante de licores, mientras la pelirroja permanece callada. «Se esperaban el uno al otro. Dice que fueron por lo menos veinte, pero que no lo sabe con certeza. Casi todos se cebaron con ella. La otra mujer estaba enferma».

Tal como me susurró Gisela en el balcón, adonde me llevó para decírmelo, a las dos las han desvirgado los rusos, y tuvieron que soportarlo muchas veces.

«¿Cuántas veces te violaron, Ilse?» «Cuatro, ¿y a ti?» «Ni idea. Tuve que ir ascendiendo en la jerarquía, desde recluta hasta comandante».

Los Ivanes violaron a su madre ya mayor. La madre, ya abuela, les preguntó luego con su acento polaco de Danzig si no se avergonzaban los muchachos de violar a una mujer tan mayor. Le respondieron con la clásica respuesta en alemán: «Tú vieja, tú sana.»

Anónima, Una mujer en Berlín, trad. Jorge Seca, Anagrama, 2006.


Marta Hillers (1911 en Krefeld, Imperio Alemán – f. el 16 de junio de 2001 en Basilea, Suiza) es una periodista alemana y la autora de este libro, su diario desde el 20 de Abril al 22 de junio de 1945 en Berlín (durante la Batalla de Berlín). Fue publicado de manera anónima para proteger su identidad, pues narra su experiencia como víctima de las violaciones durante la ocupación del Ejército Rojo.

Acerca de Marta Sanuy

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